Estuvo donde quería estar

Por Redacción

Perfil

Carlos Torrengo carlostorrengo@hotmail.com

La descripción es impecable. Tan impecable como los trabajos del americano William Shirer o el francés Eric Michaud, minuciosos a la hora de reflexionar sobre la personalidad de los nazis. Su gestualidad. La postura física que le imprimían a su existencia, sus relaciones. Pero esta vez corrió por cuenta de un italiano: Francobaldo Chiocchi, de “Il Giornale”. La publicó el 9 de mayo del 96. A metros de él y frente a un tribunal romano, está Erich Priebke. “Derecho, engreído, elegante. Nunca un estremecimiento, sólo aquella ligera ondulación agria que le crispa el ángulo de la boca y lo hace parecerse a Richard Widmark viejo. O a un aristocrático prusiano que apenas ha dejado el uniforme en la película “La caída de los dioses”. Sí, ésa era la estampa que siempre ofrecía Eric Priebke. “Dureza, precisión, meticulosidad, mecanicidad, impasibilidad son rasgos permanentemente inseparables de la figura del alemán nazi”, señala Alessandro Portelli en “La orden ya fue ejecutada”, rigurosa investigación sobre la masacre de las Fosas Ardeatinas que tuvo a Eric Priebke del lado de los matarifes, claro. Y Eric Priebke fue nazi. Asesinó en las húmedas y oscuras Fosas Ardeatinas porque ésa y no otra, era la naturaleza, la identidad del entramado de terror al que pertenecía: SS, Gestapo. Aparatos al que sólo se ingresaba voluntariamente. Y dando juramentó de lealtad vía ceremonias y rituales consustanciales al fanatismo más extremo. Él ingresó en el 36. Y, por supuesto, tras rendir cuenta de la pureza de sangre aria. Nada de judío. Nada de gitano. Nada de un familiar discapacitado, doliente psíquico. Erich Priebke, pura raza superior. Y para 1936, la SS y la Gestapo ya llevaban tiempo haciendo correr sangre de todo lo que les era distinto. Y por ese tiempo se encaminaban rumbo a La Noche de los Cristales. Priebke no asesinó compelido por el militarismo al que pertenecía. Por el sistema de obediencia debida. En todo caso, una cuestión para el caso de muy relativa relevancia. Asesinó en cohesión con un sistema de ideas que hizo de la muerte su esencia, su identidad. Sistema, como ha escrito un psiquiatra, que “encarnó la omnipotencia pulsional de las fieras instintuales”. Y por supuesto, Erich Priebke jamás se arrepintió de su faena en aquella madrugada de las Fosas Ardeatinas. Coherente. Tanto como Jorge Rafael Videla, que jamás se arrepintió de lo suyo en esto de asesinar todo lo distinto.