Qué hay de nuevo en la gastronomía de Bariloche: clásicos, aperturas y sabores para este invierno
Lucio Bellora, alma mater de "Bariloche a la Carta", hace un paneo de las propuestas innovadoras y clásicas, para no perderse nada este invierno. La mesa está servida, pasen y vean.
Por Lucio Bellora, especial para «Yo Como»
La ciudad que durante décadas construyó su identidad alrededor de la nieve, los lagos, la montaña y el chocolate, suma cada vez con más fuerza otro diferencial para la temporada alta: una escena gastronómica diversa, madura y en movimiento. En Bariloche, el invierno también se sirve en la mesa.
Bariloche siempre fue mucho más que esquí. La postal de la nieve, el Cerro Catedral, el Nahuel Huapi y los bosques nevados sigue siendo el gran imán de cada invierno, pero en los últimos años la gastronomía se consolidó como una razón más para viajar, quedarse, recorrer y volver. Hoy, comer en Bariloche puede significar una cena de autor frente al lago, una parrilla clásica después de un día de nieve, una pasta en un restaurante histórico, una milanesa abundante en una fonda popular, una merienda con chocolate caliente o una experiencia contemporánea donde el producto patagónico es protagonista.

La fondue, un clásico de la cocina de invierno cordillerana.
Esa amplitud es, quizás, uno de los grandes diferenciales de la ciudad. Bariloche no tiene una sola cocina: tiene muchas. Conviven los fuegos, la trucha, el cordero, los hongos, los frutos rojos, la cerveza, el chocolate, los vinos patagónicos, la cocina de montaña, la influencia europea, las nuevas propuestas, las aperturas recientes y los clásicos que siguen llenando salones temporada tras temporada.
Entre las propuestas que marcan este nuevo momento aparece Ánima, uno de esos restaurantes que ayudan a leer hacia dónde va la cocina local: platos cuidados, producto, técnica y una mirada contemporánea sobre la experiencia. Bariloche ya no solo ofrece “lugares para comer”, sino restaurantes que forman parte del viaje.
En esa misma línea, una de las novedades fuertes es Solís Cocina, con Mecha Solís como protagonista. Su llegada a Bariloche suma una mirada con recorrido nacional e internacional, pero también con una búsqueda más personal: cocinar desde el territorio, con ingredientes de estación y una sensibilidad propia. En una ciudad donde cada vez más cocineros eligen instalarse y desarrollar proyectos de largo plazo, Solís representa esa nueva camada que no viene a “hacer temporada”, sino a construir identidad.

Hoy, comer en Bariloche puede significar una cena de autor frente al lago, una parrilla clásica después de un día de nieve, una pasta en un restaurante histórico, una milanesa abundante en una fonda popular, una merienda con chocolate caliente o una experiencia contemporánea donde el producto patagónico es protagonista.
Lucio Bellora, alma mater de «Bariloche a la Carta»
También dentro del mapa de propuestas nuevas aparece Corteza, en pleno centro de la ciudad, que se suma a esa generación de restaurantes que dialogan con una Bariloche más urbana, contemporánea y activa todo el año. Su presencia refuerza una tendencia clara: la renovación gastronómica no ocurre solo en los kilómetros o frente al lago, sino también en el centro, donde residentes y turistas se cruzan todos los días.
Otro proyecto que amplió el mapa gastronómico local es Del Azul, el restaurante de Leo Perazzoli que ya cumple su primer año en Bariloche y que trajo a la cordillera el espíritu de su propuesta original de Las Grutas. En una ciudad históricamente asociada a la carne, la trucha y el cordero, Del Azul abrió una puerta distinta: pescados, mariscos, sushi y producto del Golfo San Matías, con una cocina que conecta la cordillera con el mar rionegrino. Es también una señal interesante de época: la gastronomía de Bariloche ya no se piensa aislada, sino integrada a una provincia con diversidad productiva, costa, valle y montaña.

También se destaca Auita, una de las grandes aperturas recientes y una de las propuestas que más conversación generó en el circuito gastronómico local. Con cocina de mar y montaña, cava de vinos y una ubicación privilegiada frente al Nahuel Huapi, Auita logró instalarse rápido entre los recomendados. Además, su reconocimiento en Bariloche a la Carta confirma algo que el público ya venía percibiendo: hay una nueva generación de restaurantes que combina paisaje, producto, técnica y experiencia.
Pero Bariloche también se disfruta con opciones para todos los bolsillos. Y ahí aparece un clásico popular como La Fonda del Tío, una institución local para quienes buscan platos abundantes, caseros y rendidores. Su milanesa napolitana ya es parte del imaginario gastronómico de la ciudad, de esos lugares que recomiendan tanto los residentes como los visitantes que quieren comer bien sin necesidad de una experiencia sofisticada.
En invierno, la parrilla sigue siendo inevitable. Después de un día de nieve, pocas escenas son tan barilochenses como sentarse frente a una copa de vino y un buen corte de carne. Alto el Fuego, con su impronta de parrilla patagónica en una casona del centro, y El Boliche de Alberto, un clásico de clásicos con décadas de historia, muestran que el fuego sigue ocupando un lugar central en la mesa local. Bariloche puede renovarse, sumar cocinas de autor y nuevas aperturas, pero la parrilla continúa siendo un lenguaje compartido entre turistas y residentes.

Entre los clásicos que sostienen identidad propia también aparece Il Gabbiano, una referencia para quienes buscan cocina italiana, pastas, calidez y esa idea de restaurante al que se vuelve. En una ciudad turística, donde siempre aparecen propuestas nuevas, estos lugares cumplen un rol clave: dan continuidad, memoria gastronómica y una experiencia reconocible para generaciones de visitantes.
Y si hay una ceremonia que define al invierno barilochense, además de la cena, es la hora del té. En ese terreno, la ciudad ofrece experiencias muy distintas: desde el té del Llao Llao, asociado al paisaje, la tradición hotelera y una postal icónica del destino; hasta propuestas urbanas como Blend o el universo chocolatero de Mamuschka, donde el chocolate caliente, la pastelería y las vitrinas forman parte de la experiencia turística. En Bariloche, tomar el té no es solo una pausa: es una actividad en sí misma.
La gastronomía se convirtió así en un complemento estratégico de la nieve. Ordena recorridos, extiende la estadía, mejora la experiencia del visitante y genera consumo en distintos momentos del día. Hay propuestas para parejas, familias, grupos de amigos, turistas de alto gasto, residentes, jóvenes, esquiadores y viajeros que llegan sin esquiar pero con ganas de vivir el invierno patagónico desde otro lugar.
Pasen y vean, la mesa está servida
El crecimiento de eventos como Bariloche a la Carta también ayudó a consolidar esa identidad. BALC puso en valor a cocineros, productores, restaurantes, cervecerías, chocolaterías y emprendimientos de toda la región, y logró que la gastronomía dejara de ser un complemento para convertirse en un atributo central del destino.
Este invierno, Bariloche espera con nieve, montaña y paisajes únicos. Pero también con mesas encendidas, cocinas nuevas, clásicos que no fallan, meriendas inolvidables y una escena gastronómica cada vez más sólida. Porque el gran diferencial de Bariloche ya no está solo afuera, en el paisaje. También está adentro: en sus restaurantes, en sus productos, en sus cocineros y en esa forma tan patagónica de recibir a todos alrededor de una mesa.

Por Lucio Bellora, especial para "Yo Como"
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