Un Refugio en Río Negro: la pequeña bodega que devuelve la vitivinicultura a Conesa

Sin agroquímicos y con producción 100% local, una familia rionegrina demuestra el enorme potencial de los varietales patagónicos frente a los desafíos logísticos e impositivos de la región.

Por Juan Manuel Larrieu

Pablo Rodríguez es tercera generación de productores de General Conesa. En la misma chacra donde durante décadas su familia produjo frutas decidió plantar vides y recuperar una vieja historia familiar vinculada al vino. Hoy Un Refugio es una apuesta por diversificar, agregar valor y demostrar el potencial productivo del valle.

La historia de Un Refugio puede comenzar en 2012, cuando Pablo Rodríguez plantó las primeras vides en la chacra familiar de Conesa. Pero, en realidad, había empezado mucho antes.

Pablo creció en una típica chacra rionegrina, a orillas del río Negro, acompañando desde chico el trabajo de sus padres. Detrás estaban también sus cuatro abuelos, todos agricultores y parte de aquella generación que preparó la tierra, construyó infraestructura y canales de riego y convirtió el valle en un lugar productivo.


“Vi el esfuerzo de mis cuatro abuelos. Hoy tratamos de mantener todo ese sacrificio y ese legado en pie”, cuenta.

Durante muchos años la familia estuvo vinculada principalmente a las frutas de carozo. Pero existía un problema: terminaba la cosecha y también los ingresos, mientras había que continuar invirtiendo para preparar la temporada siguiente. La respuesta fue diversificar. Y había un antecedente familiar: sus abuelos maternos habían tenido una pequeña bodega en la zona. “Decidimos refundar el proyecto”, resume Pablo.

Un vino nacido en Conesa



La elección de la vid tampoco fue casual. Conesa había tenido bodegas antes de la crisis de los años ‘70 y comparte características con otras zonas vitivinícolas de la Patagonia. Clima semidesértico, amplitud térmica, inviernos fríos, viento, escasas precipitaciones y suelos arenosos conforman un escenario que Rodríguez considera ideal.

El Malbec fue el punto de partida y se adaptó muy bien. Después llegaron experiencias con Syrah, Semillón, Cabernet Sauvignon y rosado de Malbec. “El potencial de la zona es enorme. Me animo a decir que se podrían vinificar con éxito la mayoría de los varietales”, asegura.


Un Refugio mantiene una escala pequeña y puede alcanzar alrededor de 10.000 botellas en una buena cosecha. Esa dimensión también representa un desafío porque los costos de insumos, fletes y logística son mayores. Por eso la búsqueda no pasa solamente por producir más. “Buscamos instalarnos en el segmento de los vinos de gama media o alta, ofreciendo un producto diferenciado y de la mejor calidad posible”.

La identidad en una botella



Hay otra característica del proyecto: el manejo del viñedo. Aunque todavía no cuenta con certificación orgánica, desde hace años trabajan sin herbicidas, fertilizantes ni agroquímicos, buscando el equilibrio natural entre suelo y planta. Pero quizá la mayor fortaleza de Un Refugio esté en que todo ocurre en el mismo lugar.


La uva nace en Conesa, se transforma allí y el vino sale terminado desde la chacra. Para Pablo, eso significa agregar valor, pero también construir identidad. “El vino es la combinación de la tipicidad varietal, el clima, el suelo y la experiencia del enólogo, todo local”.

Hasta el nombre cuenta una historia. Un Refugio recuerda aquel lugar que su abuelo tenía junto al río, entre los árboles, donde la familia se reunía para compartir asados y encuentros. Hoy ese nombre viaja en cada botella hacia distintos puntos de la Patagonia y el sur bonaerense. “Tratamos de imprimirle toda la identidad posible a cada botella”, dice.

Producir y transformar



La experiencia de Un Refugio también permite pensar el futuro productivo de Conesa. Para Rodríguez, tierra, agua, conocimiento y potencial existen. El desafío es generar condiciones que permitan producir y, especialmente, transformar esa producción en origen. “Potencial sobra, pero faltan las condiciones económicas para que pueda explotarse. Necesitamos menos trámites y más actividad económica, menos impuestos y rutas en condiciones”.

En ese camino también imagina a la vitivinicultura vinculada con la gastronomía y el turismo rural. “No pueden funcionar aisladamente las bodegas, el turismo y la gastronomía. Las economías regionales necesitan un impulso que las revitalice de conjunto”.

Una postal familiar que resume una historia de trabajo.


Pablo pertenece a una generación que vio cambiar profundamente el paisaje productivo de Río Negro. Recuerda cuando kilómetros de la Ruta 22 estaban rodeados de frutales y observa con preocupación una economía cada vez más orientada hacia la producción primaria sin transformación.

Sin embargo, sigue apostando. “Un productor rionegrino, acostumbrado a las inclemencias climáticas y con la obligación de sostener las nuevas generaciones, por fuerza tiene que ser optimista”. Quizás allí esté también el sentido de Un Refugio: recuperar una historia familiar para construir algo nuevo. Producir la uva, transformarla y lograr que una botella que sale de una pequeña chacra lleve mucho más que vino. Que lleve también un pedazo de General Conesa.