“¿Hasta cuándo?”
No todos, pero sí gran parte de quienes vivimos en Argentina, hemos sido y somos quietos y mudos testigos de tantas violaciones con las que hoy y siempre nos han sometido quienes usaron y usan el poder político, económico y social desde el gobierno y otros sectores asociados a él para delinquir juntos en busca de los mejores resultados para ellos. Gran parte de nosotros –felizmente, no todos– hemos aceptado mansamente, pasivamente, que se conculcaran y despreciaran con desparpajo sagrados e inviolables derechos incuestionables, propios de cualquier sociedad digna del mundo. La corrupción instalada campante y socarrona fue abarcando a través del tiempo, y de menor a mayor, a políticos perennes y a otros emergentes de la misma calaña, y a sus asociados influyentes; todos ellos ansiosos y dispuestos a casarse con el poder por tiempo indeterminado. Ha debido contar necesariamente para ello con la colaboración de buena parte de la sociedad argentina. Me refiero concretamente no a toda, pero sí a la mayoría, a la que me permito distinguir como sociedad pensante, culta e instruida con acceso al conocimiento y con capacidades y discernimiento, más que todo a la que debiera velar por la defensa de los valores trascendentes del hombre. Gran parte de esta sociedad selecta –así la llamaré sin mala intención– de la que me siento parte y siento culpa carece de ética suficiente y es inescrupulosamente asolidaria, soporta y acepta una justicia autista, a la que cada tanto recrimina con benevolencia… Es una sociedad que no valora ni exalta las virtudes en el hombre que lo hacen trascender, sino que las desprecia y descalifica porque no sirven para triunfar en la actual escala de valores del “venga el poder y su primo el dinero como sea…” o, por el contrario, no importa cómo, el asunto es subir. Esta sociedad selecta o es, además de lo antedicho, cómoda, pancista, aletargada y está siempre mirando para otro lado esperando paciente que del cielo baje el milagro que cambie nuestro destino o, por el contrario, es reverentemente hipócrita y aspira a que todo siga como está porque bajo la delgada capa de cambio que proclama y el escarmiento que promete seguirá especulando y traficando en beneficio propio. Está dicho y es sabido nomás que en la Argentina, país en la última etapa de su descomposición, muchos de los de abajo tienen que perder para que los de arriba ganen. Ahora bien, ocurre que de un tiempo a esta parte, y en medio de nuestro colosal colapso, se fue popularizando y consolidando en nuestra sociedad que llamo selecta y se ha expresado de un modo insistente la necesidad ineludible de imponer a la clase política el perenne axioma que aún hoy perdura: ¡Que se vayan todos! Nos hemos aferrado firmemente a este axioma que ha nacido y crecido con lo mejor de nuestras frustraciones. Faltaría de todos modos definir algunas cuestiones: una vez que se hubieran ido todos de la sociedad no comprometida con el poder corrupto, debiera surgir la nueva clase política capaz de construir el país que no tuvimos ni tenemos. ¿A quiénes habríamos de proponer? ¿Cómo elegirlos para asegurarnos de que no tendremos sorpresas desgraciadas, como tantas veces? ¿Los futuros políticos vendrían vacunados? ¿Existe ya el buenómetro? Tendríamos que asegurarnos, porque buenos políticos de verbo encendido y alzada voz sonora ya hemos tenido. Ya conocimos ufanos que en discursos nos decían: “En materia de escuelas, tendremos escuelas. En materia de hospitales, tendremos hospitales. En materia de caminos, tendremos caminos”. Muchos de ellos son veteranos reincidentes o egresados recientes de la gran olla nacional de los farsantes que se dirigen, no bien se aproximan las llamadas elecciones democráticas, a “cumplir” en los puestos de la salvación nacional que su fervor patriótico y nacional les impone. Cuentan para encaramarse y colmar sus apetencias con un aliado multitudinario, pasivo y consecuente: nosotros, la sociedad de “espectadores”, nunca “intérpretes”. Los que sólo nos quejamos en la confitería con el peluquero o el taxista, los que lapidamos nuestra crítica verbal con un “y bueno, que se le va a hacer”, “habrá que seguir tirando” o el conocido “no te metas”. O somos cómplices, cómodos o cobardes, porque –convengamos– todas las sociedades del mundo soportan delincuentes, entre otros los que medran con el poder político, y sin embargo muchas de ellas, dueñas de una estructura social ética, aun en países cuya riqueza no puede ser comparada con la muestra no soportan nuestras vicisitudes. Asumamos de una vez por todas que no son los delincuentes del poder los únicos culpables del estado en que se encuentra el pueblo argentino. Somos nosotros, buena parte de la sociedad “selecta”, partícipes responsables para que la mafia en todas sus facetas crezca, se afiance y se perpetúe. Alberto Emilio Suertegaray DNI 6.754.324 – Roca
Alberto Emilio Suertegaray DNI 6.754.324 – Roca