“Fragmentos”, la serie de Disney que ilumina demasiado la oscuridad de “Los destrozos”

La adaptación de la novela de Bret Easton Ellis recrea con precisión los excesos del Los Ángeles de 1981, pero entre tanto glamour, cuerpos perfectos y luces de neón se pierde buena parte de aquello que hacía perturbadora a la novela: la ambigüedad, la oscuridad y la duda sobre qué ocurrió realmente.

“Los destrozos”, la última novela de Bret Easton Ellis, es tan cinematográfica que parece pedir a gritos una adaptación: Los Ángeles de 1981, los autos, las fiestas, los adolescentes ricos, el sexo, las drogas, la música, un asesino serial que parece salido de una película de terror, el fin de una época. Hay de todo, y hay mucho de todo eso. Y, sin embargo, después de ver la serie, uno empieza a sospechar: o el libro no era tan bueno o el problema fue convertir “Los destrozos” en una serie de nueve capítulos de la mano del siempre excesivamente estilizado Ryan Murphy.


La novela, publicada en 2023 después de trece años de silencio, es una de las mejores de Ellis. El protagonista se llama Bret Easton Ellis, como el autor, tiene 17 años y está terminando el secundario en Los Ángeles, rodeado de amigos ricos, hijos de productores de Hollywood; todo reluce y todo es angustiosamente vacío. El Bret que cuenta la historia ya es adulto y vuelve sobre aquel 1981 con una mezcla incómoda de nostalgia, deseo y desconfianza hacia sus propios recuerdos.


En ese mundo de padres ausentes y adolescentes con demasiado dinero y demasiado tiempo aparece Robert Mallory, un chico nuevo, hermoso e inquietante. Al mismo tiempo, un asesino serial empieza a matar adolescentes en Los Ángeles. Los diarios lo llaman El Arrastrero. Antes de los crímenes hay señales: muebles cambiados de lugar, mascotas que desaparecen, llamadas telefónicas en las que nadie habla. Bret empieza a sospechar que Robert puede estar relacionado con los asesinatos.


Pero el asesino es, en cierto modo, un miedo omnipresente, algo ominoso que quizás tiene que ver con el fin de una época. Lo verdaderamente perturbador de “Los destrozos” está en otra parte: en la sensación de que esos adolescentes viven en un mundo suspendido, opulento y vacío, mientras algo horrible se acerca. Ellis consigue que la nostalgia nunca sea del todo inocente. Extraña los cines enormes, las canciones, los autos, las películas, la ausencia de celulares y esa sensación de que el futuro es infinito. Pero también sabe que en esa postal hay violencia, privilegio, indiferencia y una buena dosis de estupidez.

La novela funciona precisamente porque esa contradicción nunca termina de resolverse. Es memoria y thriller, novela de iniciación y relato de terror, fantasía y autoficción. Y, sobre todo, es una novela sobre la dificultad de recordar, sobre las distorsiones que necesariamente operan sobre la memoria. ¿Qué parte de lo que cuenta Bret ocurrió realmente? ¿Qué parte fue inventada? ¿Cuál está deformada por el deseo, por la culpa o por la literatura? El lector nunca termina de estar seguro. Ese es el imán poderoso de esta novela.


La serie, en cambio, está tan preocupada por mostrar a esos jóvenes bellos, extremadamente bellos, que lo que en el libro funciona como parte de un mundo inquietante y vacuo termina convertido en puro objeto de admiración. La serie transforma lo que es inquietante en la novela en algo deliberadamente atractivo. Murphy sabe hacer esto como pocos: toma un mundo de excesos, le pone una iluminación perfecta, una banda sonora irresistible y una dosis generosa de glamour. Lo hizo con “American Crime Story”, con “Feud” y con “Love Story”, la serie sobre John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette (tan adictiva como enervante). En “Los destrozos” encuentra un material que parece hecho a su medida: adolescentes ricos, secretos, sexo, asesinatos, Hollywood, ropa extraordinaria, unos adultos completamente disfuncionales, y un pasado que puede ser convertido en espectáculo.

La adaptación amplía personajes, modifica situaciones y muestra antes algunos elementos que la novela mantenía en la zona de la sospecha. También abre la historia hacia otros personajes y subtramas, algo quizás lógico en una serie de nueve episodios (que además tendrá más de una temporada). Pero en esa expansión se pierde parte de lo que hacía tan genialmente perturbadora a la novela: su ambigüedad.

En el libro, muchas cosas suceden en el espacio incierto entre lo que Bret imagina, lo que recuerda y lo que efectivamente ocurrió. La serie necesita mostrar. Y cuando muestra, sobreexplica, como si desconfiara de las capacidades del televidente. Lo que era sutil y una muestra de inteligencia del autor, aquí es torpeza.


También está el tono. Ellis escribe desde una especie de frialdad hipnótica, como si fuera un cirujano que ya no siente nada al ver un cuerpo abierto. Sus personajes pueden estar frente a algo monstruoso y continuar hablando de música, sexo, drogas o películas. Esa indiferencia es parte de la enfermedad moral de ese mundo que Ellis conoce y describe desde adentro. Murphy, en cambio, tiende a subrayar. Donde Ellis deja oscuridad, Murphy pone luz. Donde Ellis deja una duda, Murphy agrega una escena (obvia). En lo que coinciden es en la música (siempre muy buena).


El resultado es desalentador: todos los personajes, incluido por supuesto el protagonista -que muestra su admiración por la periodista y escritora Joan Didion con una insistencia que termina por convertirse en paródica-, parecen habitar la misma campaña de moda. Son bellos, atormentados, misteriosos y están siempre perfectamente vestidos, iluminados y maquillados.

La serie recrea con precisión los años 80, pero sus adolescentes parecen haber llegado allí directamente desde un desfile de modelos de 2026. Y entonces, esa belleza termina devorándose todo lo demás.

Escena del primer capítulo. (Gentileza: Disney)

Quizás, teniendo en cuenta que el propio Easton Ellis trabajó con Murphy en la adaptación de su libro, haya algo de todo eso detrás, algo irónico: mostrar cómo ese mundo de luces y brillos, preocupaciones triviales y frustraciones enormes puede destrozarlo todo, incluso una buena novela, hasta convertirla en fragmentos tan espectaculares como chatos.


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