“Han cantado bingo”, de Lana Corujo: una infancia entre el juego, el miedo y lo sobrenatural
La escritora canaria construye una novela breve y perturbadora sobre dos hermanas, una familia quebrada y una infancia atravesada por un hecho traumático. Con una estructura fragmentaria y una escritura que juega con tipografías, números y voces, Corujo explora los límites entre la realidad y la fantasía.
El paisaje de Lanzarote -negro, árido, atravesado por cráteres, lava- no es un escenario inocuo en “Han cantado bingo”, la novela publicada por Reservoir Books. La isla volcánica del archipiélago de Canarias, el lugar donde en 1995 nació la autora de la novela, Lana Corujo, es también el universo sobrenatural en el que ocurre esta historia llena de saltos en el tiempo; esta historia oscura y tierna a la vez sobre la infancia, la muerte, el juego, la relación entre hermanas, el miedo, y el duelo.
Puede que las primeras páginas produzcan cierto desconcierto. Con entradas breves (no más de dos páginas, a veces sólo una), cada capítulo del libro está acompañado de un número que, enseguida explica la autora, corresponde a la edad de la narradora. Además, son los quince números que aparecen en un cartón de bingo (10, 12, 22, 15, 7, 18, 30, 36, etc). Hay otro juego -que enseguida entiende el lector- con los diálogos: no están marcados con líneas sino con distintas tipografía, o subrayados, o entre corchetes. El desconcierto desaparece rápido porque el texto funciona de manera orgánica (símbolo de la dificultad de la protagonista para poder acceder a lo que los demás le cuentan) y el juego se convierte en un código compartido, necesario, para avanzar en una historia que requiere la morosidad y la ternura infantil para internarse en un hecho traumático y violento que no se conoce casi hasta el final.

El paisaje de Lanzarote es central. Desde la casa en la que viven en las dos hermanas, la narradora y Aleja (Alejandra) el volcán, con esa loma redondeada y al que llaman El Ahorcado domina todo. Es su patio trasero, el lugar – mágico y tenebroso-, al que se escapan cada vez que la abuela se va a jugar al Bingo. Comparten un juego secreto, uno de esos juegos que fuerzan la idea de lo prohibido, lo que asusta y a la vez divierte.
En esta historia, la infancia no es un lugar seguro. Los padres de las niñas, cuando aparecen, están en el bar, un poco pasados de bebida, desatentos la mayor parte del tiempo. Y la relación entre las hermanas tampoco es pura unión: aunque adora a su hermana pequeña, a veces la narradora desearía ser hija única, no tener a Aleja siempre pegada a ella. «Siento que mi hermana y yo somos un ser monstruoso de dos cuerpos, dos bocas, dos cabezas y cuatro ojos y dos corazones: uno lleno de rabia y tristeza, y el otro llenbo de tanto amor que no lo entiendo. Un monstruo y dos al mismo tiempo. (…) A veces me encantaría quedarme siendo una única mitad. (…)Alejandra yo te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio. Por tu culpa, yo he dejado de existir»
En esta historia hay un elemento más, uno sobrenatural. La narradora, la abuela, y el tío comparten un don, que ellos llaman la herencia y que les permite hablar y ver a quienes ya no están.
La autora explora y empuja, en cápsulas breves y poéticas, los límites entre la realidad y la fantasía, el juego infantil y la tragedia, la vida y la muerte. El lugar que queda entre esos dos espacios es el que habita la narradora: “Pienso en el lugar que existe entre la luz y lo oscuro. Ahí estoy yo”, dice.
La escritura acompaña ese movimiento. La primera persona cambia sutilmente de acuerdo con la edad de quien narra: no habla igual una niña de siete años que la mujer que vuelve sobre aquello que ocurrió. Pero Corujo evita convertir esas diferencias en explicaciones psicológicas. Las deja aparecer en el lenguaje, en la forma de mirar, en aquello que se entiende y aquello que todavía no puede entenderse; la voz infantil no es un recurso decorativo, sino una forma distinta de conocer el mundo.
La autora, que además es artista gráfica, explora y empuja, en cápsulas breves y poéticas, los límites entre la realidad y la fantasía, el juego infantil y la tragedia, la vida y la muerte. Esa tensión atraviesa toda la novela porque aquello que parece juego convive con algo terrible que se aproxima. Corujo no se apura a explicarlo. Lo deja macerarse.
En menos de doscientas páginas, Lana Corujo construye una novela de una intensidad poco frecuente. “Han cantado bingo” es una historia sobre el final de la infancia, pero también sobre las formas extrañas en las que una familia intenta sobrevivir. Y eso nunca es cómodo: las ausencias, no desaparecen, toman otra dimensión, a veces tan omnipresente como el volcán.
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