Detrás de escena: el frío también daña la piel, qué tener en cuenta si vas a viajar a la nieve
Nieve, paisajes blancos, chocolate caliente y días de esquí. Si estás planeando una escapada a la montaña, probablemente ya pensaste en la ropa térmica, los guantes y el abrigo. Pero hay un detalle que muchas veces queda fuera de la valija: el cuidado de la piel.
Aunque solemos asociar el protector solar con el verano, la playa y el calor, el invierno también puede ser una época de alta exposición. De hecho, la montaña reúne varios factores que desafían la salud de la piel: frío intenso, viento, aire seco, altura y una radiación ultravioleta que suele subestimarse.
Los efectos del sol, el frío y el viento
Uno de los errores más comunes es creer que, si no hace calor, el sol no puede dañar la piel. En realidad, ocurre todo lo contrario. La nieve refleja gran parte de la radiación UV y potencia la exposición, mientras que la altura hace que los rayos solares lleguen con mayor intensidad. Por eso, después de unos días en la montaña, no es raro notar enrojecimiento, labios agrietados, tirantez o incluso quemaduras solares.
El frío y el viento también juegan su parte. Ambos favorecen la pérdida de agua de la piel y debilitan su barrera protectora, lo que provoca sequedad, descamación e irritación. En quienes tienen rosácea, dermatitis o piel sensible, estos cambios suelen hacerse todavía más evidentes.
Hábitos simples para proteger la piel
La buena noticia es que proteger la piel no implica sumar una rutina complicada. Alcanzan algunos hábitos simples y constantes. El primero, y más importante, es usar todos los días un protector solar de amplio espectro con FPS 50+, incluso cuando el cielo está nublado, y reaplicarse cada dos horas si permanecés al aire libre.
La hidratación también es una gran aliada. Aplicar una crema antes de salir ayuda a reforzar la barrera cutánea y repetirla al volver favorece la recuperación de la piel después de varias horas de exposición al frío. Si contiene ceramidas, ácido hialurónico, glicerina o pantenol, mucho mejor.
Los labios y otras zonas que no hay que olvidar
Los labios también necesitan atención especial. Como su piel es más fina, suelen ser los primeros en sufrir las consecuencias del clima. Un bálsamo con protección solar, aplicado varias veces al día, ayuda a prevenir fisuras y molestias.
Y no todo depende de las cremas. Las antiparras o anteojos con filtro UV, el gorro y el cuello térmico también protegen las zonas más expuestas del rostro. Además, conviene no olvidar la nariz, las orejas, el cuello y las manos, mantener una buena hidratación durante el día y evitar las duchas muy calientes, que favorecen la resequedad.
Un hábito de salud para disfrutar la montaña
Las vacaciones deberían dejar recuerdos, no secuelas. Cuidar la piel en la nieve no es una cuestión estética, sino un hábito de salud. Porque el daño solar no entiende de estaciones y sus efectos son acumulativos. Disfrutar de la montaña con protección es la mejor manera de volver a casa con fotos inolvidables… y con una piel que también tenga mucho para agradecer.
Nieve, paisajes blancos, chocolate caliente y días de esquí. Si estás planeando una escapada a la montaña, probablemente ya pensaste en la ropa térmica, los guantes y el abrigo. Pero hay un detalle que muchas veces queda fuera de la valija: el cuidado de la piel.
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