La rebelión tribal que tiene en vilo al mercado petrolero mundial
Los hutíes, una guerrilla étnico-islamista de Yemen respaldada por Irán, tomaron amplias franjas de la costa del mar Rojo. El avance agrega un tercer bloqueo a las rutas marítimas entre el Golfo Pérsico, Asia y Europa, generando inestabilidad energética global.
La escalada que experimentaron los precios del petróleo en los últimos tienen mucho que ver con una rebelión religiosa y tribal en Yemen que figuraba poco en el radar mundial, pero que en los últimos días pasó a convertirse en uno de las factores centrales en los cuellos de botella que están dejando a la mayoría de los países industrializados con sus reservas de combustibles exhaustas y al resto del mundo con escasez y un encarecimiento del transporte que afectan la economía y la vida cotidiana.
Los guerrilleros hutíes, armados y financiados por Irán, tomaran este mes el puerto de Moca y la isla de Perim, dos enclaves estratégicos que les permiten controlar casi a voluntad el estrecho de Bab al Mandeb, un angosto corredor marítimo en el Mar Rojo por donde circula el 12% del comercio mundial, especialmente entre Asia y Europa, y millones de barriles de petróleo al día.
Este bloqueo se suma al del estrecho de Ormuz, afectado por la guerra entre Estados Unidos e Irán y el ataque con drones de milicias chiítas iraquíes al oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudita, que obligó a cerrar temporalmente las operaciones de la única vía de salida del crudo del Golfo Pérsico. Así, el 30% del comercio mundial de crudo está casi paralizado, empujando los precios por arriba de los 100 dólares el barril.
¿Quiénes son los hutíes?
Los hutíes (oficialmente llamados Ansar Allah o “Partidarios de Dios”) son una organización política, religiosa y armada que surgió en el norte de Yemen en la década de 1990. Nacieron como un grupo insurgente que buscaba defender las tradiciones de los zaidíes (una rama del islam chiíta que representa a un tercio de la población yemení) frente al predominio del wahabismo sunita y la marginación económica de su región durante el gobierno del entonces presidente Alí Abdalá Salé. En 2011, el grupo se sumó a la llamada Primavera Árabe y participó en las masivas protestas que forzaron a Salé a entregar el poder. Su cúpula y base provienen principalmente de la tribu al-Houthi, que adoptó un enfoque fundamentalista islámico, nacionalista y fuertemente antiimperialista. Su discurso oficial se resume en un conocido lema: “Dios es grande, muerte a Estados Unidos, muerte a Israel, maldición sobre los judíos, victoria para el islam”. Copiaron el modelo de Hezbolá, la milicia-partido chiíta de Líbano, con el que mantienen estrechos lazos.
En las últimas décadas, pasaron de ser una guerrilla local de montaña a convertirse en una de las fuerzas militares no estatales más influyentes de Medio Oriente, gobernando de facto sobre gran parte del norte y oeste de Yemen, la zona más poblada del país.
En 2014 tomaron su capital, Saná y derrocaron al gobierno, arrastrando al país a una sangrienta guerra civil. El conflicto tomó dimensión regional cuando Arabia Saudita (cuya dinastía gobernante pertenece a la rama wahabita del islam) intervino al frente de una coalición de países para intentar restaurar al gobierno. Esto hizo que su rival en Medio Oriente, Irán (gobernado por una teocracia chiíta) tomara partido decidido por los hutíes, a quienes otorgó apoyo político, económico y militar. Sin embargo, los hutíes no son un mero “proxi” o títere iraní, ya que pertenecen a otra rama del chiísmo, según los expertos. “Irán es un país amigo, aliado y hermano para nosotros, pero no nos da órdenes. Somos independientes en nuestras decisiones y en nuestra soberanía”, afirmó hace poco a la AFP Abed Mohamed al Thawr, líder militar del grupo.
En diversos momentos de la última década Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel (debido a la alianza de los hutíes con Hamas) han realizado bombardeos aéreos devastadores contra estos rebeldes, sin poder debilitar su poder más que momentáneamente. En el proceso, Yemen se ha hundido en una crisis humanitaria sin precedentes que ha dejado más de 150.000 muertos y a unas 19 millones de personas dependientes de la ayuda internacional, según las Naciones Unidas. Los frentes de batalla inestables y cambiantes han dejado al Estado en ruinas y sin recursos, facilitando la operación de milicias privadas, bandas criminales, traficantes y agentes extranjeros que prosperan en este escenario caótico.

El gobierno reconocido internacionalmente en Yemen es un órgano colegiado, el Consejo de Liderazgo presidencial (CLP) presidido por Ashad al Alimi, con respaldo saudita y emiratí, que sin embargo está limitado al sudeste menos poblado del país. El noroeste, la zona más densamente habitada y donde se encuentran los estratégicos enclaves del Mar Rojo, están bajo control hutí, un terreno amplio y montañoso donde pueden dispersar a sus combatientes y su infraestructura militar, al tiempo que amenazan importante infraestructura petrolera y rutas comerciales claves para Asia y Europa.
Los hutíes poseen un arsenal complejo que incluye drones de largo alcance, misiles de crucero, misiles balísticos e incluso proyectiles hipersónicos desarrollados con asistencia técnica iraní. Con ellos pueden atacar todo tipo de infraestructura saudí y los buques de carga internacionales y petroleros que se dirigen hacia el Canal de Suez, afectando el comercio y la economía global.
Un frágil alto del fuego negociado por la ONU en 2022 logró contener los combates, pero en julio pasado, en medio de su conflicto con Estados Unidos, Irán estimuló una nueva ola de ataques hutíes contra Arabia Saudita, aliada de Washington con drones y misiles contra aeropuertos, refinerías y buques cisternas en el mar Rojo. Una ofensiva en la costa occidental le permitió a los rebeldes tomar dos enclaves estratégicos en el estrecho. El propio presidente Donald Trump tuvo que intervenir y, tras una negociación con los rebeldes, se comprometieron a no atacar barcos estadounidenses.
Arabia, un gigante limitado
Por su parte, Arabia Saudita tiene un enorme y moderno arsenal suministrado por Estados Unidos, que incluye aviones sofisticados y defensas antimisiles avanzadas, utilizadas tanto contra los hutíes como contra los ataques iraníes. Sin embargo, con los arsenales estadounidenses bajo fuerte presión por la guerra, no está claro si podrá reponer los suministros que está utilizando tanto contra los hutíes como contra milicias iraquíes aliadas de Irán que realizan incursiones y ataques a sus infraestructuras, como recordó el caso del oleoducto.
Su poderío aéreo es poco eficaz sin tropas terrestres que puedan controlar territorios. El gobierno reconocido de Yemen, su aliado, está fragmentado en varias facciones y, según analistas, tiene serios problemas de disputa de facciones y corrupción, lo que debilita su control territorial, arraigo en la población y fortalece a los hutíes. Por este motivo, los saudíes buscaron concretar acuerdos con Turquía y Pakistán que el permitan fortalecer su ofensiva, pero están aún en papel y no se han activado. Omán y Egipto también encabezan esfuerzos diplomáticos para una desescalada en Yemen.
De la crisis petrolera a la crisis global
La situación en Yemen sumó trabas a un comercio petrolero que ya estaba en serias dificultades por la guerra entre Estados Unidos e Irán, que bloquea el estrecho de Ormuz, por donde circula en 20% del trasporte de combustibles del mundo, y al conflicto entre Rusia y Ucrania, que con sus ataques mutuos a refinerías e infraestructuras energéticas, sumada a las sanciones a petroleras rusas, ha derivado en un gigantesco desabastecimiento.
Para mantener cierto flujo a través del estrecho de Ormuz, algunos petroleros están arriesgándose a navegar por una ruta marítima alternativa próxima a las costas de Omán, en el lado opuesto de la vía navegable, recibiendo orientación de fuerzas militares estadounidenses. Aunque este trayecto ha permitido recuperar el tránsito hasta promediar entre 5 y 7 millones de barriles diarios, el volumen sigue siendo inferior a la mitad del nivel previo al conflicto.
Para contener las alzas extremas de precios provocadas por las interrupciones en el suministro de Medio Oriente, países como Estados Unidos, Japón, China y diversas naciones europeas liberaron de forma sostenida sus propias reservas y stocks. Aunque la liberación de inventarios ayudó temporalmente a amortiguar la escasez y frenar incrementos mayores en los precios, las reservas solo pueden utilizarse por tiempo limitado.
Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos, los niveles de almacenamiento de petróleo entre los 38 miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) han caído a sus niveles más bajos en décadas. La Agencia Internacional de Energía (AIE) advirtió que los márgenes de seguridad se están reduciendo y el sistema mundial de refinación se encuentra al límite, sin una perspectiva clara de reposición a corto plazo.
Los países de Asia son los grandes perjudicados por esta situación, ya que este continente es el destino de aproximadamente el 80% de las exportaciones de crudo y gas natural licuado (GNL) provenientes de Medio Oriente. Aunque la mayoría de las naciones asiáticas han evitado un desabastecimiento total, han tenido que pagar precios sustancialmente más elevados para asegurar su suministro.
China, el mayor importador mundial de petróleo, alivió la presión del mercado mundial dejando de acumular reservas, comenzó a utilizar sus propios inventarios y redujo o suspendió sus exportaciones de productos refinados como combustible para aviones. Japón e Indonesia desembolsaron miles de millones de dólares en subsidios al combustible para proteger a los consumidores. Japón también recurrió a sus reservas estratégicas de crudo. Con menos capacidad de maniobra, en Filipinas los pescadores tuvieron que atracar sus botes al no poder pagar el combustible, y en Bangladesh los cortes de electricidad interrumpieron las jornadas laborales en las fábricas durante horas, informó The New York Times.
En América Latina varios países han sufrido por las alzas y el desabastecimiento en combustibles, que a su vez han derivado en racionamientos y protestas. Los países de la región América Latina importa grandes volúmenes de diesel desde Estados Unidos, que ha restringido sus exportaciones. El encarecimiento global del petróleo y de insumos agrícolas vinculados como los fertilizantes ha incrementado los costos del transporte y de los alimentos básicos.
La actual crisis de abastecimiento petrolero y de refino en Europa también ha disparado el precio del diesel en países como Francia y Alemania, amenazando con una recesión generalizada ante la escasez de combustibles de cara al invierno.
La inestabilidad energética ha reducido el margen de maniobra de los bancos centrales, quienes enfrentan presiones inflacionarias que amenazan con frenar el crecimiento mundial.
(Fuentes informes de agencias internacionales AP, AFP, AN, El Orden Mundial y propias)
Comentarios