Milei reniega con su triángulo herrumbrado
El Presidente se complica en el frente interno, mientras afianza su mejor activo: la posición geopolítica.
El gobierno de Javier Milei percibe que la coyuntura cambió. Tras el paseo reformista en las sesiones extraordinarias del Congreso, una serie de dificultades políticas suman obstáculos a una situación económica que sigue siendo delicada y compleja.
El plan de estabilización de precios enfrenta complicaciones crecientes para perforar la inflación de dos puntos mensuales y las actividades que demandan empleo de manera intensiva están retraídas desde hace meses.
El crecimiento económico se sustenta en sectores muy dinámicos con sesgo exportador que habilitan un superávit comercial de 15.000 millones de dólares. Pero contrastan con la demografía alimentada por las décadas del modelo populista: 16 millones de personas habitan entre la ciudad de Buenos Aires y su conurbano ampliado.
Hasta el momento, la transición al nuevo modelo productivo no tiene una respuesta para las inquietudes económicas de ese amplísimo sector social.
En ese contexto político, la Casa Rosada ha tropezado con algo más profundo que los escándalos aeroportuarios del jefe de Gabinete y criptomonetarios de los hermanos Milei.
En realidad,está encontrando obstáculos para adecuar su lectura política al momento presente, que es el del fin de la marea triunfalista posterior a los comicios de octubre y el inicio de los posicionamientos previos al año de la renovación presidencial.
Para enfrentarse al nuevo momento político es clave para el Gobierno hacer una lectura objetiva de la legitimación electoral de octubre pasado. Hubo en estos días dos señales preocupantes en ese sentido, provenientes del máximo nivel de gestión en la Casa Rosada.
La primera viene del propio Presidente; la reiteró en cada discurso desde su regreso de Nueva York. Milei describe el triunfo de octubre como la superación de dos corridas muy potentes contra la moneda nacional. La primera en marzo de 2025, cuando planeaba levantar el cepo cambiario, y la segunda después del índice inflacionario de 1,5% en mayo pasado, cuando el Congreso -según el Presidente- aprobó 40 leyes contra el plan económico.
El Presidente omite cada vez con mayor frecuencia la actuación de dos actores claves en ambos momentos: Scott Bessent, que vino a Buenos Aires para respaldar la salida del cepo y Donald Trump, que instruyó a Bessent que compre pesos ante la posible derrota electoral de Milei en octubre.
Milei también se abstiene de mencionar cómo fue el rescate final de su gestión: los votantes que lo apoyaron no por la fortaleza actuada por el Gobierno, sino por su manifiesta debilidad.
La segunda señal preocupante la dio el antiguo vocero presidencial, Manuel Adorni. Siendo ahora jefe de Gabinete, Adorni dice que los cuestionamientos a sus viajes y a su patrimonio nacen de operaciones en las sombras de sectores internos del propio gobierno.
Lejos de fortalecer su posición, Adorni intenta una salida que sólo abona dos conclusiones políticas: la impotencia para anticiparse al flujo inorgánico de las disidencias internas o la incompetencia para resolverlas con un mínimo de autonomía.
Ambas señales -la de Milei y la de Adorni- convergen. Cuando el Gobierno se debatía entre la corrida cambiaria y la ofensiva opositora, dos vértices del antiguo triángulo de hierro operaron en sentido opuesto para zanjar la crisis.
Karina Milei y los primos Menem se ocuparon de armar listas violetas para el desarrollo territorial del mileísmo; Santiago Caputo y Guillermo Francos intentaban al mismo tiempo bloquear las amenazas destituyentes, negociando en franca minoría con los jefes territoriales de la oposición.
Herrumbres
Ninguno de los dos núcleos hubiese sobrevivido sin la intervención de Trump y el rescate proveniente de un segmento definitorio del voto probablemente distante de Milei, pero angustiado por la corrida contra el plan económico.
Pero la lectura de Milei, posterior a la elección, fue más favorable a los resultados de su hermana Karina que a los de su asesor todoterreno. ¿Esa lectura, que minimiza en la ecuación electoral lo definitorio del factor Trump, está en la base de algunas de las complicaciones actuales de la Casa Rosada?
¿El desafío para Milei en la coyuntura es reconstituir el triángulo de hierro, o sincerar que se herrumbró de manera irreversible, sin posibilidad de reparación? ¿Milei ya delegó en Karina la definitiva segregación interna de su asesor?
La respuesta a estas inquietudes es central para el Gobierno porque la carrera de posicionamientos para 2027 está lanzada. El indicador más visible fue la reaparición partidaria de Mauricio Macri, pero hubo otro que sugirió hace pocos días el propio Milei: los gobernadores que desdoblen elecciones en 2027 no serán considerados por el Gobierno como un aliado político.
Mientras vacila con su frente interno, Milei ha conseguido, en cambio, afianzar su activo político más relevante: su posición geopolítica. Pese a la narrativa dominante -que se limita a inventariar los costos de la guerra en Medio Oriente sin reparar en el balance estratégico- la administración Trump no está lejos de conseguir, antes de la elección norteamericana de medio término, un triunfo decisivo para su promesa de reconstitución del liderazgo occidental en nuevos términos.
Como sostiene el escritor español Fernando Savater: “El presidente americano es grosero y caprichoso, pero no ha vuelto su poder contra ningún régimen respetable. No ha bombardeado Copenhague para hacerse de Groenlandia. En cambio, ha secuestrado a un dictador caribeño que tiranizaba a su pueblo y ha bombardeado al país que indudablemente suponía la mayor amenaza terrorista para la paz mundial”.
Milei está alineado en ese nuevo espacio del poder global.
El gobierno de Javier Milei percibe que la coyuntura cambió. Tras el paseo reformista en las sesiones extraordinarias del Congreso, una serie de dificultades políticas suman obstáculos a una situación económica que sigue siendo delicada y compleja.
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