Profesores a la conquista del poder
Como ellos mismos se han encargado de informarnos, los gobernantes griegos actuales, en especial los funcionarios más importantes del Ministerio de Finanzas, son buenos productos del mundillo académico en que abundan los militantes antisistema y escasean los más o menos conformes con la democracia capitalista.
SEGÚN LO VEO
No querían ser tecnócratas. Se habían propuesto protagonizar una epopeya ideológica pero, no bien se pusieron a trabajar, se dieron cuenta de que remodelar la economía griega no les sería tan fácil.
Obligados a elegir entre respetar reglas que ellos mismos denunciaban por inmorales y mantenerse fieles a las ideas que durante años habían reivindicado y que, para su incomodidad, sus propios partidarios se resisten a abandonar, Alexis Tsipras, Yanis Varoufakis y Euclides Tsakalotas se encuentran frente a un dilema nada grato.
No pueden sino sentirse desubicados. Lo mismo que sus congéneres del progresismo académico en otras partes del planeta, entendían que, para conseguir prestigio intelectual y el dinero que a menudo lo acompaña, sería mucho mejor destacarse como críticos vehementes de la realidad contemporánea de lo que sería señalar que los esfuerzos por reemplazarla por otra mejor casi siempre tienen consecuencias catastróficas. Felizmente para los profesores universitarios que se han abierto camino protestando contra lo existente en nombre de una variante del marxismo, en los países más opulentos su influencia sigue siendo reducida, lo que les ahorra la necesidad de tratar de poner en práctica sus esquemas predilectos, pero en Grecia lograron desplazar a sus adversarios naturales para formar un gobierno.
En vista de la aparente hegemonía intelectual de los progresistas, el que con escasas excepciones los electorados prefieran mantenerlos a raya por temor a lo que serían capaces de hacer si alcanzaran el poder es bastante extraño. Parecería que, si bien pocos políticos o empresarios los consultan antes de tomar decisiones concretas, a muchos les gusta saber que en alguna parte hay hombres y mujeres que denuncian, a veces con un grado de pasión que sería apropiado para un profeta bíblico, las lacras materiales, sociales, éticas, estéticas y espirituales que a su juicio afean sus países respectivos.
La autocrítica está de moda. De enterarse un marciano del contenido de nuestros medios gráficos y audiovisuales presuntamente más respetados, llegaría a la conclusión de que las sociedades occidentales, en especial la norteamericana, son las más odiosas jamás creadas por los terrícolas. Se engañan los que dicen que en todas partes predomina el «neoliberalismo». Por el contrario, hasta periódicos considerados conservadores rinden homenaje a quienes se dedican a denunciar lo que algunos aún llaman «el pensamiento único», mientras que libros escritos por enemigos jurados del statu quo encabezan las listas de los más vendidos.
Los problemas empiezan cuando personajes que deben su prestigio a su deseo declarado de cambiar de manera drástica un mundo que les parece insoportablemente mediocre salen de las aulas para ocupar puestos en un gobierno. A menos que estén dispuestos a reconocer que sería mejor olvidar aquellas consignas contundentes que les permitían enfervorizar a contestatarios estudiantiles, no tardarán en enterarse de que no sirven para mucho en el mundo real en que incluso sus admiradores son reacios a subordinar sus propios intereses inmediatos a los de una sociedad aún imaginaria. Ha sido ésta la experiencia de hombres como el primer ministro griego Tsipras y los profesores Varoufakis y Tsakalotas, que están a cargo de una economía en vías de evaporarse.
Para convencer a los representantes de los demás países europeos de darles más plata, esgrimieron argumentos que harían vibrar de felicidad a los participantes de una manifestación de indignados. Les hubiera convenido más guardar silencio, ya que sus interlocutores estaban más interesados en ahorrarse algunos euros que en disquisiciones en torno a temas sin duda fascinantes pero que en su opinión no venían al caso. Asimismo, no les gustó ser tratados como «terroristas» por negarse a obligar a sus propios contribuyentes a subsidiar un sector público que, como nos recordó hace poco el escritor griego actualmente más célebre, Petros Markaris, es a un tiempo «gigantesco y desastroso», un monstruo que «devora cantidades inmensas de recursos económicos» sin que los gobiernos sucesivos se hayan animado a tocarlo. Su negativa a intentarlo es comprensible. Mientras que construir un gran aparato clientelista es muy fácil, desmantelarlo no lo es en absoluto.
Tanto Tsipras como la mayoría de sus compatriotas creen que, por ser europeos los griegos, merecen disfrutar de un nivel de vida mejor que el actual. Dicen que someterse al programa de reformas exigido por sus socios a cambio de un nuevo rescate les sería demasiado humillante, razón por la que más del 60% votó por rechazarlo. Parecería que Tsipras mismo hubiera preferido un resultado distinto, uno que le permitiría renunciar con su dignidad intacta para que otros asumieran la responsabilidad de administrar una economía quebrada. De haber sido así, la maniobra no funcionó. Si bien el primer ministro pudo disfrutar de un momento de gloria por haber persuadido a los griegos de que, merced al referéndum, está a salvo el honor patrio, corre el riesgo de ser recordado como el demagogo que condenó a su país a años de miseria fuera no sólo de la Eurozona sino también de la Unión Europea, una eventualidad que nadie quiere pero que podría ocurrir por error.
¿Es tan atípica Grecia que ningún otro país podría seguirla por el camino que la ha llevado al borde de un abismo financiero, económico y humanitario? Desde luego que no. La idea de que todos tengan derecho a vivir por encima de los medios disponibles está cobrando fuerza en casi todo el mundo occidental. Además de los ejemplos extremos de la misma pretensión brindados por la Argentina, un «país rico» y por lo tanto «condenado al éxito», y Venezuela, donde se basa en una combinación de suerte geológica e ideología voluntarista, en Estados Unidos y las partes aún prósperas de Europa están proliferando síntomas de la misma patología. Gracias en buena medida a la prédica de académicos e intelectuales que nos aseguran que «la austeridad» no es sólo cruel y antidemocrática sino también contraproducente, en muchos países están intensificándose las presiones a favor del traslado de recursos desde los sectores productivos de la economía hacia aquellos que dependen exclusivamente de su poder político porque no producen nada.
JAMES NEILSON