Estuvieron a un paso del cierre total y hoy exportan un inusual recurso milenario para cultivos que nace en la Patagonia
Lo que nació hace medio siglo como un descubrimiento curioso en la Comarca Andina, hoy es el motor de una empresa que vuelve a ponerse de pie. Se trata de la turba de cárex, un tesoro orgánico que es utilizado por el INTA Patagonia Norte para el cannabis medicinal, potencia la producción de cultivos como el pistacho y sirve para absorber hidrocarburos.
En la localidad de El Hoyo, Chubut, un yacimiento natural marca el ritmo de una de las actividades más singulares de la región. No fue un invento, sino un hallazgo fortuito de un aficionado a la geología que descubrió las propiedades de la turba rubia de cárex. «Yo digo que es un poco de suerte, porque la descubrimos; no la inventamos», confesó Gerardo Gallardón a Diario RÍO NEGRO sobre el inicio de esta historia hace casi cinco décadas.
La empresa creció junto al pueblo y llegó a tener 50 empleados, pero el camino familiar tuvo sus idas y vueltas. Tras un periodo de abandono en el que las instalaciones quedaron deterioradas, la nueva generación decidió recuperar el mando a fuerza de trabajo. «La retomamos hace 7 años cuando la empresa estaba muy caída y el laboratorio cerrado hace 15 años; la estamos levantando», explicó José Gallardón, hijo de Gerardo.

Hoy, la planta cuenta con 25 trabajadores y ha logrado reactivar su laboratorio propio, un activo clave que les permite «investigar y desarrollar productos específicos como biofertilizantes e inoculantes para distintos tipos de semillas», detalló Analía Rossi trabajadora de la empresa. Esta reconstrucción no solo rescató una fuente de empleo, sino que puso nuevamente en valor un recurso orgánico que se regenera naturalmente en los canales de agua que desembocan en el río Epuyén.
Para los Gallardón, el orgullo principal es que todo el proceso nace y termina en la zona. «Es la planta que crece, se muere y cae abajo del agua y se convierte en turba», describió Gerardo. Esa materia orgánica, procesada con tecnología local, es la que hoy viaja desde la Cordillera hacia centros productivos de todo el país.
«Somos la única turbera del mundo que cuenta con un laboratorio propio para ir mejorando nuestros productos»,
Gerardo Gallardón, dueño de la cantera de Turba.
De la Patagonia a los laboratorios: cómo la turba de cárex se convirtió en un insumo estratégico de la mano del INTA
La reapertura del laboratorio permitió a la empresa especializarse en el creciente mundo del cannabis medicinal. Al ser una turba de cárex, posee características físicas distintas a la que se importa de Europa o Canadá, lo que según José, llamó la atención de los principales organismos científicos de Argentina para crear un sustrato de alta calidad.
«Reabrimos el laboratorio y comenzamos con los sustratos para el cannabis medicinal. El diseño de la fórmula la hizo el INTA, el Conicet, Cenpad y la ONG Ciencia Sativa», detalló Gerardo. Fue un trabajo conjunto de varios años para asegurar que el producto cumpla con las exigencias técnicas que requieren los cultivos con fines medicinales.
Esta alianza estratégica permitió que la firma no solo vendiera tierra, sino conocimiento aplicado. José destacó que las características climáticas de la zona y la cercanía del laboratorio les permite trabajar con inoculantes de soja, maní y oleaginosas.
Actualmente, la producción máxima alcanza los cinco camiones mensuales, con envíos constantes a San Juan y Buenos Aires. El mercado se ha diversificado tanto que su turba se utiliza hoy para plantineras de todo tipo y cultivos de gran escala, como el pistacho, que demanda suelos con excelente drenaje y aireación.
Turbera
- 309
- es el total de hectáreas de turba que tiene la empresa Gallardón en El Hoyo.
Un absorbente que encapsula el petróleo y flota en el agua
Más allá de la agricultura, esta turba patagónica tiene una aplicación crítica en la industria petrolera debido a sus micro-poros. Funciona como una esponja que atrapa los hidrocarburos y, lo más importante, no los libera. “Nuestra turba encapsula el hidrocarburo, no lixivia y no se precipita en el agua”, explicó José sobre este uso ambiental.
Gerardo explicó que el valor de este recurso reside en su origen: la turba de El Hoyo es de Cárex, una palabra que viene del latín y significa “yo corto”, en referencia a la dureza y el filo de la hoja de esta planta conocida también como cortadera o carrizo. A diferencia del musgo (Sphagnum) que compone las turberas de Tierra del Fuego o Canadá, el cárex atraviesa un proceso de petrificación bajo las aguas frías de la cordillera. “Si se queda fuera del agua, se pudre; pero abajo, con poco oxígeno, se transforma de una manera parecida a los troncos”, detalló el fundador.
Esa estructura orgánica milenaria es la que le otorga propiedades físicas únicas en el mercado. Al no ser un musgo blando, el material desarrolla microporos que le permiten encapsular el petróleo sin absorber una sola gota de agua, lo que garantiza que el absorbente flote siempre en la superficie.
Esta capacidad de flotación facilita enormemente las tareas de limpieza en espejos de agua o puertos. José recuerdó que en pruebas operativas, el material demostró su eficacia: “La turba limpia pasaba la zaranda y la turba sucia quedaba sin manchar la máquina. Ahí te demuestra que se encapsula en serio”, explicó Jose.
Según explicó Gerardo Gallardón, esto es vital para la protección ambiental, ya que puede pasar días flotando en la superficie sin precipitarse, facilitando una limpieza total.
El nuevo horizonte exportador del «oro negro» de la Patagonia
Lo que hace que este proyecto sea sostenible es el tiempo de regeneración del recurso. Al trabajar por surcos y dejar la «champa» a los costados para que la flora vuelva a crecer, aseguran la continuidad del yacimiento. «Extrayendo como hasta ahora, hay turba para siempre porque se va regenerando», aseguró José.
Esa mirada a largo plazo les permitió proyectar la empresa hacia el mercado internacional. Hoy están consolidando su propia marca y se preparan para un hito comercial: «Estamos por realizar nuestra primera exportación a Chile a Santiago», anunció José con satisfacción.
Este crecimiento internacional se complementa con convenios de investigación con universidades chilenas, manteniendo la impronta científica que Gerardo siempre buscó. Ver a su hijo José liderar esta etapa es, para el fundador, el cierre de un círculo: «Para mí es una gran ayuda, ya uno está grande para manejar las cosas solo», afirmó.
Gerardo valora que el negocio genere ingresos genuinos para la localidad: «Es lindo porque todo queda para la zona; no importamos cosas para vender acá y todo lo que vendemos vuelve a nuestra zona».
Hoy, la turbera no es solo una cantera de extracción, sino un centro de desarrollo biotecnológico. Con premios ganados en París y Madrid, y una exportación inminente, la familia Gallardón tiene como objetivo liderar un mercado con ciencia, trabajo familiar y respeto por la tierra.
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