Pasaron la pandemia en un tráiler en una chacra de la Patagonia y la transformaron: hoy producen 18.000 kilos de alfalfa por hectárea
Ramiro Roco y Julieta Elizondo llegaron a una chacra abandonada y sin luz en Río Negro, donde vivieron durante dos años y medio en un tráiler. Hoy, después de transformar el campo, producen hasta 18.000 kilos de materia seca de alfalfa por hectárea y proyectan ampliar la superficie implantada.
Cuando Ramiro Roco y Julieta Elizondo llegaron a su flamante chacra de Balsa Las Perlas, en Cipolletti, Río Negro, encontraron un monte frutal abandonado y sin siquiera conexión eléctrica. Hoy, aquel paisaje gris se transformó en un establecimiento productivo que alcanza los 18.000 kilos de materia seca de alfalfa por hectárea por temporada.
Ramiro, que viene de una familia neuquina con una larga tradición en el transporte de personal, decidió junto a Julieta apostar por el campo, primero en Plottier (Neuquén) y después en Balsa Las Perlas. El resultado es Establecimiento La Pasto Verde, un proyecto que combina producción, mecanización y un manejo agronómico pensado para aprovechar al máximo las excelsas condiciones de la Norpatagonia.
De la ciudad de Neuquén a un tráiler en una chacra en Río Negro
Ramiro nació en Plaza Huincul, Neuquén, y llegó a la capital provincial cuando tenía tres años. Su familia está vinculada al transporte desde los años 70, primero con su abuelo y luego con sus padres.
El campo era de algún modo un proyecto relegado. La familia tenía una chacra de 13 hectáreas en Plottier, pero nadie se ocupaba de producir allí. Ramiro fue quien comenzó a trabajarla y a transformarla. La sistematización empezó en 2017, cuando buena parte de las tareas todavía eran tercerizadas.
La segunda gran decisión llegó en 2020. Justo antes de la cuarentena por la pandemia, Ramiro compró una chacra de 24 hectáreas en Balsa Las Perlas. El lugar tenía plantaciones de frutales abandonadas y no había luz. Poco más de un mes después, cuando se flexibilizó el aislamiento, Ramiro y Julieta se mudaron allí y prácticamente atravesaron toda la pandemia en un tráiler en medio del campo.

“La idea de la familia era empezar a diversificar, no tener todos los huevos en la misma canasta. La pandemia nos abrió mucho la cabeza”, cuenta Ramiro. La decisión fue familiar, pero quienes terminaron llevando adelante el proyecto fueron él y Julieta.
La llegada no fue sencilla. Durante los primeros tres meses no tuvieron electricidad. Ramiro tenía 24 años y Julieta, 19. Vivieron durante dos años y medio en el tráiler mientras estudiaban, erradicaban el monte frutal para transformarlo en pasturas y comenzaban a construir su casa, que terminaron a fines de 2022.
La transformación del campo se convirtió también en una motivación personal. “Mi sueño era que esto esté todo verde, así como está ahora, sobre todo en verano”, dice Ramiro. Y agrega una frase que resume el sentido que tiene el proyecto para él: “Regocija el alma ver todo lo que uno ha hecho transformado en lo que siempre soñó”.
Eligieron la alfalfa para concretar ese anhelo. “Decidimos hacer alfalfa porque es la reina de las forrajeras. Es un cultivo muy noble, que te permite tener cintura frente al clima”, explica. También probaron zapallo, melón y maíz, pero la alfalfa terminó mostrando una ventaja decisiva: tiene capacidad de recuperarse frente a eventos climáticos adversos.
Alfalfa en la Patagonia: las claves de los altos rindes
Para Ramiro, un buen rinde en la alfalfa se empieza a definir varios años antes de implantarla. “La preparación tiene que venir con dos o tres años de antelación a la alfalfa”, explica.
El primer paso es una nivelación precisa, fundamental porque el riego se realiza por manto. Después llega un verdeo de invierno, como avena o cebada, y luego un cultivo de primavera-verano, como moha o mijo. Recién después de ese proceso el lote está listo para la alfalfa en el Establecimiento La Pasto Verde.
La alfalfa se siembra en otoño consociada con avena o cebada. Roco explicó que ese cultivo de acompañamiento funciona como protección durante el invierno y permite que el primer corte tenga mayor volumen de forraje. Después, en el segundo corte, aparece la alfalfa prácticamente pura.
Para la fertilización, Ramiro realiza análisis de suelo para determinar qué nutrientes faltan y los incorpora durante la siembra mediante una sembradora con cajón fertilizador. A eso suma el abono producido por sus propios animales, que distribuye en los cuadros e incorpora con rastra de discos.
“Hay que tratar de devolverle al suelo al menos el doble de lo que se le saca para tener buenos rindes”, sostiene. También utiliza semillas fiscalizadas y certificadas para los cultivos de invierno, primavera-verano, consociados y, por supuesto, para la alfalfa.
En Las Perlas riegan por manto utilizando una bomba que toma agua del río Limay y comparten con otros dos vecinos. El suelo tiene buena retención de humedad, por lo que durante la temporada realizan aproximadamente un riego por mes. En Plottier, en cambio, el suelo arenoso obliga a regar cerca de una vez por semana.
Las diferencias entre ambas chacras se reflejan directamente en los rindes. En Las Perlas el promedio llega a unos 18.000 kilos de materia seca por hectárea por temporada, mientras que en Plottier se ubican cerca de los 12.000. “Acá, clavo una pala en el lugar que sea y salen lombrices. Esto es todo tierra negra, donde antes había frutales”, explica Ramiro en alusión a su chacra en Río Negro.
El campo de Plottier tiene una ventaja: la producción es más estable y el volumen de rollos por corte se mantiene relativamente parejo. En Las Perlas, por su parte, las mejores condiciones del suelo permiten obtener un mayor rendimiento.
La mecanización propia les permitió trabajar cuando el cultivo realmente lo necesita. “Cuando tercerizábamos todo, hemos llegado a hacer el primer corte a mediados de diciembre; desde que compramos nuestra máquina el primer corte lo hacemos a fines de octubre”, cuenta.
Hoy cuentan con tractor, segadora, enrolladora, hileradora, rastra, niveladora láser y otras herramientas (además de rodados para el transporte de rollos). Ese salto permitió empezar antes, terminar más tarde y sumar más cortes (seis en la última temporada) y volumen.
La disponibilidad y calidad de agua de los ríos Limay, Neuquén y Negro, sumado a la alta radiación solar y las escasas precipitaciones (y baja humedad relativa) en primavera-verano, conforman una combinación ideal para producir alfalfa en la Patagonia Norte.
La Pasto Verde apunta a trabajar cada etapa en el momento óptimo, especialmente durante el hilerado y el enrollado, cuando la humedad determina buena parte de la calidad final.
La elección del rollo, además, responde a una cuestión práctica. “Nosotros hacemos rollos porque tiene varios beneficios, a mi parecer, con respecto al fardo”, explica Ramiro. Según detalló, la forma cilíndrica del rollo favorece la buena conservación al aire libre. “La enrolladora la manejás más fácil, más rápido y sin tanto esfuerzo, respecto de una enfardadora”, agregó.
La Pasto Verde: calidad, clientes y crecimiento
La mayor parte de los rollos tiene como destino el mundo equino: centros de equitación, clubes y caballos de polo, además de pensiones. También abastecen a productores bovinos y ovinos. Desde La Pasto Verde sale alfalfa hacia distintos puntos de Neuquén y la Línea Sur de Río Negro. En épocas de sequía, incluso llegaron compradores desde Buenos Aires y La Pampa.
El objetivo no es vender una vez, sino construir una reputación. “A lo que apuntamos nosotros es que La Pasto Verde sea sinónimo de calidad”, afirma Ramiro. Para él, que un cliente vuelva o recomiende el producto vale más que una venta puntual.
El área implantada total alcanza las 17 hectáreas y el objetivo para este año es llevarla a casi 30. Ramiro asegura que todos los años buscan sumar entre un 30% y un 40% de superficie. En abril, además, incorporaron un galpón para guardar la maquinaria.
La producción agrícola, mientras tanto, convive con una pequeña ganadería destinada principalmente al autoconsumo familiar. Los verdeos de invierno y verano que no se comercializan se usan para alimentar bovinos, ovinos y caprinos.
Aquel joven que llegó con Julieta a una chacra abandonada, pasó meses sin luz y durante dos años y medio vivió en un tráiler mientras levantaba su casa, ahora mira un campo completamente distinto. El sueño de transformar aquellas chacras en un vergel, de alguna manera, ya está cumplido.
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