Vendió su casa, compró una chacra en la Patagonia y hoy produce 25.000 kilos por hectárea de un cultivo inusual

Su sueño siempre fue producir, y lo consiguió. Un ingeniero agrónomo llegó desde Buenos Aires a Río Negro en la década del 80 y, tras años asesorando a terceros, dio el paso para convertirse en chacarero. En cuatro hectáreas montó un sistema intensivo y tecnificado para producir una fruta que, tras 31 años, sigue siendo el corazón de su empresa.

Gustavo Liss es ingeniero agrónomo, nacido en la provincia de Buenos Aires y radicado desde hace décadas en el Alto Valle del río Negro. Hace más de tres décadas tomó una decisión que marcaría su vida: vender su casa para convertirse en productor.

Hoy, a los 66 años, mira su chacra en las afueras de Cipolletti con la tranquilidad de quien construyó desde cero. Lo que comenzó como una apuesta personal con sus propios recursos se transformó en una empresa eficiente, integrada y sostenida en el tiempo.

Ese “cultivo inusual” con el que logró consolidarse en la Patagonia no fue ni la tradicional pera ni la manzana: fue la uva de mesa, una producción poco difundida en la región pero que, en su caso, alcanza rindes promedio de 25.000 kilos por hectárea.


De Buenos Aires a la Patagonia: la decisión de producir


“Soy de Rivera, un pueblo en el límite con La Pampa”, cuenta Liss, repasando sus orígenes en una familia chacarera. Se formó como ingeniero agrónomo en La Plata y llegó a Río Negro en 1986 por una oportunidad laboral. Su primer destino fue Chimpay, en el Valle Medio, donde trabajó en un establecimiento con producción de peras, manzanas y horticultura.

Dos años más tarde se instaló en Cipolletti, donde se dedicó al asesoramiento técnico en fruticultura. “Todavía no era productor. Pero siempre tuve la idea de generar riqueza, de hacer, de producir”, explica. Esa vocación lo llevó a buscar algo más que el rol de consultor.

Gustavo Liss se convirtió en productor de uvas de mesa en la Patagonia luego de vender su casa familiar.
Gustavo Liss se convirtió en productor de uvas de mesa en la Patagonia luego de vender su casa familiar. Foto: Florencia Salto.

Mientras trabajaba para terceros, empezó a construir su propio camino. “Vendí una casa que tenía en la ciudad de Cipolletti y compré esta chacra en 1995. Esto estaba totalmente en blanco”, recuerda. Sin infraestructura ni plantaciones previas, el desafío era ponerse a producir en ese campo de cuatro hectáreas netas.

Desde el inicio, su objetivo fue claro: dejar de asesorar para vivir de su propia producción. “Por esa vocación por generar riqueza, mi deseo siempre fue ser productor”, afirma. Así comenzó el desarrollo de la chacra, donde diseñó cada detalle del sistema productivo.


Uva de mesa en el Alto Valle: una apuesta distinta


La decisión clave fue qué producir. En una región dominada por la tradicional fruticultura de peras y manzanas, Liss optó por un camino diferente. “En cuatro hectáreas necesitaba acercarme a una unidad económica. Con peras o manzanas me quedaba corto”, repasa.

Así fue como eligió la uva de mesa, una producción muy intensiva que le permitía maximizar el uso del capital en una superficie limitada. “Podía haber sido fruta fina u horticultura bajo cubierta, pero la uva de mesa era de lo más rentable y lo que mejor se adaptaba a lo que yo buscaba”, señala.

El Alto Valle del río Negro es una región donde predominan las peras y manzanas y donde contrastan las uvas de mesa en parrales de Gustavo Liss. Foto: gentileza Gustavo Liss.

Desde el inicio apostó por este cultivo y nunca cambió el rumbo. “Siempre hice uva de mesa, nunca evalué hacer uva para vino”, afirma. La diferencia no es menor: mientras la vitivinicultura requiere una etapa industrial, su modelo se basa en un circuito completamente integrado.

Yo hago todo: cultivo, curo, cosecho, embalo, acondiciono, guardo, vendo, llevo y cobro”, resume. Esa integración le permitió controlar calidad, costos y comercialización.

Hoy cuenta con 3,5 hectáreas en producción y emplea a unas 13 personas en época de cosecha y empaque. Trabaja principalmente con tres variedades: Cardinal (temprana), Alfonso Lavallée (negra) y Red Globe (roja).

"Yo hago todo: cultivo, curo, cosecho, embalo, acondiciono, guardo, vendo, llevo y cobro", dice Gustavo Liss, al ponderar la decisión de hacer uvas de mesa en su chacra de cuatro hectáreas en la Patagonia. Foto: Florencia Salto.

Su producción se vende mayormente en la Patagonia y, en menor medida, llega a Buenos Aires cuando el mercado se vacía. También realizó experiencias de exportación a Brasil y Europa. “He vivido bien con la uva de mesa”, asegura.

En paralelo, exploró otras alternativas como kiwi y alcauciles, más por inquietud técnica que por necesidad. Actualmente también produce césped y olivos, aunque el eje sigue siendo el mismo desde hace más de 30 años.


Las claves de 25.000 kilos por hectárea de uvas de mesa de calidad


El esquema técnico de Liss explica buena parte de sus resultados. Sus rendimientos, de alrededor de 25.000 kilos embalados por hectárea, se ubican en niveles competitivos incluso frente a regiones tradicionales como Cuyo. “No tenemos nada que envidiarle”, sostiene.

Una de las decisiones más importantes fue incorporar riego por goteo desde el inicio, en 1995, cuando aún no estaba masificado. “El mayor beneficio del goteo se da cuanto más temprano lo adoptás. Si lográs adelantar un año la producción, ese valor paga toda la inversión”, explica.

El sistema de parral español es el elegido por Gustavo Liss para producir uvas de mesa. No es antojadizo: es clave para mejorar rindes y calidad. Foto: Florencia Salto.

El sistema se alimenta de un reservorio de unos 800.000 litros, y se complementa con riego por aspersión subarbóreo para la defensa contra heladas. Además, implementa fertirriego desde el comienzo del ciclo productivo.

Otro punto clave fue la cobertura total con malla antigranizo, instalada hace unos doce años. Curiosamente, no la pensó inicialmente como protección contra tormentas, sino contra el sol. “La Red Globe se me quemaba directamente en pleno verano”, recuerda.

La malla no solo evitó pérdidas por insolación, sino que transformó el microclima del monte. “Cambió la calidad de la hoja, el tamaño, y también la fruta. Hay menos viento, menos raspado, es otro ecosistema”, describe.

El 100% de los parrales de Gustavo Liss están cubiertos por mallas antigranizo. La protección contra el granizo es "de yapa": el objetivo de su instalación era reducir los daños por insolación en las uvas de mesa. Foto: Florencia Salto.

En términos comerciales, su producción aprovecha una ventaja temporal frente a Cuyo: entra más tarde al mercado y también sale más tarde. “Nosotros apostamos a la tardicia. Arranco a fines de enero y tengo uva hasta junio”, señala. Esa mayor duración se traduce en mejor conservación post-cosecha y oportunidades de precio.

El sistema de conducción en parral español también es determinante. Permite maximizar el aprovechamiento de la radiación y lograr racimos con mejor presencia, un factor clave en uva de mesa. “Vendemos fruta que tiene que ser atractiva, competir con cualquier otra fruta en la góndola”, explica y lo destaca como una diferencia clave de la uva para vinificar.

Agua en reservorio para abastacer tanto el riego por goteo como el riego por aspersión subarbóreo para defensa de heladas. Foto: Florencia Salto.

Finalmente, Liss tiene una mirada clara sobre el potencial del cultivo en la región. “Biológicamente se da perfecto. Es un cultivo recontra adaptado”, afirma. Sin embargo, advierte que la principal limitante es la mano de obra: “Es muy intensivo y no hay experiencias de mecanización en cosecha en el mundo”.

Aun así, se muestra optimista: “Tiene futuro, sobre todo a mayor escala, integrando exportación y mercado interno”. Y concluye con una síntesis de su recorrido: “Aposté por la uva de mesa hace 30 años y acá sigo. Le puse mi vida”.


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