Azul, hija de una neonatóloga, eligió la Medicina y volvió a formarse en el hospital de Bariloche donde creció

En el Día del Residente Médico, esta barilochense de 29 años advierte que “la residencia es cansadora, pero es la forma de sentirse segura y darle lo mejor al paciente”.

Por Lorena Roncarolo

Azul Cosia es hija de una neonatóloga del hospital de Bariloche y ahora residente de salud. Foto: Chino Leiva

Azul transitó su infancia en los pasillos del hospital Ramón Carrillo de Bariloche. Más de una vez, pasó allí las fiestas de fin de año donde su madre es neonatóloga. A mitad del secundario, recuerda, siempre le pedía presenciar alguna cirugía. Así fue como Fabiana Tenreyro comenzó a percibir el camino que tomaría su hija y no se equivocó.

Azul Cosio se inscribió en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y después de ocho años, se graduó como médica. Hoy, con 29 años, transita el tercer año de la residencia en Cirugía en el mismo hospital que la vio crecer.

“Soy barilochense y me crié acá adentro. Venía mucho al hospital, compartía con las hijas de otros profesionales y viví muchos pases de sala. Siempre me sentí muy cómoda”, recuerda Azul. “Siempre -reconoce- valoré la entrega de mi mamá y sus amigas colegas: quizás se juntaban un viernes a la noche y solo hablaban de sus pacientes. Puro amor y vocación”.

La joven decidió seguir el camino de su madre; su padre, en cambio, es futbolista. Cuando terminó la carrera en Buenos Aires, decidió regresar a Bariloche para estar más cerca de su familia. “Quise hacer la residencia en este hospital que tiene un alto valor emocional”, advierte la muchacha que transita el tercer -y último- año de la residencia.

Azul Cosia, médica residente del hospital de Bariloche. Foto: Chino Leiva

En un primer momento, optó por la residencia en clínica médica, pero desistió después de seis meses. Y entonces, se definió por cirugía: “Es más sacrificada que otras especialidades, pero siempre me gustó. Anatomía fue mi primer materia y mi preferida. El cirujano es el anatomista por excelencia”.

El sistema de residencia, destaca, avanza paso a paso. En un primer momento, los residentes simplemente observan las intervenciones; luego, ayudan y finalmente, participan de una manera más activa en el quirófano. “Es un proceso lento en el que te vas sintiendo desafiado, pero siempre cómodo. La participación es paulatina”, valora.

Cuando se le consulta qué le atrae de la cirugía, explica: “Podemos resolver situaciones de los pacientes en lo inmediato. Ves su evolución, las mejoras. A los tres días ya están caminando y es super gratificante. Acá en Bariloche los cirujanos hacen todo, pero todo depende del lugar. Aún no tengo decidido si haré una subespecialización”.

Muchas veces, Azul se replanteó la carrera y la especialidad. “Es todo un día a día desde lo teórico, lo práctico y lo humano. Muchas veces, nos agarra cansados, agotados”, acota. Reconoce que “es difícil escuchar al paciente que está con dolencias, en situaciones super vulnerables o con un contexto social o familiar para tener en cuenta. Pero vale la pena sostener. Y siempre el balance es positivo”.

En un comienzo, Azul dudó en hacer la residencia ya que cuando se graduó, en seguida comenzó a trabajar en una guardia. “Sin embargo, me di cuenta que no estaba preparada, que no tenía conocimientos suficientes para trabajar como médica. La especialización es necesaria por la cantidad de horas que uno está acá adentro”, señala.

Describió a la residencia como “extremadamente cansadora y se cobra la mitad -o menos- de lo que ganarías como médico”, pero “es una forma de sentirse segura y darle lo mejor al paciente. La especialidad es crucial”.

En primer y segundo año, los residentes trabajan de lunes a sábado, unas 100 horas semanales, con ocho guardias mensuales. En tercer y cuarto año, ya no concurren los sábados y las horas bajan a unas 80, por semana. “Hay más responsabilidades, pero no más tareas”, dice.

Azul califica la residencia como “una etapa de aprendizaje constante y exponencial. Lo que aprendés día a día no se compara con trabajar en una guardia. Se requiere un proceso formativo”. En estos años, considera que las situaciones más desafiantes son aquellas en que “se siente atada de manos para ayudar a un paciente ante una enfermedad terminal o un dolor crónico”. Por otro lado, todo lo que concierne a pacientes pediátricos “también conlleva una alta carga emocional”. «O pacientes de 17 años con enfermedades muy complejas».

Me gusta compartir estos sentimientos con mi mamá. A veces, llego agotada con mucha carga emocional, le charlo y ella me escucha, me entiende”, dice esta joven que sueña con desempeñarse en el hospital de Bariloche a futuro, cerca de su familia, y poder encontrar un equilibrio entre lo profesional y lo personal.


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