Del quirófano al tatami: la historia del cirujano de Roca que encontró en el judo una forma de vida
Ariel Yoiris tiene 51 años, es cirujano y practica judo desde los siete. Discípulo y luego profesor del dojo del Club Del Progreso, integró la selección argentina y acompañó a Paula Pareto en su camino mundialista. Hoy enseña a nuevas generaciones una filosofía que une deporte, medicina y formación: aprender, enseñar y ser buenas personas.
En la primera mitad del día, Ariel Yoiris viste de blanco. Es el color del quirófano, de la guardia, de una profesión que ejerce desde hace dos décadas y que eligió como una de las grandes pasiones de su vida. Cuando cae la tarde, cambia de vestimenta pero no de color. La chaqueta inmaculada de cirujano deja paso al judogi, ese uniforme (también) blanco, grueso y resistente, diseñado para soportar tirones, agarres y años de entrenamiento.
Yoiris tiene 51 años, practica judo desde los siete y lo hace en el mismo lugar que de alguna manera, ayudó a moldear buena parte de su historia. Ese lugar es el dojo del Club Del Progreso, una escuela con más de cuatro décadas de existencia y una tradición que sobrevivió a mudanzas, interrupciones y hasta al incendio del viejo club.
Su vínculo con ese espacio se remonta a la infancia. Llegó junto con su hermano y un grupo de amigos, después de haber probado otros deportes. El básquet y las disciplinas de equipo no habían terminado de convencerlo. El judo fue diferente. “Es un deporte que se hace sí o sí en equipo, pero la práctica es individual”, explica. Allí encontró una paradoja que todavía hoy sostiene su manera de entender la disciplina, donde cada judoca compite consigo mismo y con su adversario, pero necesita del otro para aprender y mejorar.

Después vino La Plata. Entre los 17 y los 25 años, mientras estudiaba medicina, atravesó su etapa de mayor intensidad deportiva en Estudiantes de La Plata. Fueron años de entrenamiento, competencia y formación, justo en una etapa de la vida donde el cuerpo y la cabeza están en plenitud.
“Es la época donde uno está física y mentalmente más activo. Entrás en el desarrollo pleno y más si estás en Estudiantes, que es un club que tiene muchísima calidad competitiva y mucha historia”, asegura Ariel a diario Río Negro, mientras sus alumnos entran en calor sobre el tatami antes de comenzar con la práctica.
En 2005, con la carrera de medicina terminada, regresó a Roca y volvió a encontrarse con su maestro, Ricardo Sandoval. El dojo había perdido algo de continuidad y había que reconstruir el espacio. No fue una refundación de un día para otro, más bien fue una tarea paciente hecha con compromiso y perseverancia.
Yoiris comenzó como coprofesor de Sandoval y con los años se fue consolidando como uno de los referentes cotidianos de la escuela. El fundador continúa siendo el maestro del dojo, aunque sus responsabilidades en la Federación de Judo de Río Negro hacen que su presencia sea hoy más esporádica.
Alrededor de ellos creció una nueva generación de profesores: Facundo Sandoval, Fernando Báez, Santiago Dávalos, Agustín Bernatene y Santiago Lucero. “Es el último profesor, se graduó el año pasado de primer Dan y empezó con nosotros en esta última época que te digo de 2006-2007. Es un orgullo porque es el que está agarrando la posta de esto. Algunos fueron alumnos desde chicos, ahora enseñan…”, dice Yoiris. Y quizás allí esté una de las claves de su relación con el judo: no se trata solamente de practicar una disciplina, sino de transmitirla.
Dos mundos que se necesitan
¿Se puede pasar del quirófano al tatami sin cambiar de cabeza? Para Yoiris, no solamente se puede: ambas partes de su vida se alimentan mutuamente. “No es que de cero a cien en dos segundos. Es de cero a cien en ocho o diez años”, explica cuando recuerda cómo fue convirtiéndose, casi al mismo tiempo, en cirujano y sensei, una palabra japonesa que representa al profesor o maestro, y significa literalmente 'el que nació antes' o 'el que ha recorrido el camino antes'.
No es solo quien sabe las técnicas, sino la guía moral y de vida para los alumnos en el tatami. Las dos identidades fueron creciendo lentamente, hasta dejar de ser compartimentos separados. “Cuando una de esas partes mejora, también lo hace la otra parte. Y cuando una flaquea, las dos sienten el impacto”, dice Yoiris.
La lógica también aparece en su trabajo médico. Durante su formación como cirujano fue asumiendo la tarea de enseñar a residentes y formar nuevos profesionales. En el dojo hace algo parecido: acompaña, corrige, exige, transmite conocimientos y, sobre todo, intenta formar buenas personas. La enseñanza termina siendo el puente entre ambos mundos. En el quirófano y en el tatami hay concentración, responsabilidad y confianza. Hay alguien que aprende y también que guía pero sobre todo, hay una idea que Ariel parece llevar de un ámbito al otro: la formación no consiste únicamente en transmitir una técnica.
El dojo reúne actualmente a unos 35 o 40 adultos, de los cuales alrededor de 25 o 30 participan habitualmente de las prácticas, además de unos 20 chicos menores de 11 años. Algunos comenzaron a los cinco años y hoy, con 13 o 14, ya acumulan ocho o nueve años de judo. Entre ellos está Lucía, una de las dos hijas que tiene Ariel.
“Es uno de los motores para seguir comprometiéndome”, reconoce. En esa relación aparece otra dimensión del judo. “Siendo un arte marcial, no hay una relación marcial, militar, verticalista…”, afirma Yoiris. “Hay una relación de respeto creado y ganado. Eso es lo que ven, en el caso creo de mi hija en mí como profesor, y el reconocimiento de los que están empezando hacia los profesores. El respeto se construye, es algo muy puro”.
Así, los chicos empiezan a observar a los que llevan más tiempo y los que se acercan al cinturón negro, comienzan a imaginarse enseñando. Poco a poco, el alumno empieza a convertirse en futuro profesor. La cadena vuelve a empezar…
El judo fue creado por Jigoro Kano en 1882 que por sobre todo objetivo, la idea fue contribuir a formar mejores ciudadanos. Esa premisa permanece en el dojo de Del Progreso. Por eso, para Yoiris, ganar una competencia nunca puede ser el único indicador de éxito. “Se puede ser campeón pero si fuera del dojo, en la escuela o en el trabajo, sos mala persona, no tenés cabida. Ahora, es muy raro que un muy buen judoca, afuera del dojo, sea mal ciudadano, mala persona…”
El cambio en los chicos, cuenta Ariel, muchas veces es notable. Aquellos que llegan inquietos, con dificultades o problemas para respetar reglas, a través de este deporte su comportamiento cambia completamente. “Es que el judo propone una disciplina que no necesita gritos para imponerse. Enseña a esperar, a caer y volver a levantarse, donde el rival no es un enemigo. No tiene necesariamente la espectacularidad de otras artes marciales. Su recompensa es más lenta, pero justamente allí está su profundidad”.
De Roca a la selección
El camino de Yoiris también terminó cruzándose con una de las figuras más importantes de la historia reciente del deporte argentino: Paula Pareto. En 2007, después de terminar medicina y regresar a Roca, recibió un llamado de Fernando Yuma, quien había sido su entrenador en Estudiantes de La Plata y por entonces era coordinador general de la selección argentina. Lo convocó como colaborador técnico del equipo nacional.
En aquel grupo estaba Pareto, por entonces entrenando en Estudiantes. La relación se fue construyendo en ese contexto. Yoiris terminó formando parte del cuerpo técnico nacional y más adelante fue entrenador de la selección junior femenina argentina, donde coincidió nuevamente con Pareto.
Uno de los momentos que recuerda con mayor orgullo llegó en 2015, en el Mundial de Kazajistán. Allí estuvo como médico de la selección cuando Pareto se consagró campeona del mundo. Años después, aquella judoca alcanzaría todavía mayores alturas siendo campeona olímpica para convertirse en una de las grandes referentes del deporte argentino.
¿Ayudó la aparición de Pareto a la difusión de la disciplina? “Totalmente, fue un gran fenómeno de masividad para el judo lo de Paula. Los dojos se plagaron de judocas y eso perseveró en el tiempo”, afirma Yoiris, que no se pregunta cuándo dejará de entrenar o enseñar. Lo mismo que en su su rol de cirujano cuando le preguntamos cuándo piensa colgar el bisturí.
“El judo, al igual que la medicina, no te deja. No te abandona…”. Quizás por eso, cuando termina la jornada, el cirujano deja atrás el quirófano y el sensei vuelve al dojo. Entre ambos mundos hay apenas un cambio de ropa y la misma formación: aprender, enseñar, seguir, y sobre todo “ser buenas personas”.
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