El herrero de Bariloche que estimula a jóvenes de barrios vulnerables para convertir chatarra en arte

David Varano conformó "Herreros de la Luz" en 2014. Luego de una década de trabajo artístico y social, plasmó cientos de anécdotas e historias en un libro.

Por Lorena Roncarolo

David Varano llevó a papel muchas de las historias de estos 10 años del taller. Foto: Alfredo Leiva

Una tarde, David recorrió el barrio 270 Viviendas sin saber bien qué buscaba. En un momento, miró para un lado y observó un galpón que había funcionado como obrador y estaba abandonado. Hacia el otro extremo, cinco chicos fumaban porro, tomaban cerveza y consumían algo más. David permaneció en el medio pensando cómo enlazar esos dos mundos, cómo dar sentido a un espacio vacío que permitiera, quizás, albergar a tantos chicos sin contención.

Partió de una pregunta: «¿Qué harías si supieras que una chispa puede encender una vida entera?». Así, sin imaginarlo, nacía «Herreros de la Luz», taller que acaba de cumplir 10 años y que dio lugar a un libro colmado de historias y anécdotas.

«El libro nació después de la primera década de este proyecto, de este taller que es un espacio de arte y contención en el que convoco a chicos de barrios vulnerables para que aprendan a soldar y a hacer esculturas con los desechos metálicos», sintetiza David Varano que pone el foco en la palabra «desecho» como la esencia de la iniciativa: «Estos chicos, muchas veces, se sienten el desecho de la sociedad. Por eso, propuse transformar esos hierros descartados en algo tan bello como esculturas y de paso, intentar transformar la vida de estos chicos«.

«Herreros de la Luz», el libro de David Varano. Foto: Alfredo Leiva

A lo largo de toda su vida, David siempre participó de alguna forma en la asistencia social. «Soy del Conurbano y tuve una infancia rodeada de amor y amistad, pero nunca me fue ajeno el dolor ajeno. Me acuerdo cuando mi padre me llevaba al jardín de infantes junto a mis hermanos, por la Ruta 8, me impresionaba ver chicos revolviendo por basura para comer. Siempre me hizo ruido», señala.

Cuando terminó la secundaria, su familia se radicó en Bariloche. Empezó a trabajar en diseño gráfico y fue uno de los primeros diseñadores web en la ciudad, allá por los 90. Nunca dejó de recorrer los barrios y de involucrarse con cuestiones sociales.

David Varano llevó a papel muchas de las historias de estos 10 años del taller. Foto: Alfredo Leiva

«En 2014, después de más de 20 años de estar abocado al diseño, me pasó algo. Fui a un café con amigos donde hablamos del sistema educativo, de la política. Como siempre. Pero de pronto, me quedé callado pensando que quería volver a esa mesa, no para hablar de lo que me gustaría hacer sino para contar algo concreto para que las cosas cambien. Fue una decisión profunda con mucha convicción«, advierte.

Cuando decidió ofrecer un espacio para jóvenes, David no lo dudó. Él había tenido una formación técnica industrial, es diseñador, músico, e incluso sabe de carpintería. Pero supo que la clave era la enseñanza de la soldadura. ¿Por qué? «En este mundo tan fragmentado, el soldar tiene que ver con unir«, se propuso.

El taller comenzó en 2014 en el barrio 270 Viviendas. Foto: gentileza

Puso entonces en condiciones ese lugar que había encontrado y que estaba deshabitado y salió a convocar a chicos para sumarse a un taller. «Lo más importante es que empezaron a tener voz, empezaron a hablar. Juntamos basura -que no lo es- y a través del arte, las transforman en esculturas. Además, hablamos de valores«, comenta.

A lo largo de estos 10 años, 1.600 chicos han pasado por el taller atraídos por la herrería artística y la escultura, pero también por la escucha y contención. La propuesta se fue dando a conocer de boca en boca. En estos años, David decidió no armar ni una fundación ni una organización.

«La idea fue armar algo integral. No quería que solo vinieran a aprender un oficio y volvieran a su realidad sin que nada cambie. Por eso, demandó mucho tiempo de acompañamiento aún después del horario del taller, formando vínculos reales», expresa.

El taller comenzó en 2014 en el barrio 270 Viviendas. Foto: gentileza

Con el paso de los años, muchos chicos hicieron de la herrería su forma de vida, otros simplemente decidieron quedarse con las esculturas que lograban. También se hizo un acuerdo con la Asociación de Hoteles y Turismo de Bariloche para exhibir las esculturas en los hoteles.

«Muchos abrazaron el oficio de la herrería como una forma de vida; otros usaron este impulso del taller para cumplir sus sueños. Cada vez que llega un chico nuevo, le pido que ponga sus datos en una hoja. Les digo que pongan su nombre, me preguntan si ponen su documento y les digo que no, que escriban sus sueños. A veces, no entienden. A veces, no los tienen porque vienen de una realidad complicada. Hoy tengo más de 1.600 hojas con sueños«, señala.

David hace hincapié en que la pobreza más grande es la económica aunque considera que «la más fuerte es la espiritual». «¿Cómo se saca? Desaparece con abrazos, con escucha, estando», plantea.

Algunas de las obras que han nacido del taller. Foto: gentileza

La propuesta se replicó en otros barrios

En los últimos años, exalumnos del taller generaron nuevos talleres en los garages de sus casas y hoy se suman cuatro espacios de trabajo en los barrios San Francisco IV, Vivero, El Frutillar y Nahuel Hué. «Replican lo que hice yo. Esa basura que pisaron toda la vida en su barrio la transforman en esculturas que los enaltece y los hace ser artistas. Y además, hoy día generan ingresos a su economía familiar», dice.

Un año y medio atrás, sintió la necesidad de volcar al papel muchas de las historias en el taller. «No hay una gota de ficción», insiste. De esta forma, en sus ratos libres dio forma al libro que hoy presenta con 138 páginas. «Este libro no es una promesa. Es una prueba. Una prueba de que el amor puede transformar lo que parecía irrecuperable. Que todos llevamos dentro una luz esperando ser encendida», se lee en la contratapa del libro.

David Varano lleva adelante los talleres desde 2014. Foto: gentileza

Un espacio que también se construyó con ausencias

«El banco de los que ya no están» es uno de los tantos capítulos del libro. David recuerda el día que motivó ese fragmento. Fue un día como cualquier otro, pero los chicos estaban callados. No se miraban entre sí y el ambiente del taller no dejaba de ser extraño. Lo que sucedía es que faltaban muchos chicos. Uno había sufrido un accidente, otros habían desertado, incluso uno de los jóvenes, comenta David, «por cuestiones de consumo había dejado de estar en este plano«.

«Ese día -recuerda-, decidí cortar el trabajo porque entendí lo que pasaba. Agarré un viejo banco de hierro, lo arrastré al medio del taller y los chicos se ubicaron alrededor. Les dije que ese banco honraría a quienes ya no estaban, les pedí que grabaran los nombres de los chicos que extrañaban en ese banco para que siempre estuvieran con nosotros«. Porque ese lugar «también se construía con ausencias».

Así los jóvenes empezaron a soldar y «el banco quedó caliente, pero no por la soldadura sino por el calor. Fue emotivo. Hubo lágrimas porque los chicos entendieron que esa gente siempre iba a ser parte».


Comentarios

Estimados/as lectores de Río Negro estamos trabajando en un módulo de comentarios propio. En breve estará habilitada la opción de comentar en notas nuevamente. Mientras tanto, te dejamos espacio para que puedas hacernos llegar tu comentario.


Gracias y disculpas por las molestias.



Comentar
Exit mobile version