«¡Gracias Brian!»: 20 argentinos coparon un bar en un pueblo de Dinamarca para ver el Mundial

Oriunda de Neuquén, Eugenia Raigada, encontró a "20 locos" que se reúnen a ver cada partido de la Selección Argentina en un "bar de mala muerte". Aunque surgió por el azar, se convirtió en una cábala que repetirán este domingo para la gran final.

Por Elena Egea

Un grupo de argentina copó un bar de Dinamarca y se transformó en cábala. (Gentileza).

Un grupo de argentina copó un bar de Dinamarca y se transformó en cábala. (Gentileza).

Los argentinos que emigran extrañan su casa un poco más de lo normal durante las fiestas de fin de año y, por su puesto, en cada Mundial. Entre la melancolía, surge el afecto espontaneo de identificarse con otros que «están en la misma». Así fue que Eugenia Raigada, oriunda de Neuquén, encontró un nuevo grupo de amigos en un pueblo de Dinamarca, 20 «locos» que cayeron a un «bar de mala muerte» que se volvió cábala en cada encuentro. «Gracias Brian. ¡Y vamos Argentina!», enfatizó antes de cortar la llamada con Diario RÍO NEGRO.

Todo comenzó con un encuentro fallido en un parque de Kolding. El novio de la amiga de Eugenia propuso verlo allí a través de un proyector. De repente, eran un montón alentando y gritando los goles. Sin embargo, solo pudieron ver el primer tiempo: el parque cerró y tuvieron que buscar un lugar de ultimo minuto para ver el final del partido de Argentina contra Argelia.

Entre las posibles opciones, surgió el bar de Brian. «Le dijimos: ‘¿te podemos caer?’. Y caímos como 20 personas y le llenamos el lugar. Estábamos todos re argentinamente locos y el dueño nos amó», recordó Eugenia. Ese primer encuentro fortuito se convirtió una cábala inamovible para el resto del Mundial.

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El grupo y la locura argentina se volvió furor. «Nos han llegado a decir en otros locales: ‘vengan a ver el partido acá y les damos birra gratis’, pero no nos movemos. Ya es sagrado», aseguró Eugenia Raigada, una arquitecta neuquina de 28 años.

Llegó a tierras escandinavas hace dos años. Lo que empezó como una búsqueda en LinkedIn terminó en una propuesta para trabajar como Project Manager en una empresa que construye yates y catamaranes de lujo. «Siempre trabajé en inglés, pero ahora estoy aprendiendo danés. Es difícil, aunque por suerte mis clientes son de todo el mundo», señaló.

Al principio, la soledad del expatriado y el invierno crudo, donde todos «invernan» y las horas de luz escasean, le pesaron un poco. Sin embargo, cuando llegó el verano danés le pareció «uno de los mejores países del mundo».

Eugenia vive en Haderslev, a unos 20 minutos de Kolding, rodeada de campos que le recuerdan a la provincia de Buenos Aires. La comunidad argentina en esa zona es pequeña, ya que la mayoría elige Copenhague o Aarhus. Este Mundial se percató de que habían muchos argentinos viviendo allí y, a través del fútbol, se convirtieron en sus amigos.

Locura argentina en Dinamarca. (Gentileza).

El bar de Brian, el refugio que los recibió aquella noche fortuita, se transformó en el búnker oficial de cada partido de la Selección Argentina. El dueño se volvió una parte fundamental del grupo. «Brian se pone siempre la misma remera de Argentina. El otro día, después de un partido que terminó a las 6 de la mañana, nos seguía abriendo el bar. Tuvo que hablar con la policía, tuvo mil quilombos, pero no le importa. Es parte de esto», relató Eugenia.

El mejor amigo de Brian también se sumó a la banda. Una parte de él se siente patagónica después de haber vivido un intercambio en Roca en 1997: hasta se hizo un tatuaje de Neuquén. Se prende en cada canto y se desgarra la garganta alentando por Argentina.

Esa mística atrae incluso a los locales y turistas que se acercan al bar solo para observar a esos 20 locos que saltan y gritan. «A unos ingleses que estaban el otro día les dijimos: ‘si se quedan en silencio, todo bien, si no hay un bar inglés a la vuelta'», recordó.

La final también la vivirán en el bar de Brian. (Gentileza).

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Las cábalas en el grupo se respetan con rigor militar. El domingo pasado, un integrante del grupo llegó con una remera de River en lugar de la de la Selección y lo mandaron a su casa a cambiarse. A Eugenia también le toca sacrificarse. «Cuando no miro, hacen goles. Así que ya no me dejan mirar mucho el partido, me mandan al fondo», acotó.

A pesar de los miles de kilómetros de distancia y de la nostalgia que aprieta al ver los videos del Monumento al Centro de Neuquén desbordado, el grupo logró trasladar un pedacito de argentina a Dinamarca. La oficina donde trabaja Eugenia ya está empapelada con banderas y muñequitos de Messi, y su jefe, contagiado por la euforia, ya sabe que el lunes siguiente a la final es probable que no asista ningún argentino.

Para la gran final, habrá un asado argentino, como se debe, para agasajar al dueño del bar que en este Mundial los hizo sentir como en casa. Brian les cedió una calle lateral para montar la parrilla. «Nosotros hacemos lo que se puede con lo que se tiene. Extrañás, obvio, pero la idea es no estar solo. Por eso nos hicimos nuestra familia chiquita improvisada», recalcó Eugenia.

Eugenia junto al resto del equipo. (Gentileza).

Los argentinos que emigran extrañan su casa un poco más de lo normal durante las fiestas de fin de año y, por su puesto, en cada Mundial. Entre la melancolía, surge el afecto espontaneo de identificarse con otros que "están en la misma". Así fue que Eugenia Raigada, oriunda de Neuquén, encontró un nuevo grupo de amigos en un pueblo de Dinamarca, 20 "locos" que cayeron a un "bar de mala muerte" que se volvió cábala en cada encuentro. "Gracias Brian. ¡Y vamos Argentina!", enfatizó antes de cortar la llamada con Diario RÍO NEGRO.

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