Mujeres a la roca: hermanas, hijas, madres y amigas escalan unidas por la fría Patagonia
En la inmensidad patagónica, un grupo de mujeres transforma la escalada en una experiencia colectiva que fortalece vínculos, promueve la inclusión y construye una relación profunda con la naturaleza.
En el Cañadón Caracoles, en Santa Cruz, las paredes de tonos naranjas, amarillos y rosados cambian con la luz del día y acompañan cada ascenso. Entre guanacos, choiques y el silencio profundo de la estepa, la escalada se vuelve una excusa para conectar.
“Mujeres a la Roca” nació casi de casualidad. De encuentros entre madres, hijas, amigas, de compartir una cuerda, una pared, un momento. Con el tiempo, esa experiencia íntima creció hasta convertirse en un proyecto que hoy convoca a cada vez más mujeres que buscan algo más que hacer deporte: pertenecer.
Luisina María Monente tiene 37 años y nació en Entre Ríos, pero creció en Chubut. Es maestra rural, mamá de una adolescente de 19 años y mentora de escalada al Cañadón Caracoles del Parque Patagonia en Santa Cruz. Actualmente vive en Perito Moreno.

“Mujeres a la Roca surge de escalar con amigas, hermanas, hijas, madres y compañeras”, cuenta. En la montaña, ellas se unen para compartir la vida y más: el hogar. “Las piedras son mesas y sillas, las cuevas son refugios, los árboles te cuidan del sol, ofreciendo sombra. Es el lugar donde los niños juegan con otros”, asegura la referente del grupo.
En ese paisaje infinito y bien patagónico, Luisina lidera al grupo de mujeres que encontró en la roca mucho más que un desafío físico: un espacio propio. Para ellas no se trata solo de ascender.
La iniciativa se volvió más que solo compartir una actividad deportiva en el momento en el que las mujeres construyeron una “red de contención” y un espacio de escucha. En ese hábitat patagónico, donde reina el silencio, todas se sienten seguras.
El espacio -dirigido por una mujer- fue mutando, cambiando de lugares y personas. “Después de 5 años, es una manera de vida, de compartir la escalada, de generar aprendizaje en el deporte y va conmigo donde quiera que esté”, plantea Luisina a Diario RÍO NEGRO.
Para ellas es revelador sumar mujeres en un deporte en el que predominan los varones. “Culturalmente, las mujeres tenemos nuestra historia en la sociedad, y el deporte no deja de ser la excepción donde se construyen nuevos paradigmas y apertura de más espacios generando el autocuidado y redes de contención”, asegura la líder.
Desde sus inicios, el grupo se propuso construir algo diferente: un espacio seguro, donde la autoestima, la sensibilidad y la cooperación sean tan importantes como la técnica. Un lugar donde animarse no dependa de la experiencia previa, sino de las ganas.
“Creo que todos podemos escalar”, aseguran. En esa idea hay una puerta abierta: la invitación a probar, a equivocarse, a aprender y a descubrir el propio cuerpo en diálogo con la roca.
“La naturaleza sana, si estás dispuesto a escucharla, a sentirla, a verla y a cuidarla”.
En un deporte históricamente dominado por hombres, la propuesta suma una mirada distinta. No desde la confrontación, sino desde la construcción de nuevas formas de habitarlo. Más colectivas, más empáticas, más conscientes.
Esa conciencia también se extiende al entorno. Para Mujeres a la roca, el paisaje no es solo escenario: es parte fundamental de la experiencia. Por eso impulsan prácticas de cuidado como el “dejar rastro cero” y participan activamente en acciones de restauración ambiental, como la plantación de juncos en sectores de escalada. El único compromiso es disfrutar, pero también preservar. Habitar, pero con respeto.
El frío invierno no las detiene
Con la llegada del invierno, cuando el frío endurece la estepa, el proyecto no se detiene. Se traslada a Perito Moreno, donde las actividades continúan y el vínculo se sostiene. Porque si algo define a este grupo es la constancia del encuentro.
Así, lo que comenzó como un puñado de mujeres escalando juntas hoy es mucho más. Es una red que crece, un refugio, una forma de estar en el mundo. Un movimiento que demuestra que, a veces, el verdadero ascenso no está en la altura que se alcanza, sino en los lazos que se construyen en el camino.
Comentarios