Ni ladra ni escarba: así trabaja Humboldt, el perro que detecta fauna invisible para la ciencia

Mediante marcación pasiva y un olfato infalible, Humboldt, un basset hound, ayuda a biólogos en la Patagonia a rastrear especies amenazadas e invasoras que pasan desapercibidas para el ojo humano. Alex Tersoglio y su hija Kenya Campos Haedo, de Villa La Angostura, lideran este proyecto y comparten su labor en Instagram en la cuenta @humboldt4dconservation.

Por Greta Ocaña

Humboldt en una de sus salidas al campo posando junto a una tortuga terrestre. Foto: gentileza.

Humboldt en una de sus salidas al campo posando junto a una tortuga terrestre. Foto: gentileza.

Cuando trabaja con parásitos, Humboldt lo hace en un aula universitaria, con «el ruido de las clases, los olores del comedor, el batallón de estudiantes», y su tarea, todavía en fase de entrenamiento, consiste en detectar organismos microscópicos en un medio líquido que el ojo humano no alcanza a ver.

Es un basset hound que está entrenado como «perro detector de conservación», es decir adiestrado para encontrar con el olfato rastros de fauna silvestre, como las heces, y avisar a sus guías mediante lo que se conoce como marcación pasiva, una señal con la que el perro muestra dónde está el objetivo y que, según explican, no incluye ladrar ni escarbar, sino sentarse, mirar fijamente o quedarse inmóvil con el hocico cerca de la fuente del olor.

El equipo está formado por Alex Tersoglio y su hija Kenya Campos Haedo, estudiante de Biología de la Universidad Nacional del Comahue (UNCo). Los roles se repartieron según el conocimiento de cada una, ya que Alex tiene «un gran historial como adiestradora y entrenadora», por lo que es la entrenadora y guía del perro, y Kenya, por su conocimiento de biología, es «la asistente de entrenamiento y de campo», comentan en diálogo con RÍO NEGRO.

Humboldt en uno de sus trabajos de campo. Foto: gentileza.

El nacimiento del proyecto y la llegada de Darwin, su primer perro detector


Todo empezó con una pérdida, cuentan. Luego del fallecimiento de la perra que tenían entrenada para búsqueda y rescate, madre e hija decidieron que volverían a entrenar a un perro, pero en otro campo de trabajo.

Por 2019, leyendo un artículo de la revista de Aves Argentinas, conocieron a la doctora Karen DeMatteo, fundadora del Proyecto Zorro Pitoco, y su labor con perros detectores en la selva de Misiones, orientada a desarrollar un corredor verde a través de la detección de heces de cinco carnívoros y de sus presas. Se pusieron en contacto con ella y, cuando a fines de ese año llegó Darwin, su primer basset hound, empezaron a entrenarlo para detección.

La idea surgió apenas leyeron la nota, pero se concretó con Darwin en casa y, poco después, con la pandemia, que según detallan «fue clave». La universidad de Kenya pasó a ser virtual, así que ella estaba en Villa La Angostura y «había tiempo», algo indispensable porque entrenar, explican, lleva «dedicación, tiempo y mucha constancia».

Alex Tersoglio y Kenya Campos Haedo junto a Humboldt. Foto: gentileza.

Así entrenan a los Basset Hound, los «Fórmula 1» del olfato


La elección de la raza tampoco fue casual. «Son el fórmula 1 del olfato, su instinto es olfatear», dicen sobre los basset hound, y agregan que, siendo ellas personas «muy activas, altamente enérgicas», tener un perro algo más tranquilo equilibra al equipo y permite trabajar en el campo «de una manera más pacífica, segura y específica».

Ya habían entrenado a un bloodhound, por lo que sabían qué dificultades podían aparecer. «Parecen testarudos pero cuando se crea un gran vínculo todo es posible», aseguran, y cuentan que las satisfacciones fueron enormes cuando le dieron a Darwin un trabajo específico con su nariz.

El entrenamiento se basa principalmente en la asociación de olores mediante refuerzo positivo, con el juego, una pelota o comida como recompensa, y en este caso el equipo utiliza comida. Se trabaja con las heces de la especie que se quiere localizar y el perro aprende que, al marcarlas con la señal acordada, recibirá un premio.

Con el tiempo, los entrenamientos aumentan en distancia, dificultad, terreno y clima, y son «muchas las variables que se van alternando». La duración total, aclaran, no la fija el equipo. «El tiempo lo establece cada perro según sus aptitudes», afirman.

La marcación pasiva es importante, explican, porque alterar a la fauna puede causarle estrés, ahuyentarla o llevarla a abandonar su sitio. De ahí que el perro no pueda ladrar ni escarbar al encontrar el objetivo.

La historia de los perros detectores: una disciplina con más de un siglo de historia


El uso de perros para estos fines tiene un largo recorrido, que las entrenadoras reconstruyen. Comenzó en la década de 1890 en Nueva Zelanda, donde los perros eran entrenados para localizar aves como el kiwi y el kakapo, y hacia 1920 y 1930 la herramienta ya se usaba en Estados Unidos, Inglaterra y Escandinavia.

Hasta principios de los años 90 el objetivo fue buscar animales vivos, en especial aves, y luego se la empleó también para encontrar heces, pelos y orina y realizar análisis genéticos.

Desde los 2000 se expandió hasta convertirse en una disciplina global, con equipos en numerosos países, «aunque muy pocos en Latinoamérica». Hoy se entrena a los perros, además, para controlar especies invasoras, localizar plagas, plantas invasoras, patógenos y hongos, entre otros usos.

Los dos hallazgos de Darwin que cambiaron los datos científicos


«Darwin marcó un hito para nosotras, fue un antes y después», sintetizan. Además de integrante de la familia fue su compañero de trabajo, «con el que debutamos para demostrar que un perro detector es eficiente y es una excelente herramienta».

Aprendieron de sus capacidades y les permitió «conocer otro mundo», al punto de que los frenó a observar, a entender los procesos naturales y a advertir cuántos organismos se esconden en el paisaje. «Darwin nos cambió la forma de ver la naturaleza», resumen.

Dos momentos les quedaron especialmente grabados. El primero ocurrió en una salida de campo cerca de San Antonio Oeste, en Río Negro, junto a la doctora Erika Kubisch, para detectar tortugas terrestres, una especie en peligro de extinción principalmente por la extracción de ejemplares para el mascotismo.

Era abril, cuando las tortugas entran en brumación, un período similar a la hibernación en el que su actividad metabólica se reduce drásticamente y su presencia «puede pasar inadvertida al ojo humano».

Volvían hacia los vehículos después de una larga jornada, ya relajadas por haber dado por terminado el trabajo, cuando Darwin se internó en un monte cubierto de coirones, un pasto duro típico de la estepa patagónica, y se quedó sentado, esperando. No habían notado que se había separado del grupo y, efectivamente, estaba junto a una tortuga muy escondida.

Para las entrenadoras, aquello mostró que aun cuando los animales reducen su actividad y el olor que liberan disminuye muchísimo, Darwin era capaz de percibirlos y alertarlas cuando ya no le habían dado la orden de seguir trabajando. «No hace falta darle una orden, lo hace automáticamente», explican, y aseguran que lo mismo les sucede con Humboldt.

El segundo momento fue en una salida para detectar heces de visón, una especie invasora e introducida, en una zona donde vive el pato de los torrentes, una especie en peligro de extinción. Guardaparques y biólogos tenían «la idea preconcebida» de que la presencia de visón era baja o casi nula, porque en salidas anteriores no habían encontrado muchos bosteos, como se llama a las pilas de heces.

«Darwin cambió el paradigma», cuentan, ya que en una sola salida encontró más de 80, y la zona establecida como «verde», de bajo riesgo para el pato, pasó a ser de alto riesgo, con planes de acción por ejecutar. Para ellas, la experiencia sirvió para demostrar que «el olfato va más allá de los datos que puede recabar las personas».

La partida de Darwin y la llegada de Humboldt


«Cuando Darwin falleció sentimos que el mundo se nos vino abajo, era despedir familia, un gran colega y uno de los vínculos más especiales que se podría formar persona y perro«, recuerdan. Con su partida, dicen, todo se frenó. «Directamente no seguimos con los trabajos porque sin él no había manera de continuar».

La decisión de seguir llegó en medio de la tristeza y también por la necesidad de las especies que ayudaban a proteger junto a Darwin, y la tomaron con una convicción que explican así. «Habíamos puesto mucho de nuestro tiempo y dedicación a lo largo de su vida como para abandonar todo».

Decidieron entonces continuar con su legado. Humboldt llegó por un conocido que siempre deseaba que tuvieran uno de sus cachorros, lo que les permitió mantener la misma raza y el trabajo que venían realizando.

Kenya junto a Humboldt de cachorro. Foto: gentileza.

El trabajo actual de Humboldt y sus diversos escenarios de trabajo


Hoy, cuentan, Humboldt está entrenado para detectar nueve especies, aunque podrían sumarse más, y las jornadas de campo cambian por completo según cuál sea el objetivo.

Para el visón y el huillín, un mamífero semiacuático, se movilizan hacia lagos y ríos lejanos, donde detectan desde una embarcación o a pie por las costas, «cruzando arroyos, subiendo piedras y toda la complejidad que tiene las costas de los lagos de la Patagonia».

Para los carnívoros y el huemul se desplazan hacia la montaña, donde caminan varias horas por terreno empinado, con vegetación arbustiva y bosque cerrado, y con la presencia de otros animales.

Con las tortugas, la jornada arranca muy temprano por el calor y vuelve a las últimas horas de luz, y transcurre durante horas en el monte, entre plantas espinosas y con el viento constante de la estepa, buscando ejemplares o restos si fueron depredados.

Con los parásitos, en cambio, el escenario es un ambiente cerrado y universitario donde, saben, «habrá imprevistos». En todos los casos, subrayan, el trabajo de Humboldt consiste en «discriminar todo lo externo y concentrarse solamente en lo que está entrenado para marcar», más allá de las condiciones climáticas y de otras especies presentes que no son su objetivo.

La detección de parásitos en un medio líquido, todavía en fase de entrenamiento, es para ellas el desafío más grande hasta ahora. «Requiere trabajar en un espacio sin interrupciones, estéril y silencioso, lo cual cuesta mucho encontrarlo», reconocen, aunque lo intentan con los recursos que tienen. Además, hay escasa información de otros perros detectores que hayan trabajado con algo similar, por lo que consideran la tarea «algo pionero».

En cuanto al mayor impacto, ubican a los proyectos con especies en condición de vulnerabilidad, en peligro de extinción o crípticas, como el huemul y la tortuga terrestre. También cuenta el caso del visón, porque conocer su distribución a partir de sus heces permite cooperar con los planes de manejo para erradicarlo, «disminuyendo la presión de depredación de otras especies amenazadas».

Sin financiamiento y contra el escepticismo: los desafíos del equipo


Para medir cuánto más eficiente es un perro detector que un muestreo tradicional, el equipo hizo pruebas con voluntarios, en las que se disponían heces y se contrastaba el tiempo y la tasa de éxito de una persona con lo que lograba Humboldt. «La diferencia fue muy significativa», afirman, ya que «no solamente se reducía el tiempo de búsqueda sino que también detectaba todas».

Señalan que hay trabajos de otros colegas que comprobaron lo mismo, como los que compararon perros y personas en la búsqueda de cadáveres de murciélagos en parques eólicos, en la detección de koalas, en la vigilancia temprana de la plaga conocida como linterna manchada y en el hallazgo de una maleza invasora, la centaurea.

Ganarse la confianza de la comunidad científica, admiten, no fue sencillo. «Es un ambiente complicado porque hay muchas barreras que romper», dicen, ya que había metodologías tradicionales que no contemplaban el uso de perros y a ellas les tocaba mostrar su efectividad.

«Es un trabajo laborioso convencer que esta herramienta funciona». Hubo grupos «muy entusiasmados», a los que les costaba encontrar las especies o sus indicios y que vieron en el equipo una solución, y otros que «hasta no ir al campo y ver su efectividad, no creían en el uso». El escepticismo, consideran, fue «más por el desconocimiento de la herramienta en el país».

El trabajo, además, se sostiene sin dinero. «Nuestro trabajo es 100% voluntario, no contamos con ningún apoyo económico», dicen, aunque están «siempre abiertas a recibir cualquier aporte de ayuda«. A veces deben recorrer extensas distancias hasta los sitios donde se realizan los trabajos, y el rubro «en lo que más se invierte es en combustible».

El próximo desafío: nidos de carpinteros y la protección de la biodiversidad


Entre los planes, adelantan que en breve iniciarían la fase de entrenamiento para detectar nidos de carpinteros, algo que «nos tiene muy motivadas». Están dispuestas a sumar cualquier especie «mientras el proyecto esté interesado en utilizarlo como una herramienta».

Por ahora, lo que buscan es visibilizar su trabajo, que consideran «sumamente útil para ser aprovechado», y quedan abiertas a cualquier propuesta para «generar un impacto positivo y poder proteger la biodiversidad que hoy se encuentra en riesgo».

Para que haya más equipos como el suyo en la región hacen falta, explican, personas con la capacidad adecuada para entrenar perros detectores, y «en la región somos pocos». Algunos equipos recibieron perros ya entrenados de otros lugares, lo que facilita mucho la tarea, pero en su caso, dicen, «lo hicimos nosotras con muchísimo tiempo y dedicación».


Cuando trabaja con parásitos, Humboldt lo hace en un aula universitaria, con "el ruido de las clases, los olores del comedor, el batallón de estudiantes", y su tarea, todavía en fase de entrenamiento, consiste en detectar organismos microscópicos en un medio líquido que el ojo humano no alcanza a ver.

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