Una emprendedora de Bariloche recupera saberes ancestrales y crea cosmética con plantas patagónicas
Tras años de investigar y trabajar con plantas medicinales y especies del bosque andino, Lucía Molina consolidó su emprendimiento Lupulina. En Bariloche a la Carta presentará una nueva línea de cosmética facial, con un gel de limpieza, tónico, sérum de maqui y crema de rosa mosqueta, elaborados a partir de plantas de cultivo propio.
En un taller en el bosque andino en Circuito Chico, al oeste de Bariloche, con el cerro López de fondo, Lucía cultiva plantas que crecen en medio de la tierra negra, húmeda y fértil. En ese «laboratorio de alquimias» que inauguró hace dos años atrás, esta mujer elabora cosmética natural.
“Lupulina existe para recuperar saberes ancestrales y difundir los beneficios de las plantas medicinales a través de su estudio y aplicación”, detalla la página web del emprendimiento que lleva el nombre del aceite esencial de la flor del lúpulo. Su impulsora agrega que está vinculada a la “cosmética botánica patagónica”.
Lucía Molina vivió gran parte de su infancia en un pueblo de las sierras de Córdoba, en contacto con la naturaleza. Con 5 años, empezó a acompañar a Doña Pabla, una curandera que usaba yuyos de la zona, a recolectar plantas al campo. Esta mujer que, hoy tiene 90 años, le contaba sobre las propiedades, los usos y cuidados de cada una. “Sin saberlo, ella sembró en mí una semillita de curiosidad que fue creciendo con el tiempo. Las vueltas de la vida me llevaron a vivir a Bariloche, donde empecé a investigar y crear con plantas patagónicas hasta conocer la flor del lúpulo que crece en esta zona. Fue un antes y un después”, cuenta Lucía. Al desembarcar en Bariloche, conoció a la médica naturalista Sara Itkin que se convirtió en su referente.

Poco a poco, empezó a elaborar infusiones con yuyos de plantas nativas, tinturas madre de diente de león y llantén, bálsamos, ungüentos tópicos para la piel, con caléndula, pañil, rosa mosqueta o lavanda -para dormir mejor-. No solo para autoconsumo. “Me preguntaban: ‘Lu, me salió una reacción alérgica en la piel, ¿qué puedo usar?´. Salía a buscar opciones para ver qué podía funcionar. Eso me motivaba: el saber que podía ayudar a otros a sanar”, recuerda.
Detectó el hypericum, una hierba con un fuerte poder antidepresivo. “Me lo pedían mucho porque mucha gente sufría desequilibros en invierno con tanta lluvia”, expresa esta mujer de 42 años.
De pronto, consiguió un trabajo en una cervecería en Circuito Chico que tenía un lupular en la entrada. “De la cervecería, me empezaron a pedir cosas de lúpulo, como jabones y shampoo -que es antioxidante y relajante para la piel-. Ahí se me amplió un mundo y pensé que quizás podía venderlos, en tener una marca de varios productos”, indica. En ese momento, sus propios compañeros la llamaban «Lupulina», la denominación de las glándulas donde se encuentra el aceite esencial del lúpulo. «Rimaba con mi nombre ‘Lu Molina´. En el momento, no me gustó mucho pero decidí llamar así a este camino que iniciaba«.
Se formó como terapeuta floral (con flores de Bach), siempre con el foco puesto en los extractos botánicos.
Lucía se armó un botiquín herbal que, según contó, en un viaje, permitió curarle una infección del hígado. “Tomé tintura madre de diente de león y el efecto fue inmediato. Me calmó y evité ir al médico. Juré armar más de esos preparados”, asegura.
Probó también un ungüento de pañil y caléndula para regenerar la piel, que también es antibiótico y calmante para las quemaduras. “Hoy recibo muchos mensajes en los que me cuentan cómo les calmó desde un raspón fuerte hasta una picadura de mosquito. Y avancé en un repelente de insectos con una tintura en la que usé citronela y clavo de olor”, detalla.
Hasta ese momento, la idea de vivir de un emprendimiento propio era lejana y casi imposible hasta que Lucía ofreció el stock que tenía en un local de Colonia Suiza. “Para mi sorpresa, me dijeron que me compraban todo lo que tuviera, todos los jabones de lúpulo, los bálsamos. Me consultaron si podía hacerles bálsamos de rosa mosqueta porque la gente les pedía y no conseguían. Así sumé creaciones de rosa mosqueta”, cuenta.
Las etiquetas de los productos transmiten el bosque y las plantas que usa. Ahora ha incorporado a los animales, como los polinizadores. ¿Cuándo decidió abocarse de lleno al emprendimiento? “Mi hermano se había vuelto a Córdoba y se había olvidado unas gotas de flores de Bach, utilizadas en terapia floral, en mi auto que servían para ‘despejar el camino´. Hasta ese momento, me planteaba que no podía renunciar a la cervecería para dedicarme a lo mío. Cuando descubrí las gotas, empecé a tomarlas. Las flores trabajan de esa manera: cambian energéticamente algunas situaciones. Y fue loco porque empecé a pensar en jugarme sí o sí”, recuerda.
Hoy, Lupulina cuenta con 40 productos en diversos formatos que se adquieren a través de la página web. “El que más éxito tiene es la bruma áurica, una tintura madre en dos variedades. Es un macerado de plantas con aceites esenciales puros con principios de aromaterapia. Uno de ellos huele a cítricos; otra es para limpieza energética con romero, ruda, lavanda y eucalipto que se maceran”, especifica, al tiempo que valora su uso en consultorios, en aulas para dictar clases. “Me contaron que lo usaron para despedir a un perrito para bajar un poco la tensión del ambiente. O gente con tratamiento oncológico que dice que le permitió reconectar”, valora.
Lucía ya lleva seis años participando en el Bariloche a la Carta, el evento gastronómico. En esta edición, tiene previsto presentar “un ritual de cuidado facial”: “Esta nueva línea está hecha con destilados de lavanda fresca. Hacemos un gel de limpieza facial suave, un tónico facial, un serum con maqui y una crema de rosa mosqueta”. La nueva línea cosmética incluye un desodorante natural para “volver a los hábitos saludables” e incluso pastas de dientes.
Elabora “jabones saponificados en frío”, lo que quiere decir que los hace desde cero: “Tienen manteca de karité, aceite de ricino, de almendra, de olivo, de coco, ingredientes super nobles y, les agrego plantas trituradas, como ciprés, maqui, lúpulo”. “Son todos productos de uso diario. Esta línea nueva es para volver a la gente de Bariloche con sus rituales de cuidados. La mayoría de las plantas son de cosecha propia. La mayoría son del bosque andino y muchas las cultivo en casa como la caléndula y la lavanda”, admitió.
Definió como «militancia» la posibilidad de vivir de algo relacionado con la naturaleza, el tener autonomía e incluso, generar puestos de trabajo: “Vengo de una empresa grande y no está bueno estar siempre ansioso, corriendo detrás del tiempo, siento que nada es suficiente. Esto es cuidado del propio cuerpo y de la naturaleza”, concluyó.
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