Hotel Nevada: con 70 años de historia, se reinventa sin perder su identidad

En una ciudad atravesada por la nieve y el turismo, el Hotel Nevada abrió el lunes y volvió a escena con una historia familiar intacta y una decisión: no quedarse congelado en el tiempo.

Por Lorena Vincenty

El Hotel Nevada volvió a abrir sus puertas con la misma fachada de siempre y un interior completamente renovado, como si el tiempo hubiera decidido girar apenas se cruza el umbral. Fotos: Alfredo Leiva.

Hay nombres que parecen escritos con destino, y el Hotel Nevada, en Bariloche, es parte de una ciudad de nieve desde hace 70 años. Afuera, su fachada lleva a muchos turistas a recuerdos de viajes pasados, y para los locales es una postal del centro. Adentro, algo parecido a una nevada acaba de ocurrir: una capa nueva, profunda, que cubre todo lo que había sin borrarlo del todo. Porque el edificio sigue siendo el mismo, pero al pasar la puerta principal el tiempo se dio vuelta. Y eso, en un destino donde todo cambia para atraer, no es un detalle: es una decisión.

“Dejamos la carcasa, la fachada quedó igual, pero por dentro se hizo todo nuevo”, dice Adriana Gressani, directora y gerente operativa del Hotel Nevada de Bariloche, y en esa frase hay algo más que una descripción técnica, hay una forma de intervenir la memoria sin romperla. El Nevada nació en 1952, cuando Bariloche todavía no era la postal que es hoy. Antes fue pensión, fue refugio, fue ese lugar donde los inmigrantes llegaban sin certezas y encontraban, al menos, una cama y un plato caliente.

La historia creció como crecen las ciudades que encuentran en el turismo su motor. Pero no siempre crecer alcanza, a veces hay que volver a empezar sin moverse del lugar. Eso fue lo que ocurrió entre 2022 y 2023, cuando los hermanos Gressani, Sandro, Gianni y Adriana, empezaron a sentir que algo no encajaba. “Ya no éramos competitivos”, dice ella, sin rodeos. Del otro lado estaba Alma del Lago, el otro hotel familiar, cinco estrellas, moderno, consolidado. El contraste no era incómodo: era inevitable y entonces apareció esa palabra que en las empresas familiares pesa más que cualquier balance: legado.

“Había una llama. Alma del Lago es un producto cinco estrellas en su máximo esplendor y queríamos hacer esa renovación para el Nevada. Es un hotel con muchos años, con identidad y marca propia, muy importante para la ciudad y, diría, para toda la Patagonia, pero había que hacer un cambio importante e integral”, dice Adriana.

Lo que siguió fue una obra que duró dos años, un tiempo más largo del previsto. Se vació por dentro, se desarmó pieza por pieza, se volvió a armar con materiales nuevos, con una lógica nueva, con otra manera de pensar el servicio. No se trataba solo de modernizar, sino de hacer funcionar mejor lo invisible: la limpieza, los tiempos, el uso del agua, la eficiencia energética. “Esto, al ser una renovación integral, no solo implica tener lo último, sino también optimizar el trabajo del personal: menos agua, más eficiencia, sustentabilidad”, explica. Y en esa frase aparece otro protagonista de esta historia: el personal.

El antes y el después: Setenta años después de su nacimiento, el Nevada mantiene su piel original, pero por dentro es otro: más eficiente, más amplio, más preparado para el nuevo turismo.

Mientras el hotel se reconstruía, la gente seguía ahí. “Mantuvimos toda la estructura. Hay empleados de más de 30 años, hay mucha gente que recuerda a mi padre, a mi madre, que nos vio crecer”, dice. Por eso, durante dos años se pagaron sueldos completos, incluso con menos horas de trabajo y también se sostuvo al personal temporario. En una ciudad donde el empleo turístico es tan cíclico como la nieve, esa decisión no es solo económica: es política, en el sentido más profundo de la palabra. Es elegir a quién se cuida cuando todo se detiene.

La transformación también se mide en detalles que el huésped siente: calefacción renovada, tanques de agua caliente que optimizan el uso del gas, iluminación eficiente, cuatro sistemas de conectividad para garantizar algo que hoy es casi tan importante como la vista al lago: internet que funcione. Pisos de porcelanato que simplifican la limpieza, habitaciones más amplias, opciones familiares pensadas como departamentos. “Es un tres estrellas que va a brindar un servicio superior”, resume Adriana.

La obra también tuvo un fuerte anclaje local: se priorizaron proveedores de Bariloche y la región. Desde telas y maderas hasta materiales de construcción y grifería, todo se resolvió con empresas locales, incluida la constructora a cargo del proyecto. En una inversión de esta magnitud, la decisión no fue menor: implicó generar trabajo en la comunidad y apostar a una lógica de retroalimentación, donde el crecimiento del hotel también impulsa al entramado económico de una ciudad, de la que ellos, nacidos y criados allí, son parte.

Durante dos años, el hotel fue una estructura en pausa: se vació, se desarmó y volvió a levantarse con una lógica moderna, sin romper el vínculo con su pasado.

El Nevada también guarda un valor en su interior: un salón de eventos en pleno centro, con capacidad para 250 personas, activo desde 1964. “La Filarmónica de Río Negro viene a ensayar por la acústica”, dice, casi al pasar. Y en esa escena, de músicos afinando instrumentos en un hotel histórico, vuelve a conectar todo con lo mismo: la persistencia. La idea de que algunos espacios no solo sobreviven, sino que se reinventan sin perder su sonido original.


Una familia de hoteleros


La historia familiar, como suele suceder, no es lineal, pero tiene un escenario que se repite y se expande a medida que el clan crece: un hotel. Empieza con un abuelo que llegó desde Italia entre guerras y continúa con una abuela que lo alcanzó después de la Segunda Guerra Mundial, junto a sus dos hijos varones. “Mi nono llegó y luego vino mi nona con sus hijos. En ese reencuentro nació mi madre, Elda, en Bariloche en 1932”.

“Mi madre iba al colegio y luego ayudaba sirviendo mesas. Con el tiempo, la empresa creció y pasó a manos de los hermanos, Reinaldo, Enzo y Elda”, cuenta Adriana, y en esa escena doméstica se condensa una época entera: la del trabajo como herencia, la del hotel como casa.

Puertas adentro, el cambio se siente en cada detalle: habitaciones ampliadas, nuevos materiales y tecnología pensada para un huésped que ya no negocia comodidad ni conectividad.

Después vinieron las divisiones, los caminos propios, los hoteles que se multiplicaron. “Hoy somos tres ramas familiares, todas vinculadas a la hotelería; mis primos también tienen hoteles. Cuando se separaron, mi madre se quedó con este, junto a mi padre, Enrico Gressani, y juntos construyeron el Nevada actual”.

“Luego vinimos nosotros. Éramos cuatro hermanos, uno falleció joven y hoy seguimos tres, manteniendo viva una historia que empezó en 1952 y que siempre se fue adaptando a las necesidades del mercado. Buscamos mantener la identidad, pero también mejorar. Aspiramos a que el huésped tenga una experiencia de confort y bienestar, y lo mismo para nuestros colaboradores. Nosotros tenemos como valores principales la honestidad, la confianza y la identidad”, dice Adriana.

A todos, criarse dentro de un hotel les enseñó el oficio y les dio una historia. «Venir al hotel siempre era una aventura, yo pasé por todos los sectores, desde la plancha a le gerencia. Luego estudié turismo en Buenos Aires y volví. Hoy entendemos que se necesita profesionalismo, además de la experiencia. Ojalá yo pudiera enseñarle eso a mis hijos. Somos una empresa de dos hoteles que busca ofrecer el mismo nivel de servicio en ambos”.

Bariloche, mientras tanto, no espera. Crece, se diversifica, suma turistas, amplía su oferta. “Se transformó el hotel de una manera que acompaña siempre el crecimiento turístico de la ciudad. Hoy por hoy Bariloche es un destino elegido y muy elegido, sobre todo por la capacidad hotelera, pero además por el abanico de posibilidades que tenemos”.

El Hotel Nevada sumó unidades tipo departamento, pensadas para familias y estadías más largas, sin perder el espíritu de hotel tradicional.

La nieve sigue siendo el gran imán, pero ya no alcanza por sí sola. Hay que ofrecer más, mejor, distinto. En ese escenario, el Nevada volvió a abrir el lunes 20, no como una reliquia, sino como un jugador que quiere seguir en la cancha.

“Nuestra marca fue que teníamos muy buena atención y muy buena limpieza. Entonces hoy queremos sumarle más cosas a todo eso. Siempre buscamos mantener lo que somos, pero ser mejores”, dice Adriana. Y la frase, que podría sonar a slogan, funciona como cierre. Porque en el fondo eso es lo que pasó acá: un hotel que decidió no quedarse congelado en su propia historia. Afuera, cuando finalmente llegue el invierno, Bariloche va a volver a cubrirse de blanco. Adentro, el Nevada ya empezó a nevar hace rato.


El Hotel Nevada volvió a abrir sus puertas con la misma fachada de siempre y un interior completamente renovado, como si el tiempo hubiera decidido girar apenas se cruza el umbral. Fotos: Alfredo Leiva.

Hay nombres que parecen escritos con destino, y el Hotel Nevada, en Bariloche, es parte de una ciudad de nieve desde hace 70 años. Afuera, su fachada lleva a muchos turistas a recuerdos de viajes pasados, y para los locales es una postal del centro. Adentro, algo parecido a una nevada acaba de ocurrir: una capa nueva, profunda, que cubre todo lo que había sin borrarlo del todo. Porque el edificio sigue siendo el mismo, pero al pasar la puerta principal el tiempo se dio vuelta. Y eso, en un destino donde todo cambia para atraer, no es un detalle: es una decisión.

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