La vecina destacada de Roca que hizo de su diabetes una misión de vida, conocé su historia

En el marco de los 147 años de la ciudad fue distinguida por su trabajo en la Asociación Roquense de Diabéticos, un rol que asumió después de ver a su madre y a sus dos hermanas sufrir complicaciones y morir por la misma enfermedad que ella tiene hace casi cuatro décadas.

Por Greta Ocaña

Tiene 74 años y convive con el diagnóstico hace más de 30 años. Foto: Franco Urchipía.

Tiene 74 años y convive con el diagnóstico hace más de 30 años. Foto: Franco Urchipía.

Cuando se enteró que el municipio la iba a distinguir como «vecina destacada» en el marco de los 147° años de Roca, Norma Ichazo (74) no lo podía creer. «Pero, ¿quién dijo eso?», repitió, segura de que se trataba de un error. Le explicaron que la propuesta había surgido de alguien que la conocía de cerca. Ni siquiera así logró relajarse: «¡Ay, no! ¡Qué vergüenza!», fue lo primero que atinó a decir.

El día de la ceremonia, llegó sin saber muy bien qué esperar. «Nunca me pongo en blanco», cuenta, aunque esa vez la mente sí se le fue en blanco por un momento. Aunque la distinción pareciera incomodara tanto como la enorgullecerla, admite que la emoción la superó: «Fue muy lindo y muy emocionante. Me gustaron las palabras de la intendenta

Una enfermedad que hizo estragos en la familia


Detrás del reconocimiento hay una historia marcada por el dolor y una decisión tomada hace más de veinte años. Norma es diabética desde los 43 y vio lo que esta enfermedad mal cuidada puede hacer. Se llevó a su papá, a su mamá y a sus dos hermanas. «Todos por diabetes», resume.

«Mi mamá terminó en diálisis y ciega a los 64 años. Después le siguió mi hermana, lo mismo, en diálisis y ciega. Y después siguió mi otra hermana«. Norma vivió todo de cerca: «Llegaban a la casa y parecía que llegaban muertas. No se reponían», recuerda sobre las jornadas de diálisis. «Y me dije: ‘no, yo no quiero esto para mí'».

Cuando el médico le explicó que su condición era herencia de su madre, la noticia no la entristeció, porque elige leer esa herencia como un vínculo que la sigue acompañando: «Sé que me debe estar mirando y diciendo: no quiero que te pase lo que me pasó a mí.»

Define a la diabetes como «una enfermedad traicionera», porque tenerla mal controlada no da muchos síntomas. «No se siente, ni te duele nada». Por eso insiste en que el control periódico de hemoglobina glicosilada es la única manera de anticiparse.

Varios de los síntomas principales cuando se manifiesta la enfermedad son: sed excesiva y boca seca constante, ganas frecuentes de orinar, especialmente durante la noche, hambre constante o mayor apetito de lo habitual, fatiga, mal humor y cansancio extremo (sin motivo), visión borrosa o dificultad para enfocar, heridas o llagas que tardan mucho tiempo en sanar, hormigueo o entumecimiento en las manos o los pies, infecciones frecuentes en la piel, encías o zona vaginal.

«Si vos no te cuidás, no le prestás atención, tiene muchas complicaciones y terminás en la cochina miseria». Y mencionó alguna de los agravamientos como perder la vista, la amputación de miembros inferiores o la necesidad de diálisis por fallas renales.

Pero Norma lleva un mensaje de tranquilidad. «Te podés dar un gusto de comerte una porción de pizza, un domingo comerte un plato de ravioles, pero siempre midiéndote, cuidándote».

«Esta enfermedad tiene cuatro patas como la mesa: una pata es la parte de los medicamentos, que el médico te indica cuáles usar. La otra pata es la de la comida. Y después, por sobre todas las cosas, una buena actividad física. Además del monitoreo del azúcar, pincharnos todos los días para ver cuánto tenemos», aconseja.

Asegura que hoy en día existen muchas herramientas para cuidarse, «la persona que no quiere cuidarse o que no le da bolilla, es porque directamente no se quiere», sentencia.

Sobre la posibilidad de vencerla, es honesta, ya que se trata de un diagnóstico crónico, es decir, no tiene cura y requiere cuidados de por vida: «nunca le vamos a ganar, pero sí la vamos a empatar», dice con una sonrisa.

De socia a presidenta: 15 años al frente de Arodia


La Asociación Roquense de Diabéticos (Arodia) existe desde 1999, pero Norma se sumó recién en 2010, atraída por una organización de la que le hablaban muy bien y además impulsada por su propia experiencia familiar. Empezó yendo a las reuniones y, cuando llegó el momento de poner al día los trámites administrativos de la comisión, se fue involucrando cada vez más.

En la elección de autoridades siguiente (2011), la eligieron presidenta y 15 años después, sigue en el cargo. «Esta distinción me obliga más a seguir trabajando».

Arodia funciona en la intersección entre Gelonch y Santa Cruz (sobre el Canal Grande, el mismo espacio que Conya), allí, explica Norma: «les decimos lo que no le dice el médico».

Y describe una labor de acompañamiento y contención para personas que muchas veces llegan asustadas, sobre todo ante la indicación de empezar a inyectarse insulina todos los días. «La insulina es vida, para eso se inventó», repite, recordándoles a quienes la temen que antes, sin ese recurso, la diabetes era directamente mortal.

La asociación trabaja con un médico diabetólogo, un oftalmólogo y una podóloga, organiza charlas, tiene un convenio con la Municipalidad para acceder a una pileta (una de las actividades más completas, porque el ejercicio ayuda bajar el azúcar en sangre), y viajes con el Ministerio de Desarrollo Social a pueblos del interior de la provincia donde, según cuenta Norma, encuentran a «muchísima gente que no está cuidada de la enfermedad», muchas veces sin saber siquiera que la tienen.

En esas jornadas de entre cuatro horas se realizan controles oftalmológicos, revisión de pies, charlas nutricionales y mediciones de azúcar que sacan a la luz casos de personas con valores glucosa muy altos que nunca antes habían sido diagnosticadas.

Para sostener el funcionamiento de la asociación -y financiar la futura sede propia, en construcción en Italia 547, entre Brasil y Arturo Bass- organizan cenas, rifas, bingos y una feria de ropa donada que se realiza todos los viernes de 15 a 17.

Una pandemia silenciosa en tiempos de recorte


Norma no duda en calificar a la diabetes como «una pandemia mundial» en aumento, también entre niños y jóvenes, y advierte sobre el impacto que tiene la falta de acompañamiento familiar, especialmente en adultos mayores que «terminan muy mal, con una depresión tremenda» cuando sienten que nadie, ni el Estado, respeta los cuidados que necesitan.

A ese panorama se suma, según describe, un contexto de mayores trabas por parte de las obras sociales para autorizar medicamentos e insumos básicos como las tiras reactivas.

Aunque destaca que la Ley de diabetes -Ley 23.753 que establece que las obras sociales y las empresas de medicina prepaga deben brindar una cobertura del 100% en medicamentos, tratamientos e insumos- se sigue respetando, pese a todo.

El resultado de las demoras y las revalidaciones periódicas, advierte, es que «la gente se cansa y no va más, y no hace nada, y listo, ahí se terminó«.

Pese a los casi cuarenta años de pinchazos diarios, no se queja porque es «un trabajito que es para uno», necesario para poder estar bien para los demás.

Ella misma convive con esa rutina. Se levanta a la mañana, se pincha un dedo para medir el azúcar en sangre, se inyecta insulina y toma su desayuno. Religiosamente, todos los días, sigue los mismo hábitos para cuidar su salud.

Lo que más le pesa, dice, es ver a quiénes no logran hacer las paces con el diagnóstico. «Es la lucha eterna con tratar de educar a la gente», resume sobre su trabajo diario en la asociación, al que calcula haber dedicado quince años y más de mil personas acompañadas.

Y aunque nunca buscó el reconocimiento público, lo asume como un compromiso más: «siempre digo que es un granito de arena más para poder aportar a la comunidad».


Cuando se enteró que el municipio la iba a distinguir como "vecina destacada" en el marco de los 147° años de Roca, Norma Ichazo (74) no lo podía creer. "Pero, ¿quién dijo eso?", repitió, segura de que se trataba de un error. Le explicaron que la propuesta había surgido de alguien que la conocía de cerca. Ni siquiera así logró relajarse: "¡Ay, no! ¡Qué vergüenza!", fue lo primero que atinó a decir.

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