La locura por el resultado en el deporte

Si se olvida que es, antes que nada, un juego basado en el respeto por la integridad del adversario, dejará de merecer tal nombre.

Por Marcelo Antonio Angriman

Pocas imágenes quedan grabadas tan a fuego en la retina de quienes disfrutamos del fútbol, como aquella violencia desmedida que logra trastocar la esencia misma de un juego.

Si en su momento advertimos cómo el exceso y la torpeza podían quebrar la frontera de la sana competencia, hoy la tragedia nos golpea con la crudeza más absoluta: la muerte de Jesús de Miguel de Alameda, jugador del Tenerife, tras un choque descalificador con el arquero del Andorra, Jesús Owono.

Este luctuoso episodio de la segunda división española, nos obliga a replantear con urgencia el alcance de la responsabilidad deportiva civil y penal, en el ámbito del fútbol profesional.

A la hora de ponderar las responsabilidades, no podemos ampararnos en el equivocado concepto de que “todo vale” dentro de un campo de juego.

El arquero de Guinea Ecuatorial fue expulsado con justeza por una jugada por demás peligrosa, que amerita una severísima sanción por parte del tribunal de disciplina.

Para evaluar la magnitud de la falta en los distintos ámbitos, deben considerarse objetivamente las circunstancias del hecho:

El sector del campo de juego: la jugada aconteció en mitad de cancha, un sector claramente propio de un jugador de campo y no de un arquero en función defensiva.

El momento y el marcador: minuto 7 de adición, con un marcador empatado en dos, donde la desesperación de los jugadores parece nublar el discernimiento.

Las trayectorias y la visibilidad: el arquero avanzaba de frente, con absoluta visibilidad del rival y del campo; el delantero, en cambio, corría de espaldas al guardameta, con la única vista puesta en el balón.

El recorrido del balón: La pelota hizo una parábola recta por el centro del campo desde defensa a ataque, quedando luego del choque cerca del lugar de contacto, señal de que no fue despejada por el arquero, ni cabeceada por el delantero.

La mecánica y el punto del impacto: un golpe violentísimo directamente sobre el pecho de la víctima, muy por arriba de las partes del cuerpo habituales de contacto

La caída de ambos jugadores: Los giros en el aire luego del topetazo del arquero y el desplome del atacante, evidencian claramente la fuerza extrema del golpe.

Como bien enseñan los principios jurídicos que hemos sostenido históricamente (“La responsabilidad del jugador de fútbol”, Diario Río Negro, 9-5-07), el deportista dentro de un campo de juego, no está dispensado de su obligación de prudencia, diligencia y cuidado.

Si bien rige en principio la regla de la irresponsabilidad por los riesgos propios del juego autorizado, esta presunción cede de inmediato ante el comportamiento groseramente indebido por culpa excesiva o dolo eventual. Lo mismo si el agresor con su accionar hubiera excedido los límites del riesgo permitido.

El deporte no constituye un Bill de indemnidad para lesionar o, en este extremo doloroso, terminar con la vida de un par.

No hay aquí una cuestión de nacionalidad u origen, por parte de quien comete un daño de estas características, sino que la ley debe ser la misma para todos.

Lo ocurrido tras el impacto revela quizás el costado más deshumanizado de esta tragedia. Ni los jugadores ni el propio árbitro reaccionaron de inmediato en auxilio del deportista caído que por el fuerte impacto debió cursar un paro cardíaco.

El silbato expulsó a Owono, pero ningún compañero corrió a asistir prontamente a De Miguel; fue un jugador rival quien advirtió la gravedad del hecho y pidió la camilla.

Esto desnuda una realidad alarmante: la locura por el resultado. Un producto que obsesiona a los futbolistas, envuelve a los aficionados, moviliza millones en apuestas y sponsoreo y deshumaniza a la sociedad.

Desde otros deportes de fricción como el handball, se condena la salida del arquero con la rodilla elevada frente al oponente en situación de contraataque, con la más severa de las penas. Se considera que hay una asimetría desde la visión, frontalidad y vulnerabilidad de los jugadores en pugna por el balón. También se enseña a los jugadores a correr las calles en forma de C, para poder visualizar tanto hacia delante como hacia atrás.

Si el deporte olvida que es, antes que nada, un juego basado en el respeto por la integridad del adversario, dejará de merecer tal nombre.

Ojalá este caso sirva como punto de inflexión para modificar reglamentos, aplicar las máximas sanciones deportivas y hallar desde el derecho civil y penal una respuesta justa y ejemplar.

De lo contrario, transformaremos una hermosa pasión en una puja despiadada donde vale todo, incluso apagar una vida.

*Abogado. Prof. Nac. de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo@gmail.com


Pocas imágenes quedan grabadas tan a fuego en la retina de quienes disfrutamos del fútbol, como aquella violencia desmedida que logra trastocar la esencia misma de un juego.

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