«Quería otra vida»: Se fundió, construyó su casa modular en Santa Fe y la llevó 500 km hasta un paraíso de Córdoba

Pablo Rovedatti tenía una fábrica en Lehmann, pero el estrés y una crisis económica lo arrastraron al colapso. Decidió fabricar su propia vivienda modular, cargarla en dos camiones y empezar de cero en Villa Yacanto para priorizar su tiempo y sus hijos. Los vecinos, curiosos, se acercaron a verla. Y así nació su nuevo emprendimiento: "Ahora tengo menos, pero soy feliz".

Por Redacción

La casa de Pablo y su familia en Yacanto. Fotos: Gentileza Pablo Rovedatti.

La historia de Pablo Rovedatti, un santafesino de 46 años, es el fiel reflejo del anhelo de miles de personas que sueñan con dar un giro a sus vidas. Era dueño de una próspera carpintería y mueblería con locales en Rafaela y Sunchales, vehículos y una posición económica holgada impulsada en su momento por planes de consumo en cuotas. Hasta que se fundió.

“Me fundí trabajando. Me fue mal con la mueblería, con los bancos, con el sistema… Cerré porque no estaba haciendo lo que me gustaba. Le dedicaba todo el tiempo al trabajo y nada a vivir”, dijo en una nota con Infobae.

El estrés constante y la falta de tiempo de calidad con sus cuatro hijos lo llevaron a tomar una decisión límite: frenar, evaluar qué era lo importante y empezar de cero. Cómo Rocío, como Carina, encontró lo que buscaba en las sierras de Córdoba.

En su caso, la semilla del cambio germinó al mirar contenidos sobre construcciones modulares y enamorarse de los paisajes de Villa Yacanto, en el Valle de Calamuchita durante unas vacaciones familiares.


La construcción modular y el doble traslado


Lejos de encargar una vivienda costosa o inaccesible, Rovedatti decidió fabricarla él mismo dentro de un galpón en su tierra natal de Lehmann, Santa Fe.

Construyó tres módulos con estructura de acero, revestidos en fibrocemento por fuera y durlock por dentro, logrando levantar una estructura de más de ocho toneladas y media en apenas tres meses y medio.

Detalles del interior.

El operativo logístico estuvo plagado de obstáculos y desafíos burocráticos y topográficos. Como reconoció el propio protagonista:“Esta locura tuvo muchas trabas”.

El primer viaje, fue en agosto del 2022. La casa fue cargada en dos camiones y enviada desde Santa Fe hacia Córdoba. Al llegar al centro de Yacanto, el municipio frenó el operativo por cuestiones de permisos, obligándolo a dejarla temporalmente en un terreno que un vecino solidario le prestó mientras destrababa los papeles con Vialidad Nacional.

El segundo viaje, fue en diciembre de 2022. Justo el día de Nochebuena y coincidiendo con su cumpleaños 46, la mudanza avanzó hacia su lote definitivo en el barrio Villa Vinito de Yacanto.

Los primeros tiempos de la casa.

El desafío del terreno y cómo está la casa hoy


El lote adquirido resultó ser un auténtico pantanal. De hecho, durante una tormenta extrema en su etapa inicial, cayeron 120 milímetros en apenas 43 minutos y la sensación fue extrema: «Estábamos en una isla del Pacífico. No sabíamos si reír o llorar. Pero la casa resistió», recordó al mismo medio.

Lejos de bajar los brazos, Pablo trabajó arduamente para acondicionar el lugar: rellenó el terreno con 81 camiones de tierra y escombros, y elevó la casa un metro para evitar que las corrientes de agua volvieran a invadirla.

Por dentro, la vivienda está optimizada para aprovechar cada centímetro y cuenta con casi tres metros de altura interior, lo que le otorga una gran sensación de amplitud.

La casa hoy: Pablo le sumó un deck, una parrilla, una pequeña pileta, una salamandra para calefaccionar en invierno y una huerta propia.

Dispone de dormitorios cómodos, un baño funcional y una cocina-comedor integrada. Con el tiempo, Pablo le sumó un deck, una parrilla, una pequeña pileta, una salamandra para calefaccionar en invierno y una huerta propia donde cosecha tomates, calabazas, zapallos, rúcula, albahaca y frutillas.


La nueva vida, la familia y los proyectos actuales


Actualmente, Pablo se encuentra radicado de manera permanente en Yacanto de Calamuchita, donde su vida dio un vuelco absoluto hacia la tranquilidad y el contacto con la naturaleza.

No obstante, la transición familiar ha tenido sus matices: su esposa y su hijo menor, Vittorio (de 8 años), permanecieron temporalmente en Santa Fe debido a compromisos educativos y logísticos, mientras que sus hijos mayores —Milena (23), Tomás (19) y Gino (17)— alternan estadías, estudios y visitas entre ambas provincias mientras preparan el terreno para reunirse definitivamente en las sierras.

En el plano laboral, Rovedatti supo reconvertir por completo su oficio tras la quiebra de la mueblería. Tomando su propia casa como la mejor carta de presentación y sustento, fundó Diseño R Constructora. Hoy en día, gracias a cursos e investigación autodidacta con ingenieros, fabrica casas modulares y realiza construcciones tradicionales en la región cordobesa.

Con toda la familia en Yacanto. Foto: Gentileza Pablo Rovedatt

La curiosidad con la que lo miraban en el pueblo le jugó a favor. “Empezaron a venir vecinos a preguntar cómo había hecho. Me decían: ‘¿De dónde venís vos?’. Les contaba y ahí arrancó todo“, dijo. Y así surgieron los primeros encargos. “Hicimos una casita en las sierras, después otra, y ahora tengo once chicos trabajando conmigo con cinco obras activas en Yacanto«, dijo.

“Entre el lote, la casa y el traslado, gasté unos 50 mil dólares. Era lo que tenía. Me quedé sin nada, pero arrancamos de nuevo. Hoy, gracias a la empresa, tenemos trabajo y vivimos de eso”, precisó en una entrevista con TN.

Además, en paralelo, proyecta junto a su esposa nuevos emprendimientos sustentables para cuando ella se instale definitivamente, como la cría de gallinas ponedoras, la venta de huevos y la elaboración de viandas artesanales.

Lejos de los agobios del pasado empresarial y urbano, la historia de Pablo Rovedatti se consolida como una inspiradora postal de resiliencia y cambio de rumbo. Como bien resumió: “El que sueña en grande tiene que estar dispuesto a dejarlo todo”.

“De querer hacer menos terminé haciendo más, pero distinto. Hoy laburo con otro ritmo. De lunes a viernes, con música, con mate, con amigos. A veces terminamos y nos vamos al río. No hay señal, no hay teléfono. Es otra vida”, sostuvo.

Y agregó: “Nos costó mucho, pero estamos bien. No sé si estoy loco, pero encontré mi lugar. Ahora tengo menos, pero soy feliz.”


Comentarios