El imperio no se rinde

Redacción

Por Redacción

Hace algunos años se puso de moda hablar del “desacoplamiento” de las economías emergentes de la norteamericana que, a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, había sido la locomotora mundial, ya que a pesar del estancamiento de países ricos golpeados por una crisis bancaria gravísima otros continuaban creciendo. A muchos, entre ellos la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, les gustó la idea de que en adelante le correspondería a China cumplir tal función. De estar en lo cierto quienes se habían acostumbrado a pronunciar oraciones fúnebres sobre lo que suponían que era el ataúd en que yacía la supremacía económica de la superpotencia capitalista, importarían muy poco las decisiones de los funcionarios, encabezados por Janet Yellen, a cargo de la Reserva Federal, la entidad que en Estados Unidos sirve de Banco Central, pero sucede que su influencia sigue siendo tan grande como en otros tiempos. Una sola palabra de Yellen puede ser suficiente para poner en movimiento miles de millones de dólares, sobre todo si, a juicio de los financistas, significa que está pensando en subir los tipos de interés. Puesto que la jefa de la Fed ha vinculado una medida en tal sentido con la tasa de desocupación de su país, el que el mes pasado haya caído al 5,4% motivó nerviosismo en el resto del mundo. Lo que para los trabajadores norteamericanos fue sin duda una buena noticia, si bien la opinión mayoritaria es que los nuevos puestos de trabajo que la economía está generando son por lo común de calidad inferior, no lo fue para los trabajadores de América Latina y otras regiones emergentes. Desde su punto de vista y el de los gobiernos de los países en que viven, se trata de un dato preocupante, ya que presagia el fin del programa de “facilitación cuantitativa” que se puso en marcha luego del estallido, en el 2008, de una crisis financiera mayúscula que pronto provocó estragos en todas las demás economías. Es que una consecuencia inmediata de un aumento de las tasas de interés norteamericanas sería la salida apurada de capitales de países considerados menos confiables, es decir, de todos los calificados de emergentes. Aunque la Argentina, un “mercado de frontera” sólo apto para aventureros según las pautas actuales, no estaría entre los países más perjudicados por el repliegue de capitales, ya que desde el default del 2001 los pocos que se han arriesgado comprando valores aquí lo han hecho a cambio de tasas de interés usureras, se teme que Brasil se cuente entre las principales víctimas, lo que tendría un fuerte impacto en nuestra economía. En efecto, una razón por la que el real brasileño y otras monedas regionales se han debilitado tanto en los últimos meses ha sido, precisamente, la incertidumbre motivada por la probabilidad de que la Reserva Federal modifique las tasas de interés. La recuperación aparente de la economía norteamericana ha coincidido con otros cambios que, una vez más, están obligando a los distintos gobiernos a modificar sus planes estratégicos. El desplome dramático del precio del petróleo, que hasta nuevo aviso se verá determinado por la eficiencia relativa del fracking, además de la caída –por fortuna menos abrupta, pero así y todo notable– de los precios de los commodities agrícolas, nos privará de recursos financieros. Asimismo, la ralentización del crecimiento de China al empezar a agotarse el modelo basado en la exportación de bienes manufacturados, además de otros problemas atribuibles al exceso de capacidad fabril instalada, una burbuja inmobiliaria de dimensiones desconocidas y la existencia de un sector bancario “en las sombras” sumamente inestable, hace pensar que es prematuro dar por descontado que el gigante asiático esté por desplazar a Estados Unidos en el centro del sistema económico internacional. Mal que a muchos les pese, el viejo “imperio” dista de haberse resignado a desempeñar un papel subalterno. Por el contrario, parecería que, a pesar de los muchos problemas sociales internos que está ocasionando la transición hacia una economía “de conocimiento” cada vez menos igualitaria que se ve impulsada por avances tecnológicos, tanto los informáticos como los que hicieron posible la revolución petrolera que ya ha tenido un gran impacto geopolítico, Estados Unidos mantendrá la delantera por un rato.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Viernes 15 de mayo de 2015


Hace algunos años se puso de moda hablar del “desacoplamiento” de las economías emergentes de la norteamericana que, a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, había sido la locomotora mundial, ya que a pesar del estancamiento de países ricos golpeados por una crisis bancaria gravísima otros continuaban creciendo. A muchos, entre ellos la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, les gustó la idea de que en adelante le correspondería a China cumplir tal función. De estar en lo cierto quienes se habían acostumbrado a pronunciar oraciones fúnebres sobre lo que suponían que era el ataúd en que yacía la supremacía económica de la superpotencia capitalista, importarían muy poco las decisiones de los funcionarios, encabezados por Janet Yellen, a cargo de la Reserva Federal, la entidad que en Estados Unidos sirve de Banco Central, pero sucede que su influencia sigue siendo tan grande como en otros tiempos. Una sola palabra de Yellen puede ser suficiente para poner en movimiento miles de millones de dólares, sobre todo si, a juicio de los financistas, significa que está pensando en subir los tipos de interés. Puesto que la jefa de la Fed ha vinculado una medida en tal sentido con la tasa de desocupación de su país, el que el mes pasado haya caído al 5,4% motivó nerviosismo en el resto del mundo. Lo que para los trabajadores norteamericanos fue sin duda una buena noticia, si bien la opinión mayoritaria es que los nuevos puestos de trabajo que la economía está generando son por lo común de calidad inferior, no lo fue para los trabajadores de América Latina y otras regiones emergentes. Desde su punto de vista y el de los gobiernos de los países en que viven, se trata de un dato preocupante, ya que presagia el fin del programa de “facilitación cuantitativa” que se puso en marcha luego del estallido, en el 2008, de una crisis financiera mayúscula que pronto provocó estragos en todas las demás economías. Es que una consecuencia inmediata de un aumento de las tasas de interés norteamericanas sería la salida apurada de capitales de países considerados menos confiables, es decir, de todos los calificados de emergentes. Aunque la Argentina, un “mercado de frontera” sólo apto para aventureros según las pautas actuales, no estaría entre los países más perjudicados por el repliegue de capitales, ya que desde el default del 2001 los pocos que se han arriesgado comprando valores aquí lo han hecho a cambio de tasas de interés usureras, se teme que Brasil se cuente entre las principales víctimas, lo que tendría un fuerte impacto en nuestra economía. En efecto, una razón por la que el real brasileño y otras monedas regionales se han debilitado tanto en los últimos meses ha sido, precisamente, la incertidumbre motivada por la probabilidad de que la Reserva Federal modifique las tasas de interés. La recuperación aparente de la economía norteamericana ha coincidido con otros cambios que, una vez más, están obligando a los distintos gobiernos a modificar sus planes estratégicos. El desplome dramático del precio del petróleo, que hasta nuevo aviso se verá determinado por la eficiencia relativa del fracking, además de la caída –por fortuna menos abrupta, pero así y todo notable– de los precios de los commodities agrícolas, nos privará de recursos financieros. Asimismo, la ralentización del crecimiento de China al empezar a agotarse el modelo basado en la exportación de bienes manufacturados, además de otros problemas atribuibles al exceso de capacidad fabril instalada, una burbuja inmobiliaria de dimensiones desconocidas y la existencia de un sector bancario “en las sombras” sumamente inestable, hace pensar que es prematuro dar por descontado que el gigante asiático esté por desplazar a Estados Unidos en el centro del sistema económico internacional. Mal que a muchos les pese, el viejo “imperio” dista de haberse resignado a desempeñar un papel subalterno. Por el contrario, parecería que, a pesar de los muchos problemas sociales internos que está ocasionando la transición hacia una economía “de conocimiento” cada vez menos igualitaria que se ve impulsada por avances tecnológicos, tanto los informáticos como los que hicieron posible la revolución petrolera que ya ha tenido un gran impacto geopolítico, Estados Unidos mantendrá la delantera por un rato.

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