Femicidio de María Marta: "Lo miraba a ver si él me miraba"

Cecilia Toledo, la hermana de la víctima, se mostró satisfecha con el veredicto unánime del jurado. ¿Por qué el caso debe leerse en clave de violencia de género?

Hermanas y amigas de María Marta se abrazaron una vez que salieron de la sala de audiencias, ya conocido el veredicto. Foto Florencia Salto.

Hermanas y amigas de María Marta se abrazaron una vez que salieron de la sala de audiencias, ya conocido el veredicto. Foto Florencia Salto.

El jurado popular escuchó 19 testigos durante cuatro jornadas de juicio por el femicidio de María Marta Toledo y ayer oyó por primera vez a Rodolfo Fabián Lucini. “El hecho fue hecho bajo la camioneta y fue un solo golpe. Yo en ningún momento la tiré al río ni nada. Yo me asusté y me fui. Después volví porque pensé que en algún momento ella iba a volver a su domicilio e iba a poder hablar con ella”, le dijo al tribunal.

A las 16.30 el presidente del jurado leyó el veredicto por el que Lucini fue declarado culpable por unanimidad. En poco más de media hora los doce integrantes -seis mujeres y seis varones- no dieron crédito a la teoría de la emoción violenta planteada por la defensa, ejercida por Roberto y Gastón Berenguer, y entendieron que el asesinato fue cometido en un contexto de violencia de género, como había solicitado el fiscal Agustín García (ver aparte).

Lucini se encuentra con prisión preventiva desde el 3 de agosto pasado. Ahora será la jueza de Garantías, Estefanía Sauli, quien le imponga la pena. Por el tipo de delito la única posible es la prisión perpetua.

El 29 de julio de 2020 él pasó a buscar a María Marta, una arquitecta de 46 años que había llegado a Neuquén capital desde Córdoba, por Brown 745 cuando estaban vigentes las medidas de restricción a la circulación por la pandemia. Tenían una relación cotidiana, ya que era la amiga de su pareja. La llevó hasta Centenario en una camioneta. “Me parece que es muy bajo decir que ese lugar es descampado, cuando hay dos barrios privados sobre mano izquierda”, se ocupó de aclarar el imputado cuando hizo uso de la última palabra.

La atacó con un matafuegos, en cuya funda se encontró ADN compatible con la víctima, la golpeó y la arrojó a un canal de riego que desemboca en el río Neuquén, donde su cuerpo fue retirado por los bomberos, dos días después. Cuando Cecilia Toledo, una de sus hermanas, llamó a Lucini el 30, él respondió: “yo le comenté de unos amigos míos, por un laburito, así que capaz que se fue a verlos a la empresa de ellos”. Durante la búsqueda por la desaparición de María Marta encubrió lo que hizo, incluso cuando las cámaras de seguridad lo registraron al salir del edificio con ella. “¿Querés que mueva gente del gobierno?”, ofreció a la familia.

Cecilia también lo oyó ayer. “Era todo una farsa, como lo que es él, un mentiroso serial, tenía cero sentimientos en lo que decía”, manifestó luego de conocido el veredicto. Suspiró al teléfono cuando se le preguntó por estos días de audiencia. “Muy intenso, súper agradecida con la fiscalía”, aseguró. Ella declaró en la primera jornada, apenas aterrizó el avión en la ciudad. “Temblaba como una hoja”, recordó. Y agregó: “Lo miraba a ver si él me miraba”.

El de María Marta no fue un femicidio íntimo, como el de Delia Aguado, o como el de Cielo López, cometido para ocultar un ataque sexual. García intervino en los tres juicios. “En los últimos años se ha avanzado muchísimo en materia de reconocimiento, de visibilización de estos temas. Indudablemente el contexto de hoy también favorece para que un jurado popular, por unanimidad, reconozca este caso como un femicidio”, explicó.

¿Por qué el caso debe leerse en clave de violencia de género?

Los femicidios son la expresión más extrema de la violencia machista. Si bien en la mayoría de los casos los agresores suelen ser parejas o exparejas de las víctimas no es una condición para que el hecho sea calificado de esta manera, ni es un requisito que impone la ley penal. Es el contexto en que sucede la agresión el que debe leerse en clave de género.

En este caso Lucini pertenecía al entorno afectivo de la víctima. Era la pareja de una de sus amigas, con la que más se frecuentaba. En base a esa relación de confianza construida fue que él le solicitó dinero, que ella legítimamente le reclamó. No fue un acuerdo comercial infructuoso: él sentía que María Marta no tenía derecho a demandarle su devolución, y que en ese acto de hacerlo lo desautorizaba. “Por qué no nos dejamos de joder con estas discusiones por dos pesos e intentamos hacer este loteo, que es muy importante”, manifestó su defensor que le dijo ese día.

“La violencia de género es un dispositivo disciplinador”, afirmó ayer el fiscal en su alegato de clausura. Mucho antes del 29 de julio de 2020 Lucini interiorizó los roles socialmente asignados y el lugar de subordinación en el que aún se coloca a las mujeres (y a las identidades disidentes). Por eso no puede interpretarse como un estallido cometido en el vacío, una furia inesperada. El ataque femicida y el posterior descarte del cuerpo a un canal confirman lo escasamente valiosas que son ciertas existencias. Se consumen y se tiran.


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