Gracias, Capitán

Lio Messi trasciende lo futbolístico para convertirse en la persona que más ha incidido positivamente en distintas generaciones.

El astro dirá adiós a la Selección tras más de veinte años.

Hay nudos en la garganta que se quedan ahí, agazapados detrás del paladar, cuando la vida nos arranca certezas o cuando el adiós se nos viene encima.

¿Cómo se explica algo que es profundamente visceral? ¿Cómo se traducen en palabras esas sensaciones epidérmicas que nos hizo sentir? ¿En qué lugar de las tripas nació el grito desaforado que nos arrancó su gol -de resurrección- contra Egipto en el último mundial?

Pero no todo pasa por la emoción: ¿con qué fórmula matemática se explica el pase milimétrico que puso en la cabeza de Lautaro Martínez, cercado de torres inglesas, para el épico 2-1 el día en que recordamos que Las Malvinas son argentinas.

Es que a habitar el terreno de lo inexplicable nos acostumbró a llevar Lio. A tal punto que sus proezas futbolísticas en el Barcelona, el París Saint-Germain, el Inter de Miami y, sobre todo, en la Selección Argentina, para muchos pasaron a formar parte de “la rutina de lo extraordinario”.

Por eso, cuando el 10 juega su “last dance” con la celeste y blanca, somos tantos los que sentimos una íntima deuda de gratitud.

Pensemos que, desde aquel partido fantasma del debut juvenil contra Paraguay, el 29 de junio de 2004, urdido a hurtadillas en un escritorio para blindar, hasta la despedida del 6 de octubre de 2026 contra Benín, pasaron más de veintidós años.

En esas dos décadas, Messi regaló algo que por su escasez se convirtió en un bien de primera necesidad: alegría y belleza.

Su magia con un balón entre los pies funcionó como monodosis de felicidad que el ser humano, de cualquier latitud, persigue con avidez. Si a ello le sumamos el valor estético de sus formas, encontraremos el porqué de su singularidad.

Hay una búsqueda hedonista en quien admira la perfección de una obra de arte, que en el fútbol encuentra en jugadores de la magnitud de Messi su cauce más puro. El tiempo, que suele ser un escultor que desgasta las formas y borra los ídolos, con él pareció detenerse a tomar apuntes hasta sus 39 años de edad.

Y los argentinos, habitados por esa perpetua contradicción que nos hace dudar y exigir de más, tuvimos el privilegio de que naciera en nuestro territorio.

Ahí se puso a prueba el otro componente diferencial: el sentido de pertenencia y las ganas de querer siempre defender los colores. Durante años le demandamos respuestas colectivas a quien solo debíamos dejar jugar, sufriendo las amarguras de las finales perdidas en Brasil o Estados Unidos.

Dudamos, lo pusimos a prueba, y hasta lo vimos renunciar con el corazón roto. Pero él, con una firme vocación, siempre quiso volver. Así logró en su última etapa -aun con muchas adversidades en el camino- dos Copas América, una Finalísima, el Campeonato Mundial de Qatar 2022 y el subcampeonato del mundo en Estados Unidos 2026.

Por eso hoy ocurre un fenómeno afectivo singular. Un abuelo que peinas canas y guarda en la retina las tardes de gambetas antiguas, un padre que sostiene las urgencias cotidianas, y un niño que apenas dibuja sus primeros sueños con una pelota -aun perteneciendo a generaciones distintas y con miradas diversas- coinciden en sentir idéntica devoción por el 10.

Si uno observa estas más de dos décadas, advertirá que van faltando denominadores comunes a nivel mundial. Ya no coincidimos en las mismas certezas, ni en los mismos relatos, ni en las utopías colectivas que abrazaban nuestros mayores. Y, sin embargo, ahí está él, uniéndonos a todos bajo un mismo paraguas emocional.

En lo aspiracional, todos quisimos ser Messi a la vez de advertir lo imposible que es serlo. Sin embargo, Lio lo lleva con una naturalidad asombrosa, defendiendo valores tan simples como la familia, la amistad y el amor por la tierra donde nació.

Por eso trasciende lo futbolístico para convertirse en la persona que más ha incidido positivamente en distintas generaciones. Nunca en la historia de nuestro país se vio una congregación humana como la del regreso de Qatar, ni tantas camisetas albicelestes con su número en la espalda, sobre todo en niños y en mujeres.

Porque al final del camino, cuando se apagan los estadios, se acaban las gargantas rotas y la vida continúa su curso idéntico al del día anterior, nos queda la certeza íntima de que, gracias a su paso por nuestras vidas, el cielo fue por décadas un poco más celeste y el sol nos abrigó con más fuerza.

Por habernos enseñado lo que significa ponerse la diez con el alma.

Gracias, Capitán.

*Abogado. Prof. Nac. de Educación Física. Docente Universitario.


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