Guerra de nervios a escala internacional
El uso de la difamación industrial, las emociones negativas y los errores propios para la demonización de la Argentina no fue inocente. Entender es clave para defenderse.

“Los rumores”, Norman Rockwell – 1948.
El arte de la guerra psicológica.
1. La ley de Brandolini.
¿Qué hacer cuando se sufre una campaña digital masiva de mentira y difamación? La Ley de la asimetría de las mentiras, la ley de Brandolini, dice: “La cantidad de energía necesaria para refutar difamaciones, mentiras y falsedades es de un orden de magnitud mayor que la necesaria para producirlas.” El costo de esparcir una mentira es bajo y el costo de refutarla es siempre mayor, es asimétrico.
Antonio Brandolini, un programador italiano, se inspiró en una lectura del libro de Daniel Kahneman “Pensar rápido, pensar lento” (2011) y en un cruce de acusaciones de Silvio Berlusconi con la prensa italiana en 2014. Antes de Brandolini, desde Sócrates a Jesús han sufrido estos procesos. Desde Erasmo de Rotterdam a Harry Frankfurt los han identificado y explicado.
Si uno tiene que combatir toda mentira que se realiza sobre una persona, grupo de personas o tema de relevancia pública posiblemente deba realizar un esfuerzo asimétrico en energía y tiempo. El daño está hecho y repararlo no es nada seguro.
Otro estudio publicado en la revista Science en 2018 y elaborado por Aral, Roy y Vosoughi señala que las mentiras se esparcen más rápido que las verdades. Lo mismo se podría decidir sobre las acusaciones falsas. La acusación es rápida, la defensa es lenta. La acusación es el castigo, la defensa no es la defensa, sino la apelación a una instancia de racionalidad que no siempre está. Al defenderse, se expande la acusación y el daño se incrementa.
Con las difamaciones y las mentiras industriales pasa lo mismo. Al intentar censurar o combatir una mentira se la expande, se acelera su circulación y difusión.
La difamación es previa a la humillación social como forma de castigo final. Primero se difama y acusa, sin defensa ni duda razonable. El principio de inocencia está peligrosamente de hecho ya derogado. Es un proceso emocional y vindicativo que retira la humanidad, permite continuar la humillación social del acusado como espectáculo y como castigo.
En ese proceso espectacular se vive un placer vicario en el dolor del castigado, en su humillación.
Hoy en día difamar y destruir reputaciones es tan simple como letal. Se hace un grupo de whatsapp en el que un grupo identitario, un enjambre, elige a un enemigo en común. Se pone una información falsa de esa persona o grupo de personas que se quiere destruir y después de comenzar los rumores, difamaciones y teorías conspirativas en esos grupos de chat —cerrados y homogeneizantes— se expanden a las redes sociales. La acusación es la sentencia, la mentira se consolida como prueba y después vendrán nuevos castigos y humillaciones.
La difamación en estos tiempos es parte de un proceso necropolítico, de exterminio. Se difama como prólogo para eliminar. Destruir es entretenido y hoy hay que entretenerse hasta morir. Esos linchamientos son virales y sus participantes guillotinan a los acusados con presunción de culpabilidad.
2. La Argentina fue objeto de un experimento digital sin precedentes
Queda ahora actuar sin soberbia, con acción lúcida y precaución. El silencio y la acción orientada a la realidad son la mejor estrategia. Entrar al chiquero es perder.
La cancelación que sufrió la Argentina es peligrosa porque toda cancelación es un proceso irracional, emocional, parajudicial, y cuya defensa presenta desafíos estructurales, racionales y afectivos, en tiempos de posverdad y en un orden internacional que va hacia “un mundo sin reglas”.
Milei hace el mismo juego irracional con Lula para consolidar la derecha regional en contra de las elites brasileñas. Le habla a los malestares de una sociedad que según una encuesta tiene un 12,5 por ciento que cree que Lula fue reemplazado por un clon.
En el plano global hasta hace poco la Argentina tenía una imagen positiva con íconos como el Papa Francisco y el propio Messi. Veremos si el daño hecho la transformó. Se vieron algunos indicios de las consecuencias. Lo importante es qué hacemos con ellas.
Si a una campaña hostil de difamación sin igual se le responde con teorías conspirativas, nacionalismo embrutecedor y miope, victimización y soberbia, espíritu de venganza y rencor, se reforzará la actual impotencia. Ese es el prólogo para otra tragedia autolesiva. La derrota no humilla, la autoderrota de la Argentina es un patrón histórico. Quizás lo primero que debemos hacer es reconocer errores propios, mirarnos al espejo y pasar a la acción. Dejar licuar la ola de mentiras, medias verdades y mala fe en el vacío del mundo digital efímero. Hay mucho que festejar y todo está por ser reparado en nuestra Nación. No hay derecho a victimizarse ni a ser soberbios, hay obligación de actuar con inteligencia.
* Abogado y Profesor de Derecho Constitucional.
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