Venezuela ante la ONU: Delcy Rodríguez, el petróleo y la transición que millones siguen esperando

La presencia de Delcy Rodríguez en la ONU y su encuentro con Donald Trump abren una discusión que va mucho más allá de la diplomacia y el petróleo: qué lugar ocupa la voluntad de los venezolanos en una transición todavía pendiente y cuánto puede durar un proceso político sin elecciones que permitan decidir el futuro del país.

Delcy Rodríguez y Donald Trump durante su encuentro en Nueva York, en el marco de la Asamblea General de las Naciones Unidas. La reunión volvió a poner en el centro el futuro político y económico de Venezuela. Foto gentileza.

La imagen de Donald Trump y Delcy Rodríguez reunidos en Nueva York, en el marco de la Asamblea General de las Naciones Unidas, puede ser interpretada de muchas maneras. Para algunos representa el inicio de una nueva etapa para Venezuela. Para otros, es la imagen de una negociación en la que la política, el petróleo y los intereses geopolíticos vuelven a quedar por encima de una pregunta que millones de venezolanos llevan años esperando responder, ¿cuándo podrán volver a elegir libremente a quien gobierne su país?

Delcy Rodríguez llegó a Nueva York como presidenta interina de Venezuela. No fue elegida mediante una elección presidencial directa por los venezolanos para ocupar ese cargo. Asumió en enero de 2026, después de la salida de Nicolás Maduro del poder tras la operación militar estadounidense que terminó con su captura.

Y allí aparece la primera gran contradicción. ¿Puede una persona que no fue elegida por el voto popular convertirse, a través del reconocimiento y las negociaciones internacionales, en la figura que representa a Venezuela ante el mundo?

La pregunta no es menor. Tampoco lo es que Rodríguez haya sido recibida en la ONU, haya mantenido reuniones con organismos multilaterales y se haya sentado con Donald Trump para hablar de la relación entre Estados Unidos y Venezuela. Su presencia internacional es hoy una realidad política. Pero reconocimiento diplomático, ejercicio efectivo del poder y legitimidad democrática no son necesariamente la misma cosa.


La foto que puede doler


Para muchos venezolanos que tuvieron que abandonar el país, ver a Delcy Rodríguez reunida con Trump puede provocar sentimientos difíciles de explicar.

No necesariamente por la fotografía en sí, sino por todo lo que representa, mientras dos gobiernos hablan de petróleo, inversiones, deuda, seguridad y reconstrucción, hay venezolanos que todavía esperan saber cuándo podrán regresar a su casa. Hay familias separadas. Hay personas que llevan años construyendo una vida lejos de Venezuela mientras esperan una oportunidad para volver.

La oposición venezolana también ha cuestionado el rumbo de la transición, María Corina Machado, quien permanece fuera del país, intentó regresar desde Panamá en al menos tres oportunidades durante la última semana, según informó su equipo. En total, sus colaboradores hablan de varios intentos frustrados desde que salió de Venezuela.

Y mientras ella intenta regresar, Rodríguez llega a Nueva York para representar internacionalmente a Venezuela.

La imagen, por sí sola, abre una pregunta que incomoda: ¿qué lugar ocupa el ciudadano venezolano en esta transición?


¿Democracia o petróleo?


La discusión se vuelve todavía más compleja cuando aparece el petróleo, Venezuela posee enormes reservas de crudo y la recuperación de su industria energética es uno de los principales ejes de las negociaciones actuales.

Durante la visita de Rodríguez a Nueva York se discutieron acuerdos energéticos, reestructuración de deuda y minería, mientras avanzan conversaciones con organismos como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo.

Estados Unidos también avanzó en acuerdos que le permiten tener un papel mucho mayor en la industria petrolera venezolana. Reuters informó que las negociaciones incluyen acuerdos energéticos y mecanismos para reactivar una industria devastada durante años de crisis.

Y entonces aparece otra pregunta inevitable: ¿Dónde queda la transición democrática cuando el petróleo vuelve a ocupar el centro de la conversación internacional?

Porque Venezuela no necesita solamente producir más petróleo. Necesita recuperar instituciones, elecciones, seguridad jurídica, oportunidades y confianza. Necesita que quienes se fueron puedan imaginar un regreso. Necesita que quienes se quedaron puedan pensar en un futuro diferente.

El petróleo puede financiar una reconstrucción. Pero no puede reemplazar una democracia.


La paradoja de Diosdado Cabello


En Caracas, Diosdado Cabello defendió la presencia de Rodríguez en Nueva York y presentó su participación en la Asamblea General como un logro diplomático.

Pero el nombre de Cabello también forma parte de otra historia. En marzo de 2020, el Departamento de Justicia de Estados Unidos anunció cargos contra él por conspiración para cometer narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína y delitos relacionados con armas. Son acusaciones formuladas por la Justicia estadounidense, no una condena judicial.

En enero de 2025, el Departamento de Estado estadounidense elevó a hasta 25 millones de dólares la recompensa por información que condujera a su arresto o condena. Washington lo acusa de haber participado en una conspiración de narcoterrorismo vinculada al denominado Cartel de los Soles.

La paradoja resulta difícil de ignorar, el mismo espacio político que durante años enfrentó a Washington hoy negocia con Washington. Quienes fueron señalados como parte del problema ahora participan de conversaciones sobre cómo reconstruir Venezuela.


La ONU y el giro de Delcy Rodríguez


La Asamblea General de Naciones Unidas tiene un enorme valor simbólico, es el lugar donde los países se sientan a hablar como Estados, incluso cuando mantienen profundas diferencias. Por eso la presencia de Rodríguez no debería interpretarse automáticamente como una validación democrática de su gobierno.

Su participación demuestra que existe un canal diplomático abierto. Pero la legitimidad democrática se construye de otra manera. Se construye con ciudadanos votando. Con instituciones funcionando. Con elecciones competitivas. Con garantías para la oposición. Con libertad para participar. Con la posibilidad de que quien gobierna pueda ser reemplazado por decisión de los ciudadanos.

Y justamente en ese escenario apareció una de las novedades más importantes de esta semana.

Rodríguez volvió a hablar ante la ONU, pero esta vez su discurso fue muy diferente al que había pronunciado en ese mismo foro en 2019. Entonces, como vicepresidenta de Nicolás Maduro, defendía a Venezuela frente a Estados Unidos y afirmaba que representaba a una Venezuela que no se arrodillaba ante ningún «poder imperial».

Siete años después, volvió al mismo atril y comenzó su discurso agradeciendo al presidente estadounidense «por su disposición a tomar el camino de las relaciones diplomáticas y la cooperación«.

«En Venezuela habrá elecciones«, aseguró Rodríguez ante la Asamblea General. Dijo que su gobierno había iniciado un diálogo político con sectores de la oposición para avanzar hacia un proceso en igualdad de condiciones. Sin embargo, no anunció una fecha y sostuvo que será el pueblo venezolano el que determine «el momento correcto».

La promesa modifica el discurso, pero deja abierta la pregunta central: ¿cuándo?

Porque anunciar que habrá elecciones no equivale todavía a convocarlas. Tampoco responde cómo serán, qué garantías tendrán los distintos sectores políticos, quién supervisará el proceso o cuándo los venezolanos podrán efectivamente volver a las urnas.


¿Cuánto puede durar una transición sin elecciones?


El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, habló en Nueva York de un proceso de transición política y reconciliación, y señaló que Washington busca que los venezolanos que viven en el extranjero puedan recuperar la confianza necesaria para regresar y reconstruir lo que perdieron.

La frase contiene una promesa enorme, porque Venezuela tiene una diáspora gigantesca. Pero para quien emigró, regresar no significa solamente comprar un pasaje.

Significa creer que podrá vivir tranquilo. Que podrá trabajar. Que sus hijos tendrán oportunidades. Que podrá opinar sin miedo. Que las instituciones funcionarán. Que las reglas no cambiarán según quién tenga el poder.

Y, sobre todo, significa creer que el país que dejó atrás todavía puede convertirse en un lugar al que valga la pena regresar.

La pregunta es cuánto tiempo puede durar una transición sin una fecha clara para que los venezolanos vuelvan a decidir mediante el voto.

La presidencia de Donald Trump tiene, por mandato constitucional, un horizonte que llega hasta enero de 2029. El interrogante es si en ese período alcanzará a producirse una transición que termine en elecciones competitivas y en un gobierno surgido de las urnas, o si Venezuela seguirá atrapada en una etapa provisoria cuya duración nadie puede precisar.


Un país esperando volver a empezar


Hay algo que puede quedar relegado en medio de las negociaciones en Washington, las reuniones en Nueva York y el interés por el petróleo venezolano:,detrás de todo eso hay un país y, sobre todo, hay millones de personas.

Venezuela no se reduce al petróleo ni a los nombres que hoy ocupan el centro de la escena política. Tampoco a quienes toman decisiones desde el poder o desde fuera del país.

Está la Venezuela de quienes se quedaron y la de quienes tuvieron que irse. La de quienes cruzaron una frontera con una valija, dejaron atrás una casa, un trabajo o a su familia y aprendieron a construir una vida lejos, aun cuando nunca dejaron de pensar en volver.

Por eso, una fotografía como la de Donald Trump y Delcy Rodríguez puede despertar tantas lecturas entre los venezolanos. Para algunos puede representar una señal de que algo comienza a moverse. Para otros, puede ser otra imagen de dirigentes y gobiernos negociando sobre el futuro de un país cuya población lleva años esperando recuperar la posibilidad de decidir.

La economía puede recuperarse, la producción petrolera puede crecer y pueden volver las inversiones. Todo eso será importante para reconstruir Venezuela.

Pero ninguna de esas cosas reemplaza una cuestión esencial, que los venezolanos puedan elegir y que su decisión sea respetada.

Después de tantos años de crisis, exilio y espera, quizás el verdadero desafío no sea solamente cómo reconstruir la economía venezolana, sino cómo devolverle a su gente la posibilidad de decidir qué país quiere construir.


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