Huyó de la guerra y fue repartidor de fruta, productor, constructor y docente, pero encontró su lugar en el riego y la defensa de heladas
Sergio Leonardo Cisint llegó de Italia a los 14 años y se estableció en Villa Regina junto a su familia. Mientras su padre trabajaba en las chacras él estudiaba y cuando podía repartía fruta en Santa Rosa, La Pampa. Así se recibió de Ingeniero Mecánico y Electricista. Aunque compró una chacra, la producción no era lo suyo y, luego de incursionar en varios rubros, terminó fundando una empresa dedicada al riego y control de heladas.
Hay historias que empiezan a escribirse antes del nacimiento, y la de Sergio Cisint puede resultar un claro ejemplo de esta afirmación. Sergio nació en Bordighera, en el norte de Italia, en una región donde las fronteras no eran una abstracción, sino una marca concreta sobre la vida cotidiana. Tanto, que su propia madre cruzó una línea geográfica para que su hijo naciera bajo una determinada nacionalidad.
“Por esa maldad del hombre que son las fronteras, mi madre cruzó una línea para que yo sea italiano”, dice con una mezcla de ironía y convicción.
La Segunda Guerra Mundial atravesó de lleno su infancia. Su padre y su madre estuvieron en campos de concentración en Alemania. Él, separado, creciendo entre ausencias. “Mi padre estuvo cuatro años y medio en un campo de concentración. Por eso decidió venir a la Argentina: no quería que su hijo empuñara un fusil”.
Ese fue el punto de partida. El 1° de abril de 1948, con apenas 14 años, Sergio llegó a Villa Regina. No hubo escalas simbólicas: de la Europa devastada a una Patagonia en construcción.
El destino no fue azaroso. Una red familiar, con una tía que ya estaba instalada en la ciudad, hizo posible el viaje, en un contexto donde muchos inmigrantes llegaban bajo ese sistema. “En ese momento había un orden de salida desde Italia, y cuando un familiar pagaba el pasaje te podías venir a la Argentina”, recuerda Cisint.
Una zona productiva con gran potencial
Lo que encontró fue una región con potencial, pero todavía en formación. Su padre, sin experiencia en el campo, se insertó como medianero. “Mi papá no tenía nada que ver con la fruticultura, pero se metió a trabajar en la chacra”, cuenta Sergio a Río Negro Rural.

Primero, junto a un primo, se hicieron cargo de la chacra del tío de Sergio, como medianeros. El esquema era claro y un clásico en esa época, con 60% para el dueño y 40% para quien trabajaba la tierra. “No era tirar manteca al techo, pero con ese 40% de la producción se podía vivir”, recuerda.
“Mi papá no tenía nada que ver con la fruticultura, pero se metió a trabajar en la chacra”.
Sergio Cisint, Cirtec, Villa Regina.
Después de un año de trabajo pudo pagar los pasajes que los habían traído de una Italia tumultuosa, y pasó a trabajar en una chacra de la 2da. Zona también como medianero.
Estudiar como obsesión y trabajar como necesidad
Mientras su padre construía un lugar en la producción, Sergio empezó a construir el suyo en la educación. Ingresó a una escuela técnica recién creada en Regina, en un formato experimental. “Era un invento del momento, para formar operarios prácticos, un oficio”, dice sobre esa experiencia.
Pero pronto entendió que ese camino no alcanzaba para lo que buscaba y se fue. Rosario, Bahía Blanca, idas y vueltas, errores y aprendizajes. El final de ese viaje fueron los títulos de Ingeniero Mecánico y Electricista.
“No había alguien que me marcara el camino. Perdí tiempo con la monotécnica porque eso no servía para estudiar ingeniería”, cuenta hoy a la distancia de ese período de su vida.
“Nunca me interesó la producción en sí, me interesó salvarla”.
Sergio Cisint, Cirtec, Villa Regina.
Detrás de ese recorrido había una tensión constante: el esfuerzo de sus padres y su propia decisión de estudiar. “No podía entender cómo trabajaban todo el día para que yo estudie. Pasé poco tiempo con ellos, primero por los campos de concentración, y después porque trabajaban mucho”.
Antes que ingeniero, fue chofer, comerciante y buscavidas. Desde muy joven manejó camiones, compró fruta, la vendió y recorrió rutas que hoy parecen impensadas para alguien de su edad en ese momento. “A los 17 años manejaba un camión, vendía peras, manzanas, ciruelas, iba a Santa Rosa, descargaba y volvía. Dos viajes por semana”, señala sobre su actividad en su años mozos.
Los viajes desde el Alto Valle hasta La Pampa eran una constante. No era el único. Había una generación de jóvenes que hacía lo mismo. “Éramos tres o cuatro camiones de Regina, todos jóvenes”, cuenta Sergio.
Ese circuito le permitió sostener sus estudios. “Un porcentaje de mi carrera lo pagué así, manejando y vendiendo fruta”.
La chacra familiar: pequeña escala, alta intensidad
En 1955 llegó un hito familiar: la compra de una chacra propia. Cuatro hectáreas y media. Nada extraordinario en tamaño, pero sí en dedicación. “La compré para darle el gusto a mi madre de tener su lugar”, recuerda.
La chacra estaba armada, pero no era eficiente. Había mezcla de variedades, sistemas antiguos y poca lógica productiva. “Había variedades que no funcionaban, las arrancamos y plantamos de nuevo, sobre todo Abate Fetel”.
Se incorporaron sistemas más modernos: espaldera, plantaciones intensivas, mejoras en riego. “No había nada sin plantar. Era todo producción”, cuenta.
Los resultados llegaron. “Pasábamos los 200 mil kilos. Para esa superficie era un récord en ese momento”. Aun así, Cisint nunca se asumió como productor tradicional: “No era el objetivo vivir de la chacra”.
El salto: de la chacra a la industria
Su inquietud siempre lo llevó a incursionar en otros terrenos. Estructuras metálicas, construcción, más tarde innovación aplicada. “Empecé con estructuras, galpones, tinglados. Llegué a tener mucho personal”, agrega.
No era un crecimiento menor: alrededor de 80 personas trabajando en distintos proyectos. También hubo obras fuera de la región. “Hicimos estructuras grandes, incluso en Rosario, en fábricas importantes”. Pero incluso en ese crecimiento, su mirada seguía conectada con la producción.
El riego y la defensa contra las heladas: una visión adelantada
En aquel momento Cisint entendió algo antes que muchos: producir no alcanza si no se protege. “Había que defender la producción”. Así comenzó a desarrollar sistemas de riego por aspersión, especialmente orientados a la defensa contra heladas. “Tenía la idea que para defender necesitábamos mucha agua y generar una lluvia constante cada 30 segundos”.
Sin acceso a grandes desarrollos tecnológicos, se apoyó en la observación, la lectura y la adaptación. “Vi una foto en una revista y a partir de eso desarrollé mis propios aspersores de doble tobera”. Ese trabajo permitió cubrir hectáreas en una época donde el riego aún no estaba extendido.
“Regina fue la zona que más riego tenía en los años ‘70, pero no era eficiente todavía”, recuerda.
Docencia, conocimiento y transmisión
En paralelo a su actividad productiva, Cisint fue docente universitario. Daba clases de metalurgia y termodinámica, viajando cientos de kilómetros hasta Challacó, en Neuquén. “Hacía 200 kilómetros por caminos de tierra para ir a enseñar”.
Ese compromiso con el conocimiento también se trasladó a su familia. Su hijo continuó el camino, desarrollando sistemas de riego en grandes superficies productivas. “La semilla estaba, él la siguió”, dice Sergio sobre su hijo Alejandro. Hoy, esos sistemas alcanzan cientos de hectáreas por año, en un modelo mucho más tecnificado.
Una vida que no se define en una sola etiqueta
Sergio fue productor, transportista, técnico, empresario, docente. Su búsqueda nunca estuvo centrada en una actividad, pero sí en una idea que lo movilizaba: “Nunca me interesó la producción en sí, me interesó salvarla”.
Y esa frase sintetiza su recorrido: alguien que no se conformó con hacer, sino que también quiso entender y mejorar.
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