La mujer que impuso su sello en la ganadería bovina de la Patagonia: «Esto es mi vida»
En cabaña Santa Elena, en el valle de Sarmiento en Chubut, Nora Baltuska y su familia trabajan incansablemente para lograr los mejores ejemplares Hereford y Angus en un ambiente de inviernos rigurosos y donde predomina el viento. Genética, bienestar animal y cuidado del recurso suelo, los ejes que guían su labor.
En el competitivo escenario de la 38° edición de la Fiesta Provincial del Ternero, la cabaña Santa Elena, ubicada en Sarmiento, Chubut, volvió a dejar su sello.
Con una destacada participación en la jura, el establecimiento conducido por Nora Baltuska obtuvo el premio al Mejor Ternero de la exposición, el lote Gran Campeón Cruza o Careta y un primer premio y campeón con unas terneras Hereford, consolidando un trabajo silencioso pero sostenido que desde hace años viene ganando reconocimiento en la Patagonia.
Detrás de esos premios no hay casualidad. Hay selección genética, manejo diario, mucha pasión por la actividad y una filosofía de trabajo profundamente ligada al bienestar animal y al cuidado del suelo. “Para mí no es solamente un trabajo, es una forma de vida”, resume Nora Baltuska, ingeniera agrónoma y referente de una nueva generación de productores patagónicos que combina tradición familiar, tecnología y una mirada moderna sobre la producción ganadera.
Una historia familiar que comenzó hace más de un siglo
La historia de Santa Elena está íntimamente ligada al desarrollo ganadero del valle de Sarmiento. Los bisabuelos de Nora, con su abuelo muy pequeño, llegaron desde Lituania a comienzos del siglo XX y se asentaron inicialmente en las zonas de meseta y cerros que rodean el valle. La actividad ganadera comenzó con la producción ovina, continuó con la lechería y finalmente se afirmó definitivamente con la ganadería bovina.

“Mi bisabuelo llegó en 1902 a la zona de Sarmiento a hacer ganadería ovina. Mi abuelo tenía dos años cuando vinieron a la Argentina y después mi papá fue quien hizo el paso definitivo hacia la producción de carne”, cuenta.
Hoy la familia mantiene un rodeo puro registrado y puro de pedigrí en Hereford y puro controlado Angus, trabajando tanto la cabaña como la cría comercial. Todos los animales del establecimiento tienen registro y forman parte de un sistema de selección permanente. “Nosotros hacemos vacas de cría y además tenemos la cabaña. Hay una parte de la hacienda que va a invernada y otra que, luego de la selección, termina siendo parte de la cabaña”, explica Nora.
El regreso al campo y la construcción de un proyecto propio
Aunque desde chica estuvo vinculada a la actividad, Nora estudió agronomía en La Plata y regresó a Sarmiento en 2005. Allí comenzó a involucrarse de lleno en la selección genética y en el manejo productivo del establecimiento. “Siempre tuve claro que quería una actividad al aire libre. Nunca me imaginé encerrada en una oficina”, recuerda.
Con el tiempo fue incorporando nuevas líneas de trabajo. Bajo su conducción se desarrolló el plantel puro de pedigrí y también se incorporó la raza Angus, que viene creciendo en la Patagonia.
“En algunos ambientes el Angus funciona muy bien y en otros quizás no tanto por una cuestión de manejo y carácter. Acá, como trabajamos mucho con pastoreo rotativo y bienestar animal, no tenemos problemas”, señala.
Desde 2020 también se sumó al campo ya de manera definitiva su marido, quien dejó la actividad petrolera para integrarse al proyecto familiar. Un cambio que coincidió con la crisis que atraviesa la cuenca petrolera de la región.
Producir en un ambiente marginal
La ganadería en Sarmiento no se caracteriza por ser una tarea fácil. El clima riguroso con inviernos intensos, el viento que sopla de manera casi permanente y un sistema de riego precario obligan a maximizar cada recurso disponible.
“Las obras de riego quedaron inconclusas desde la década del 60. Hay canales, pero no existe todo el sistema de drenaje y muchas veces cada productor termina haciendo lo que puede con recursos propios”, describe la productora.
A eso se suma un contexto económico complejo para la región, históricamente ligada al petróleo. “La salida de YPF y el movimiento de muchas empresas hacia Vaca Muerta impactó muchísimo. Hay menos trabajo, menos consumo y eso también termina afectando al sector”, explica.
Sin embargo, lejos de desalentarla, las dificultades parecen potenciar su compromiso con la producción. “Yo veo una vaca pariendo o una camada que se desteta y soy feliz. Si tengo que ir a trabajar a la manga no me importa si llueve, nieva o hay viento. Lo disfruto muchísimo”, afirma Nora.
Eficiencia, medición y manejo regenerativo
Aunque Santa Elena es un establecimiento mediano conformado por unas 320 madres y alrededor de 30 a 35 toros preparados por año para venta, la búsqueda de eficiencia es permanente. “Tratamos de medir todo. Si uno no mide, no sabe sobre qué trabajar ni qué decisiones tomar”, sostiene Nora.
Ese seguimiento les permitió alcanzar este año 73 kilos de producción por hectárea en cría, un número que la productora destaca especialmente considerando la sequía y las limitaciones de riego que enfrentaron. “Es un valor que me pone recontra orgullosa. Venimos trabajando hace mucho con pastoreo rotativo y haciendo más eficiente el campo”, explica.
Aunque evita definirse como “fundamentalista” de alguna corriente productiva, reconoce tomar numerosos conceptos del manejo regenerativo. “No me caso con ningún sistema. Trato de rescatar lo que sirve para nuestra zona y aplicarlo. Cuidamos muchísimo el suelo porque entiendo que es nuestro principal capital”, explica.
En ese esquema, las vacas deben adaptarse al ambiente y no al revés. “La vaca madre tiene que pasar el invierno con el recurso que le da el campo. Si necesito suplementarla constantemente, entonces esa vaca no funciona en mi ambiente”, sostiene.
Bienestar animal como filosofía de trabajo
Uno de los pilares de Santa Elena es el bienestar animal. Una filosofía que atraviesa desde el manejo diario hasta la selección genética. “No usamos palos ni picanas eléctricas. Trabajamos respetando a los animales porque además eso nos permite trabajar de forma más segura”, explica.
La mansedumbre forma parte de la selección y tiene impacto directo en la productividad. “El animal tranquilo come mejor, convierte mejor y además minimiza riesgos para la gente que trabaja en el campo”, asegura.
En la cabaña incluso muchas tareas se realizan caminando, sin necesidad de caballo. “Las vacas de pedigrí muchas veces las juntamos de a pie. Ya están acostumbradas al manejo y reaccionan de otra manera”, cuenta.
Una mujer en un ambiente históricamente masculino
En un sector tradicionalmente dominado por hombres, Nora reconoce que todavía son pocas las mujeres dedicadas de lleno a la ganadería, aunque asegura sentirse plenamente integrada. “Mi familia siempre me dio el lugar para ocupar este espacio. Nunca me dijeron que no”, destaca.
También resalta el clima de compañerismo que existe dentro del sector. “Hay mucho respeto, mucho valor de la palabra. Nosotros para ir a Choele Choel viajamos junto con otras cabañas y hacemos equipo”, comenta.
Pensar siempre en lo que viene
Lejos de conformarse con los premios obtenidos, en Santa Elena ya piensan en nuevas inversiones y mejoras. El objetivo ahora es aprovechar perforaciones y bombas solares para implementar nuevos sistemas de riego adaptados a la ganadería. “Uno nunca termina. Siempre aparece algo para mejorar: una manga, una balanza, un electrificador o una nueva forma de distribuir el agua”, dice Nora.
Y mientras los reconocimientos llegan desde distintas exposiciones y remates de la región, en el establecimiento Santa Elena mantienen intacta la misma filosofía que los trajo a este presente: trabajar seriamente en cada jornada, mucha pasión por la genética y una profunda convicción de que la producción ganadera puede crecer sin perder de vista el respeto por los animales y el ambiente.
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