Perdió la vista por el glaucoma y hoy compite en aguas abiertas en Río Negro: la historia de Laura

La nadadora de Cipolletti recibió el diagnóstico en 2016. Su hijo quedó ciego a los seis años por la misma enfermedad. Con su ejemplo, la mujer se reinventa y fluye junto a la corriente del emblemático río de Neuquén, el Limay. “Volver a nadar me llevó a encontrarme conmigo misma”, aseguró.

Por Elena Egea

La primera vez que Laura Mancilla se lanzó a nadar en aguas abiertas, después de perder la visión, tuvo “una sensación medio extraña”. “Corajuda”, se tiró y continuó. “Salí derecho, nadé, nadé y de repente me sentí sola”, contó. Su pareja y guía, Pablo, se había quedado atrás. Se dijo a sí misma: “No me voy a ahogar porque voy a flotar”. Aquella primera experiencia no desalentó a la mujer de Cipolletti, Río Negro. Si ya le había hecho frente al glaucoma, no iba a dejar que un susto la detenga.


Laura siempre tuvo una conexión especial con el agua. De chiquita su abuela la apodó “Patito” y se le quedó. Así la llaman sus amigos y su familia. Cuando perdió por completo la vista, esa conexión se exacerbó. “Volver a nadar me llevó a encontrarme conmigo misma”, aseguró. Este sábado cuatro de abril participó del Desafío Los Alerces, junto al grupo Locos por el Agua Fría (LAF), recorriendo 1.500 metros en lago Futalaufquen, en Chubut.

El momento del diagnóstico de glaucoma y la ceguera: «Fue tremendo»



El diagnóstico llegó en 2016, cuando Laura tenía 34 años. “Fue tremendo. El glaucoma es como abrir una ventana todos los días y ver un bosque. Vos al bosque lo ves lindo, ves sus colores, ves la forma de las hojas, los árboles, algún pájaro. Vas abriendo la ventana todos los días y ves que ya no alcanzas a distinguir las hojas, ya no alcanzas a ver el pajarito, el color se va borrando”, explicó. El ambiente, de a poco, se va distorsionando. “Querés seguir haciendo un montón de cosas. Te decís: ‘voy a seguir, yo puedo, la vida continúa’. Pero es muy complicado. Me ha costado mucho adaptarme y enfrentarlo”, confesó.


La nadadora de Cipolletti siempre hizo actividad física. Le encantaba ir a Zumba y bailar, hasta que todo se comenzó a apagar. “De repente no veía el profesor, sus movimientos, pero Alejandro Madariaga se adaptó. Se ponía luces en las muñecas y en las manos. Yo lo notaba y lo pude seguir haciendo dos años más”, relató.


En 2023, Laura perdió por completo la visión. El momento de aceptar que tenía que usar un bastón fue duro para “Patito”. “Me empezaba a chocar con las cosas, a tropezarme con alguna silla en el camino”, contó. Incluso todavía hoy se resiste, aunque lo intenta: “Me cuesta el salir todavía. Me da miedo caerme, me da miedo tropezarme, pero sé que tengo que salir. Voy despacio, voy tranquila, con mis tiempos”.


Pese a que el diagnóstico fue un shock, Mancilla conocía el glaucoma de cerca. Fue mamá a los 18 años y su primer hijo padeció la enfermedad en sus primeros años de vida. “Quedó ciego a los seis años. Tuve que luchar con él en el Garrahan mucho tiempo”, recordó.


Sin embargo, no se imaginó que le iba a tocar a ella después de tanto tiempo. La fuerza de su hijo a tan temprana edad, fue un ejemplo para atravesar su propia experiencia. “Él hace su vida, incluso no vive acá, vive en Buenos Aires. Trabaja en el call center del Banco Nación, ahí en la Red Link”, comentó y orgullosa expresó: “Es un genio, yo lo admiro un montón, porque él no ve desde los seis años y se adaptó. Tiene una fortaleza terrible. Cuando me pasó a mí me dijo: ‘Mamá, si yo pude, por qué vos no’”.


El agua, el cable a tierra de Laura, la mujer de Cipolletti


Laura comenzó a nadar a los 14 años en un Centro de Educación Física (CEF), pero luego dejó de ir a entrenar. En 2023, el mismo año en que perdió la vista, decidió retomar. Se anotó en un taller de natación para personas ciegas y volvió a tirarse a la pileta. Poco después, en enero de 2024, unos amigos la motivaron a participar de un triatlón. Reconoció que fue una maniobra arriesgada lanzarse al río sin mucha preparación, pero no se arrepiente.


Allí se reencontró con ella misma y, además, la cobijó un grupo de apoyo: “Locos por el Agua Fría”. Marcelo Ruiz Díaz, profesor y pareja de Sonia Díaz, la fundadora del grupo, la vio y la invitó a sumarse. “Ahí empecé a nadar en el Río Grande, en aguas abiertas, ya con tips. Me acompañó mi marido y empezamos a nadar juntos. Nos enseñaron referencias de cómo él podía guiarme en el agua”, comentó y agradeció al equipo por incluirla: “Siempre están ahí para mí”.


Desde entonces, “Patito” fue sumando retos. Completó varios triatlones, representó a Río Negro en la Para Araucanía de La Pampa y al año siguiente, en 2025, volvió a participar, esta vez en Punta Arenas. También se fue animando a pruebas de larga distancia y aguas frías. Superó los 1.500 metros en el Desafío Los Alerces, en el lago Futalaufquen, con aguas que rondaban los 13°.

Laura Mancilla junto a Mayte Puca, la ganadora de aguas gélidas. (Foto: Gentileza).


Para ese proyecto, entrenó con traje de neoprene. No fue una tarea sencilla. La tela le cubría hasta el cuello, le anulaba el tacto y se sentía asfixiada. “Tuve la sensación de que me ahogaba, fue horrible”, recordó sobre esa primera experiencia. Una vez más, Laura confrontó a sus miedos y siguió adelante, enfrentándose a trayectorias más largas y a temperaturas más bajas. Pretende regresar a Futalaufquen para superar su marca anterior y recorrer los 3800 metros. Además, sueña con adentrarse a mar abierto, como la prueba de Caleta Olivia.


En febrero nadó 16 kilómetros en el Limay, una actividad organizada por Juan Oliver. Le pareció casi imposible al principio, pero en cada kilómetro sus sentidos la hacían volver a “ver” la belleza del emblemático río de Neuquén. “Empecé a nadar y me lo iba imaginando. Recordaba cómo era la Isla Verde, cómo era el paso por la Herradura. Sentía los olores y me iba imaginando los costados. En un momento sentí el humo de la gente que estaba preparando su asado, que estaba acampando. Lo iba proyectando todo en mi cabeza. Fue lindo”, relató.


El agua y la actividad física la estimulan, exacerban sus sentidos, la hacen sentir viva y la reconectan con los juegos de la infancia: bailar, nadar en el río, andar en bici en la plaza. Por eso, anhela subirse, otra vez, sobre dos ruedas, en realidad sobre cuatro ruedas. Junto a su pareja, compraron una bicicleta tándem para salir juntos y están a la espera de que llegue. “Cuando yo veía, andaba mucho en bici. Estoy emocionada de volver a hacerlo. Quiero sentir el aire en la cara, escuchar los ruidos, los autos”, comentó ansiosa.


Hoy a sus 44 años, además de entrenar casi a diario, Laura sigue trabajando vinculada a trámites comerciales: asesora a vecinos y comercios desde un estudio contable, gestionando licencias, renovaciones y bajas. Sin embargo, se ha visto limitada por el glaucoma y la ceguera. Busca reinventarse, tal vez con un curso de masajes u otra actividad que le permita sostener su autonomía.


Entre esas dudas, el agua se mantiene como su cable a tierra y su familia es su sostén. Su marido, sus tres hijos y sus amigos han sido un pilar fundamental para atravesar la enfermedad. “Mis hijas son mis compañeras de vida, se adaptan a mí, son las que me agarran la mano y me dicen: ‘mamá, vamos’, y me llevan”, afirmó. Aún no le resulta fácil aceptar que perdió la vista, pero con todo ese grupo de apoyo, sabe que estará bien: “No es que todavía lo haya superado del todo, porque no sé si lo superaré, aunque seguro que sí, en algún momento. Mientras tanto, dejo que el agua me lleve”.

Laura y Pablo, su marido y guía en el agua. (Foto: Gentileza).

Locos por el Agua Fría: el grupo que abraza a “Patito” en el río Limay


Locos por el Agua Fría (LAF) nació de la pregunta: “¿Por qué disfrutar del río solo en verano si se lo puede habitar todo el año? Desde Neuquén, Sonia “Chony” Díaz, profesora y guardavidas, y Andrea Fuentes, nadadora y kayakista, crearon este grupo gratuito de natación en aguas abiertas que recorre el Limay, el Neuquén y el lago Pellegrini, incluso en los meses más fríos.


En el último tiempo sumaron, también, encuentros para nadar de noche en luna llena, con aletas, boya y linterna, siempre con foco en la seguridad.


Pero el sello de LAF no es solo el agua helada: es la inclusión. Allí se mezclan nadadores experimentados con principiantes que cruzan el río por primera vez, personas que buscan un cambio de rumbo en su vida, en algunos casos para dejar atrás consumos problemáticos; y deportistas con discapacidad que encuentran un espacio de pertenencia.


“El agua no distingue miradas, solo siente presencias. Incluir a personas ciegas es abrir el corazón a nuevas formas de sentir: guiar con la voz, acompañar con confianza, compartir la inmensidad del agua desde otros sentidos. Es entender que ver no siempre es con los ojos, sino con el alma”, reflexionó Andrea.

Junto a los “Locos por el Agua”, tras la travesía en lago Futalaufquen.


En ese contexto llegó Laura Mancilla, “Laurita” o “Patito” para el grupo. Desde el primer día se integró a las travesías, los entrenamientos y los viajes. “Es muy jodona, muy sociable, le gusta participar de las actividades; es más, hay que frenarla a veces para que afloje un poco al nado”, contó Chony.


Para ella y para todos en LAF, Laura y Pablo, su marido y guía en el agua, se volvieron una dupla emblemática. “Tenemos la plena confianza de que ella, cuando arranca una carrera, aunque el clima o el recurso natural esté un poco difícil, lo logra y lo termina”, remarcó la profesora. “Laurita es una genia, todo lo que se propone lo logra. Pablito, su marido, un gran guía”, añadió Andrea.


Entre luna llenas, risas, pizzas post-nado y charlas donde también se comparten miedos y procesos, Locos por el Agua Fría se convirtió para Laura en algo más que un grupo de entrenamiento: es una comunidad que la abraza cada vez que se tira al río.


La primera vez que Laura Mancilla se lanzó a nadar en aguas abiertas, después de perder la visión, tuvo “una sensación medio extraña”. “Corajuda”, se tiró y continuó. “Salí derecho, nadé, nadé y de repente me sentí sola”, contó. Su pareja y guía, Pablo, se había quedado atrás. Se dijo a sí misma: “No me voy a ahogar porque voy a flotar”. Aquella primera experiencia no desalentó a la mujer de Cipolletti, Río Negro. Si ya le había hecho frente al glaucoma, no iba a dejar que un susto la detenga.

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