Un estudio de Bariloche reveló cómo los nidos de chaquetas amarillas, cuando mueren, crean “islas de fertilidad”

Una investigación realizada por tres biólogas reveló que, tras la muerte de las colonias de chaquetas amarillas, sus nidos subterráneos se descomponen y generan “islas de fertilidad”, con más carbono, nitrógeno y fósforo que favorecen el crecimiento de las plantas. El estudio fue publicado en la prestigiosa revista estadounidense Ecology.

Por Lorena Roncarolo

Vista interna del nido. Se observan las celdillas con huevos, larvas, pupas y avispas adultas muertas. Foto: gentileza

«Lo que a simple vista parece solo un nido muerto de chaquetas amarillas puede convertirse en un pequeño laboratorio natural donde se activan procesos invisibles pero fundamentales para el funcionamiento del ecosistema«. Así lo determinó un estudio que nació en el Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (Inibioma) que depende del Conicet y la Universidad Nacional del Comahue, en Bariloche.

El informe concluyó que la descomposición de las colonias de las chaquetas amarillas aumenta la disponibilidad de nutrientes del suelo, creando «islas de fertilidad» que favorecen el crecimiento de las plantas. Fue publicado por la prestigiosa revista estadounidense «Ecology».

Las chaquetas amarillas, avispas sociales invasoras que abundan en la Patagonia, construyen sus nidos bajo tierra, pero al final de la temporada, cuando las colonias alcanzan el mayor tamaño, mueren. ¿Qué pasa entonces con ese material? Fue la pregunta disparadora que impulsó el grupo multidisciplinario conformado por tres biólogas: Marina González Polo, especialista en suelos, María Noelia Barrios García, especialista en especies invasoras y Sabrina Moreyra que estudia desde hace muchos años aspectos comportamentales y ecológicos en las chaquetas amarillas.

En Bariloche y la región hay dos especies de chaquetas amarillas que, a nivel morfológico y de comportamiento, son parecidas. Las reinas fundadoras de ambas especies construyen sus nidos en primavera y, al final del otoño, esas colonias mueren.

Vista externa del nido. La cobertura es elaborada con papel que fabrican las chaquetas al mezclar fibras de madera (celulosa) con saliva y agua. Foto: gentileza

«En temporadas muy exitosas, las colonias pueden alcanzar entre cientos y miles de individuos y los nidos suelen tener el tamaño de una pelota de fútbol. Al final de la temporada, los nidos mueren«, detalló Moreyra, investigadora adjunta del Conicet en el Inibioma. Ese nido, especificó esta doctora en Biología, está elaborado con papel que elaboran las mismas chaquetas, a partir de fibras de celulosa, saliva y agua.

«Maceran esa celulosa y hacen una especie de papel maché. Cuando las colonias mueren al final de la temporada, queda ese nido de papel con las avispas en distintos estadíos en su interior. La pregunta original fue ¿qué pasa en el suelo con ese material orgánico que queda? Así nació este experimento«, comentó Moreyra.

El esquema que representa cómo son los nidos subterráneos. Foto: gentileza

En el verano, las investigadoras salieron a buscar nidos activos. Localizaron 33 colonias subterráneas en la zona del Arroyo Casa de Piedra al oeste de Bariloche que fueron señalizadas. El trabajo posterior para encontrar «esos agujeritos» en el suelo no fue sencillo. De hecho, los nidos están a metros de profundidad. No se sabe bien a dónde. «Esperamos el curso natural de las colonias y 16 meses después de la muerte, recolectamos muestras de suelo donde estaban los nidos y del mismo suelo, pero a un metro y medio de distancia. Llevamos las muestras al laboratorio e hicimos análisis para determinar si esta descomposición de materia orgánica resultaba en un aumento de nutrientes», destacó.

Los resultados fueron sorprendentes: el suelo que contenía influencia de las colonias presentaba cantidades significativas de nutrientes y materia orgánica. Arrojaron un 50% más de carbono, un aumento del 200% en nitrógeno y un incremento de más del 500% en fósforo disponible.

En ecología, acotó Moreyra, esos parches son llamados «islas de fertilidad, áreas del suelo donde la concentración de nutrientes y materia orgánica es muy grande en comparación con el área circundante«. Aseguró que funcionan como «verdaderos puntos calientes de la intensa actividad biológica subterránea».

Una nueva pregunta llevó a las investigadoras al próximo experimento: ¿cómo aprovechan las plantas esos nutrientes? Sembraron en macetas semillas de una planta conocida «varilla de oro» (Solidago chilensis), usando los dos tipos de suelos (con y sin influencia de las colonias chaquetas). Después de tres meses, evaluaron el crecimiento de las plantas. «Una vez más, encontramos diferencias muy notables: las plantas que habían crecido en suelos bajo la influencia de colonias eran más altas, desarrollaron raíces más largas y produjeron un mayor número de hojas que las plantas cultivadas en suelos sin influencia de colonias«.

Experimento de invernadero: crecimiento de planta nativa «varilla de oro» en suelos -con y sin nido-. Foto: gentileza

Moreyra destacó que si bien «hay consciencia del impacto negativo de la chaqueta amarilla en nuestra zona, estos procesos nos invitan a mirar las especies desde una perspectiva más amplia. La ecología de las invasiones suele ser compleja y hay efectos -directos e indirectos- que se manifiestan a lo largo del tiempo«.

Diferencias en el crecimiento de una misma planta. Foto: gentileza

Ciclo natural de las avispas

La chaqueta amarilla es originaria de Europa, Asia y el norte de África, pero en las últimas décadas lograron establecerse y expandirse por numerosos países del mundo. Este desembarco está asociado principalmente al transporte.

Durante el verano suelen ser muy abundantes y aparecen con frecuencia cuando quedan restos de comida y olores atractivos.

El temor que generan se debe a sus picaduras que suelen ser dolorosas y pueden resultar peligrosas para personas alérgicas. Sin embargo, no son agresivas y solo pican cuando se sienten amenazadas.

En primavera, con el aumento de la temperatura las reinas que estaban refugiadas durante el invierno salen de sus escondites para fundar una nueva colonia. Cuando lo logran, se abocan a poner huevos a lo largo del verano.

Las forrajeadoras obreras son las encargadas de buscar alimento, agua y fibras de celulosa para reparar y agrandar los nidos.

La reina puede poner hasta 300 huevos diarios. Por eso, el nido crece muy rápido gracias al trabajo cooperativo y coordinado. Y con la llegada del otoño, puede alcanzar el tamaño de una pelota de fútbol, con cientos o miles de avispas activas en su interior.

Tras el apareamiento, los machos -zánganos- mueren y las reinas nuevas se refugian para transitar el invierno. El resto de la colonia muere y en pocas semanas, el nido subterráneo que había albergado miles de avispas activas queda lleno de avispas muertas.



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