Un bálsamo en medio de la peor crisis
ANÁLISIS
Dieter Ebeling DPA
La concesión de uno de los galardones más prestigiosos del mundo le ha llegado a la Unión Europea (UE) en medio de la peor crisis desde su fundación, en 1957, como un bálsamo para el alma de los líderes políticos del bloque, acuciados por los problemas de deuda, la supervivencia del euro y un sentimiento antieuropeísta cada vez mayor. En la actualidad, la paz en Europa parece una obviedad, lo que hace cada vez más difícil entusiasmar a los jóvenes por el proyecto de la UE. Para muchos ciudadanos, a sus 55 años la UE es más bien una especie de prestador de servicios: desde el hecho de poder viajar sin controles fronterizos, hasta contar con una moneda estable, mercados abiertos y la posibilidad de trabajar sin muchos problemas más allá de las fronteras nacionales. Para los críticos, es un monstruo burocrático con funcionarios bien pagados, aunque el número de trabajadores públicos de la UE -55.000- es mucho menor que el de gran parte de sus socios. En la actualidad, el papel pacificador de la UE es más visible fuera que dentro de sus fronteras. Sin ir más lejos, el pasado lunes los ministros de Exteriores debatieron sobre el envío de instructores militares a Mali. La UE está presente también en las negociaciones nucleares con Irán o en la situación de Cercano Oriente. Y en otras ocasiones está con instructores policiales o jurídicos, como asesor militar o al menos como donante de ayuda humanitaria y al desarrollo.