El reloj testigo omnipresente de la vida de Bariloche
El sistema mecánico está resguardado como en un cofre y es cuidado desde hace una década por Pablo Sanz. Conocé la historia del reloj de la torre municipal.
CENTRO CÍVICO
Por Daniel Marzal
dmarzal@rionegro.com.ar
El Centro Cívico es por sí solo una marca distintiva que aporta a la identidad de Bariloche tanto como los bosques y los lagos. Pero su peso icónico no sería tal sin el enorme reloj que señala las horas desde su torre principal.
Testigo omnipresente de protestas sociales, fiestas, competencias deportivas, recitales y hasta terremotos y erupciones volcánicas, el viejo reloj cumple su misión de anotar el tiempo, con infaltable y artesanal perseverancia.
Los cuatro cuadrantes de casi dos metros ilustran sobre el paso de las horas en todos los ángulos posibles. La torre tiene también un ventanuco inferior que se abre a las 12 y a las 18 para mostrar en un lento giro cuatro figuras talladas en madera que pretenden simbolizar a los distintos grupos humanos que forjaron la historia de esta tierra: el aborigen, el cura, el soldado y el campesino.
El reloj no sólo aporta su rasgo particular a la imagen de la ciudad sino también a su paisaje sonoro, ya que la robusta campana que suena en las horas y las medias horas sirve también de referencia para quien no tiene las agujas a la vista y -viento mediante- se deja escuchar desde varias cuadras.
Los trabajadores del municipio, de la policía o de la intendencia de Parques Nacionales (ubicada a unos cien metros), están familiarizados con el sonido y se valen del aviso para poner fin a sus tareas.
Desde hace más de diez años el mantenimiento del reloj está a cargo de Pablo Sanz, quien se ocupa de limpiarlo, repararlo y guiar a eventuales visitantes. Sube a controlar todo un par de veces por semana y en cada ocasión que lo llamen, si la criatura se descompone.
Antes que él y durante más de 20 años, se encargó del tema Jorge Stanoievitch, un inmigrante de origen serbio que quería al reloj como un hijo y fabricó muchas de las piezas y mecanismos que todavía hoy permiten su funcionamiento.
Relojero por herencia familiar, Pablo cuenta que corría el 2003 cuando el ex intendente Alberto Icare fue hasta su local a pedirle ayuda porque el reloj del Centro Cívico se había parado. Poco tiempo antes, la muerte de Stanoievitch había generado un problema con el que no esperaría encontrarse ninguna gestión municipal.
“Yo dije que sí, pero la verdad es que nunca había visto una máquina tan grande. Me tomé un tiempo para estudiarla, para limpiarla, la puse a funcionar y bueno, funcionó. Después sólo fueron ajustes”, resume Pablo.
El reloj es enteramente mecánico y sólo tiene un motor eléctrico que le da cuerda. De otro modo habría que hacerlo en forma manual cada 30 horas, como ocurrió tiempo atrás, cuando el motor se rompió y llevó una semana instalar otro de reemplazo.
Los engranajes, martillos y pequeños ejes son de una aleación metálica especial y casi todos son los originales, con una antigüedad que supera los 80 años.
Pablo asegura que “es una máquina como cualquiera y puede fallar, la perfección en esto es imposible”. El reloj atrasa o un segundo por hora, o tal vez un poco más, que en varios días “suman minutos”. Por eso son indispensables los ajustes.
Un factor que influye mucho son las temperaturas, que endurecen el aceite, además de contraer o dilatan los metales. La torre es helada en invierno y concentra el calor en verano. Para evitar picos de frío, el relojero Stanoievitch instaló un sistema de lámparas.
El artefacto originalmente estaba en el centro del piso superior de la torre, pero las palomas que entraban por las hendijas entorpecían el funcionamiento y fue necesario construirle una vitrina de protección. De un lado está la escalera de acceso y del otro las enormes pesas que descienten por agujeros circulares hasta el piso inferior, donde se encuentra también la tarima giratoria con los “muñecos”.
Desde la máquina salen las varillas de hierro que mueven las agujas de los cuatro cuadrantes y en lo alto remata la campana. Al observar todo el mecanismo es inevitable detenerse en el movimiento perpetuo del péndulo, de unos 170 centímetros, que tiene en su extremo un enigmático búho en bajo relieve.
Pablo dice que cuando sube al reloj le gusta “instalarse”, mirarlo, “pensarlo” y el tiempo se le pasa sin darse cuenta. “Hubo veces que he bajado a las 2 de la mañana -asegura-. Para mí no es un trabajo. Estos relojes no se hacen más y uno establece una relación especial. Cuando no anda bien hay que encontrar una solución. Hay que hacerlo, va más allá de la profesión. La verdad que no lo cambiaría por nada”.
DeBariloche