¿Educamos para adaptarnos al mundo o para transformarlo?
La educación corre el riesgo de convertirse en un espacio donde todo se debate en relación a la demanda productiva.

Qué querés ser cuando seas grande? Es una de las preguntas más recurrentes de la infancia. Y también una de las más importantes. Cuando una niña responde que quiere ser veterinaria, astronauta, maestra o escritora, no está calculando índices de empleabilidad ni analizando demandas futuras del mercado laboral. Está hablando de aquello que la conmueve, la identifica y la entusiasma. Está imaginando un lugar posible para sí misma en el mundo.
Por eso me pregunto si no estamos perdiendo algo importante en algunas discusiones actuales sobre educación.
Cada vez escuchamos con más frecuencia palabras como competencias, habilidades, perfiles, productividad o trabajos del futuro. Sin duda la educación debe preparar para el mundo laboral. Nadie podría discutir la importancia de contar con herramientas que permitan construir un proyecto de vida digno.
Pero la educación nunca fue solamente eso. También fue el espacio donde aprendemos a hacernos preguntas, descubrimos intereses que no sabíamos que teníamos y encontramos ideas, personas y saberes capaces de transformar nuestra manera de comprender la realidad.
Hannah Arendt sostenía que la educación es el punto en el que decidimos si amamos al mundo lo suficiente como para asumir la responsabilidad por él de presentárselo a las nuevas generaciones. No es solamente entrenar para desempeños. Es mostrar que existen la literatura, la historia, las ciencias, el arte, la política y las preguntas difíciles que atraviesan la experiencia humana.
Por eso me preocupa que la educación comience a pensarse exclusivamente desde la lógica de la adaptación. Porque las sociedades necesitan trabajadores, pero también ciudadanos, artistas, científicos, docentes y personas capaces de imaginar aquello que todavía no existe.
Hay una frase de Jacques Lacan que vuelve a mi cabeza cada vez que escucho ciertos debates públicos: uno sabe lo que dice, pero no sabe lo que el otro escuchó. Tal vez por eso muchas veces discutimos utilizando las mismas palabras para nombrar cosas completamente distintas.
Hablamos de libertad, capacidades, prácticas o educación situada, y pareciera que estamos de acuerdo. Pero, cuando intentamos precisar qué significan estas expresiones, descubrimos que detrás de ellas se esconden proyectos de sociedad muy diferentes.
Durante años, cuando hablábamos de educación situada, pensábamos en comunidades, culturas, historias y territorios concretos. Hoy escucho la misma palabra para referir a demandas productivas regionales, perfiles laborales requeridos o necesidades del mercado.
Quizás lo que más me preocupa es que conceptos históricamente vinculados a proyectos emancipadores sean resignificados para sostener lógicas muy distintas. Seguimos hablando de libertad, innovación o capacidades, pero ya no para nombrar los mismos mundos.
La educación corre entonces el riesgo de convertirse en un espacio donde todo parece debatirse en nombre de la adaptación a la demanda productiva y la competitividad, mientras dejamos de preguntarnos para qué educamos, qué tipo de sociedad queremos construir y qué lugar ocupa el deseo en la vida humana.
Porque el capitalismo no elimina el deseo. De hecho, necesita producirlo constantemente. Pero tiende a capturarlo y orientarlo hacia objetos previamente disponibles. Por eso Lacan decía que el discurso capitalista tiene una enorme eficacia: promete satisfacción permanente mientras reproduce la falta que lo sostiene. No apaga el deseo. Lo administra. Lo organiza. Lo canaliza. Lo convierte en consumo.
Y quizás algo parecido sucede con la educación.
No desaparecen los proyectos de vida, pero cada vez más parecen quedar limitados a un repertorio reducido de opciones consideradas útiles, productivas o demandadas. Como si el valor de un conocimiento pudiera medirse únicamente por su rentabilidad inmediata.
Hay algo valioso en aprender filosofía, aunque no garantice una salida laboral. En leer literatura. En hacer arte. En estudiar historia. En detenerse a pensar. En construir una identidad colectiva. En escuchar una radio comunitaria.
Y eso no significa rechazar la técnica o el trabajo. Sino resistirse a que se conviertan en el único criterio para decidir qué merece existir.
Porque antes de ser trabajadores, consumidores o recursos humanos, somos sujetos; atravesados por preguntas, intereses, identificaciones y deseos. Y la educación no sólo debería prepararnos para ocupar un lugar en el mundo existente. También debería ayudarnos a imaginar mundos diferentes.
Es urgente detenernos un momento en la vorágine actual para dejarse interpelar no sólo por el trabajo del futuro, sino también por el futuro mismo que queremos construir; para preguntarnos -y responder- qué tipo de personas necesitará ese mundo para hacerlo posible, sin renunciar a la posibilidad de elegir y ser singulares en el camino.
* Psicóloga y docente de Nivel Superior.
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