Infancia: entre la presencia y la inmediatez

La infancia necesita tiempo. Tiempo para probar, equivocarse, insistir. Tiempo para aburrirse y, en ese aparente vacío, comenzar a crear.

Hay algo silencioso, pero profundamente transformador, que está ocurriendo en la experiencia de crecer en la actualidad. No se trata solamente de la presencia de pantallas en la vida cotidiana de niños y niñas, sino de una modificación más profunda: la forma en que se vive el tiempo, el deseo y el encuentro con el mundo.

En algún tiempo, la infancia estuvo ligada a la espera. Esperar turnos, esperar respuestas, esperar que algo suceda. Esperar para crecer. Esa espera no era un vacío: era el espacio donde se construían la imaginación, la curiosidad y el deseo. Era también el tiempo en el que el mundo se iba revelando de a poco, mediado por la palabra de los adultos, por la experiencia compartida, por el juego.

Hoy, en cambio, una parte creciente de la experiencia infantil transcurre en un entorno donde la inmediatez se vuelve la regla. Las imágenes aparecen sin ser buscadas, los contenidos se suceden sin pausa, las respuestas están disponibles antes incluso de que la pregunta termine de formularse. El mundo ya no siempre se descubre: muchas veces, simplemente aparece.

Este desplazamiento no es solo tecnológico, sino también cultural y subjetivo. Como advierte Byung-Chul Han, vivimos en una época atravesada por la aceleración y la sobreestimulación, donde la experiencia tiende a volverse superficial y fragmentada. En ese marco, la infancia no queda al margen: se configura en relación con estas mismas lógicas.

No se trata solo de cuánto tiempo pasan los niños frente a una pantalla, sino de qué tipo de experiencia del mundo se va configurando. Cuando todo está disponible de manera inmediata, ¿Qué sucede con el deseo cuando la satisfacción parece estar siempre al alcance? ¿Cómo se construye el interés cuando el estímulo es permanente? ¿qué lugar queda para la espera?

Podría pensarse que las infancias actuales habitan un tiempo distinto: un tiempo acelerado, fragmentado, donde cada estímulo es rápidamente reemplazado por otro. En ese flujo constante, sostener la atención, habitar una actividad o profundizar una experiencia se vuelve más complejo. No porque los niños y niñas “no puedan”, sino porque las condiciones en las que crecen configuran otras formas de relación con el mundo.

La infancia necesita tiempo. Tiempo para probar, equivocarse, insistir. Tiempo para aburrirse y, en ese aparente vacío, comenzar a crear. En esta línea, Donald Winnicott señalaba que es precisamente en esos momentos donde el niño puede desplegar el juego como experiencia creadora, construyendo un espacio propio entre la realidad y la imaginación. Sin esa posibilidad, algo del desarrollo subjetivo queda empobrecido.

El aburrimiento, tan evitado en la lógica contemporánea, cumple entonces un papel fundamental. Es allí donde no hay un estímulo prediseñado, donde no todo está dado de antemano, donde emerge la iniciativa, la invención, la posibilidad de transformar la experiencia. Sin embargo, cuando cada instante puede ser llenado con un contenido disponible, ese espacio tiende a desaparecer.

Al mismo tiempo, la experiencia infantil no se construye en soledad. Se construye en el “entre”: entre miradas, palabras, gestos, presencias. En el juego compartido, en la conversación, en el conflicto y su resolución, en la intervención del adulto que acompaña, traduce, nombra y ofrece sentido. Ese espacio intermedio, muchas veces invisible, es el que permite a los niños y niñas ir construyendo su lugar en el mundo.

Cuando gran parte de la experiencia se desplaza hacia entornos digitales, ese “entre” se transforma. No desaparece, pero cambia. Y en ese cambio, algunas dimensiones de la experiencia pueden debilitarse si no encuentran otros espacios donde sostenerse: la interacción cara a cara, la lectura de gestos, la espera del turno, la construcción compartida del juego, la posibilidad de interpretar lo que el otro siente o necesita.

No se trata de demonizar las tecnologías. Las pantallas también abren posibilidades, acercan mundos, habilitan lenguajes. El problema aparece cuando se vuelven la experiencia predominante y desplazan otras formas de estar con el mundo y con los otros y otras. Cuando lo inmediato reemplaza sistemáticamente a lo procesual, cuando lo individual desplaza lo compartido, cuando la estimulación constante sustituye a la construcción de sentido.

Por eso, más que pensar el problema en términos de “pantallas sí o no”, me gusta pensar en una pregunta más amplia y más profunda: ¿qué experiencias necesitan hoy los niños y niñas para crecer? ¿Qué condiciones hacen posible una infancia que no solo esté estimulada, sino también acompañada, sostenida y habitada por otros y otras?

En este contexto, los espacios educativos de la primera infancia adquieren un valor particular. No como contraposición a lo digital, sino como territorios donde aún es posible sostener otras formas de experiencia: tiempos más lentos, encuentros reales, juegos compartidos, palabras que circulan, adultos disponibles que median y acompañan. Espacios donde el tiempo no está completamente capturado por la urgencia y donde el vínculo conserva su espesor.

Tal vez el desafío no sea eliminar las pantallas —algo tan improbable como poco productivo—, sino recuperar aquello que no puede ser reemplazado: la presencia, el tiempo, el vínculo. Sostener espacios donde el mundo no llegue todo junto, donde todavía haya algo por descubrir, por esperar, por construir.

Porque hay algo que ninguna tecnología puede ofrecer en su totalidad: la experiencia de ser con otros y otras.

*Directora del Jardín 54, Cervantes


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