Chivos, corderos, vacas y caballos, el mix del campo Doña Elsa en Espinazo del Zorro, en pleno corazón de Neuquén
Desde la estancia ubicada en Espinazo del Zorro, el productor neuquino Juan Sapag repasa una historia marcada por el trabajo junto a su madre, el crecimiento de un establecimiento familiar y los desafíos que hoy enfrenta la ganadería patagónica.
A la vera de la Ruta Provincial 46, en el paraje Espinazo del Zorro ubicado en el centro de la provincia de Neuquén, la estancia Doña Elsa se extiende como un símbolo de perseverancia. Allí vive y trabaja Juan Ángel Sapag, productor ganadero de 57 años que ha dedicado buena parte de su vida al campo y que hoy administra un establecimiento donde conviven vacas, ovejas y chivas, en un sistema productivo que fue creciendo paso a paso.
La historia del establecimiento está íntimamente ligada a la de Elsa, la madre de Juan, que hoy cuenta con 92 años, heredera de las tierras familiares y compañera inseparable en décadas de esfuerzo.
Actualmente el campo concentra unas 350 vacas, 600 ovejas y alrededor de 800 chivas, producto de una construcción lenta y constante a lo largo de años de trabajo y esfuerzo. “Nosotros arrancamos con mi madre desde muy abajo”, cuenta Juan a Río Negro Rural. “Esta tierra es parte de lo que antiguamente era un campo llamado Las Pircas, que mi mamá había heredado de mi abuelo”, recuerda el productor.
“Empezamos con unas 30 vacas y unos pocos animales más. No teníamos ni casa ni vehículos, todo lo que hay hoy fue creciendo de a poco”, dice sobre los comienzos.
Del mundo caprino a una producción diversificada
Sapag comenzó su trayectoria como criancero caprino. Fue uno de los fundadores del Programa Mohair y participó activamente en la Cooperativa de Pequeños Productores que está en Zapala, donde incluso llegó a ocupar la presidencia durante varios años. “Primero fui chivero, siempre manejé chivas y vacas. Después fuimos creciendo y aumentando todo lo que el campo nos permitía”, sostiene Sapag.

Lejos de abandonar una actividad para reemplazarla por otra, el productor fue sumando rodeos hasta alcanzar la capacidad máxima del establecimiento. “No cambié una producción por otra, lo que pasó es que llegamos al tope. Estamos al límite de las chivas, de las vacas y de las ovejas que podemos tener. Ya no podemos seguir creciendo porque el campo tiene una capacidad determinada y ya está cubierta”, aclara.
La diversidad productiva se refleja también en las razas que maneja. En bovinos trabaja con Hereford y Aberdeen Angus; en ovinos, con Merino y Cara Negra; mientras que en caprinos mantiene líneas criollas y Angora para la producción de mohair.
El último verano trajo una noticia alentadora para la región. Las precipitaciones superaron ampliamente los registros del año anterior y permitieron mejorar las condiciones forrajeras. “De enero hasta ahora llovieron más de 200 milímetros, estamos bastante bien. Habíamos podido reservar la invernada y eso nos ayudó mucho”, señala Sapag.
Uno de los cambios más importantes en el campo fue la posibilidad de cerrar áreas que anteriormente sufrían invasión de animales ajenos de un campo usurpado. La instalación de alambrados permitió recuperar capacidad de manejo y conservar mejor los recursos forrajeros. “Teníamos muchos problemas con caballos y vacas que entraban de otros lados, eso me venía matando. Pude alambrar bastante y eso ayudó muchísimo”, explica a Río Negro Rural.
La mejora en la disponibilidad de pasto también permitió sostener un esquema productivo equilibrado, reforzado con algunos rollos para alimentar a los chivos más pequeños y donde los suplementos sólo se utilizan en situaciones puntuales durante el invierno o para algún destete muy precoz.
Las trabas que preocupan al productor
Más allá de las condiciones climáticas, Sapag identifica otros desafíos que considera mucho más complejos para el futuro de la actividad.
Uno de ellos es la creciente burocracia vinculada a los movimientos de hacienda y a los sistemas de trazabilidad. “No estoy en contra de la trazabilidad, el que la quiera hacer que la haga. Pero hay gente que no puede hacerla y no se puede obligar a todos”, afirma.
Según su visión, los controles actuales terminan dificultando la operatoria cotidiana de los productores. “Todo el mundo dice que las vacas son tuyas, pero hoy no podés mover un animal hasta que te autoricen, todo depende de los papeles. Hay programas que necesitan revisarse porque terminan trabando más de lo que ayudan”.
“Yo compro y vendo hacienda, por ahí vos comprás a alguien que hizo mal una caravana y te traban una jaula o un DT (documento de tránsito), entonces la movilidad de tu hacienda depende del Senasa”, explica el productor.
También menciona las dificultades asociadas a la importante presencia de caballos en amplias zonas del centro neuquino, muchos de ellos sin declarar. “En los campos hay una cantidad enorme de caballos y es muy difícil venderlos. Te terminan invadiendo el terreno por todos lados. Mientras están en tu campo comiendo no aparece nadie aparece, pero cuando los corrés aparecen los dueños. Además generan accidentes de tránsito pero nadie hizo nada por este tema”, finalizó Sapag.
El problema histórico de los mataderos
Entre todas las dificultades, hay una que Sapag considera central para los pequeños y medianos productores del interior neuquino: la falta de infraestructura para la faena de ovinos y caprinos. “Es un problema gravísimo”, asegura.
El productor, que además posee una carnicería, explica que muchas veces no puede comercializar sus propios animales debido a la ausencia de establecimientos habilitados cercanos. “Yo tengo carnicería y no puedo vender mis propios chivos ni mis corderos porque no tengo dónde faenarlos”, resume.
La consecuencia, sostiene, es una informalidad que termina perjudicando a toda la cadena. “Te obligan a andar medio en la ilegalidad. Si tenemos cientos de miles de chivos en la provincia y se faena oficialmente una parte mínima, está claro que hay un problema estructural que nadie quiere resolver”.
Para Sapag, la discusión requiere decisiones políticas de fondo y una mirada práctica sobre la realidad productiva de la región.
El desafío de sostener la vida rural
A pesar de haber construido un establecimiento sólido, Sapag observa con preocupación el futuro de los pequeños productores. Considera que muchas familias rurales sobreviven con rodeos reducidos y que las herramientas actuales no alcanzan para garantizar su permanencia en el campo. “Tenemos un problema serio porque el campo se está quedando cada vez con menos gente”, advierte. “Hay productores que viven con 100 o 150 animales. Esa gente necesita algún tipo de apoyo porque está sosteniendo la vida rural”, sostiene.
En su opinión, la despoblación del interior representa uno de los mayores riesgos para el desarrollo ganadero de Neuquén. “Todos hablan de créditos, pero hay situaciones donde hace falta otra mirada. Si la gente se va del campo, después es muy difícil recuperarla”.
Una elección de vida
Cuando se le pregunta si puede vivir bien de la actividad ganadera, la respuesta llega sin dudar. “Yo soy feliz”, dice. La frase resume una filosofía construida durante décadas entre corrales, arreos y amaneceres en la meseta neuquina. “Tuve menos. Tenía 30 vacas y era feliz. Ahora llegué a más de 300 y sigo siendo feliz”.
Su historia comenzó cuando aún era muy joven. Había estudiado en un colegio agropecuario de Realicó, La Pampa, y proyectaba continuar formándose. Sin embargo, las circunstancias familiares lo obligaron a regresar al campo para acompañar a su madre. “Me tuve que volver porque mi mamá quedaba sola. Y me quedé”, recuerda.
Más de tres décadas después, no se arrepiente de aquella decisión. “Nunca me gustó el pueblo, me matan los horarios, la burocracia y todas esas cosas. Yo siempre fui del campo”, finalizó el productor..
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