La revancha verde: el fenómeno que duplicó el crecimiento de los árboles tras la erupción del cordón Caulle Puyehue

A 15 años de aquella tarde que se volvió noche y empezó a caer un polvo grisáceo del cielo. Cómo la ceniza volcánica transformó los bosques de la región.

Tras la erupción del volcán Cordón Caulle Puyehue. Foto: gentileza Javier Grosfeld

El reloj marcaba las 16 de ese 4 de junio de 2011. De pronto, una nube negra cubrió el cielo de Bariloche y Villa La Angostura y de inmediato, empezó a llover ceniza. La gente entró en pánico sin entender qué ocurría. Los vidrios de los autos y las calles empezaron a cubrirse de un polvo grisáceo. Las autoridades se apuraron a informar que el volcán chileno cordón Caulle Puyehue, próximo al límite con el paso Cardenal Samoré, había entrado en erupción.

Ese cráter está ubicado a 93 kilómetros de Bariloche en línea recta. Lo cierto es que a raíz de los últimos monitoreos, el Servicio Nacional de Geología y Minería (Sernageomin) de Chile había definido «la fase amarilla” 40 días antes de la erupción. El 3 de junio, alertaron que la erupción era inminente.

Ante la falta de información en un primer momento, la angustia de la gente era enorme: ¿cuánto podía durar el evento?, ¿qué daño podía generar la ceniza?, ¿se podía tocar sin riesgos?, ¿afectaba la respiración?, ¿era cierto que arruinaba los motores de los autos?

La erupción volcánica generó un fuerte impacto económico en la zona rural ya que afectó cultivos hortícolas y provocó una altísima mortandad de animales. También afectó la actividad turística ya que los vuelos recién se retomaron seis meses después de la erupción.

Poco a poco, se volvió a la vida normal aunque quedaron enormes depósitos de ceniza volcánica en toda la región.

Playa del centro de Bariloche, en el fondo, la isla Huemul. Foto: gentileza Javier Grosfeld

El estudio de las lengas

Tres investigadores de la Universidad Nacional del Comahue se propusieron indagar el impacto en los suelos y en la vegetación. El estudio se llevó adelante los dos años siguientes a la erupción.

El lugar elegido fue la frontera con Chile donde se llegaron a depositar unos 50 centímetros de ceniza volcánica. «Allí ya habíamos realizado mediciones de las poblaciones de lengas. Contábamos con registros de crecimiento de 20 años antes», comentó el botánico Javier Puntieri, investigador del Conicet y actualmente docente de la Universidad Nacional de Río Negro. Realizó el estudio junto a Javier Grosfeld y María Julia Mazzaeino.

Las mediciones de la lenga, una especie típica de las zonas más elevadas en la Patagonia Norte, correspondientes a 1999 ya arrojaban un crecimiento notable. «Estábamos haciendo un análisis de variación de crecimiento de lengas, según las condiciones ambientales (la variación de las precipitaciones y las temperaturas). Fue interesante porque nos permitió conocer la respuesta de las plantas luego de la erupción y detectamos que el crecimiento fue mucho mayor a los anteriores (entre un 50 y 100% más)«, recalcó Puntieri.

Tras la erupción del volcán Cordón Caulle Puyehue. Foto: gentileza Javier Grosfeld

El crecimiento detectado de los árboles correspondió a la altura. El aumento del diámetro, en cambio, fue más lento y demoró más en registrarse. «Esta primera respuesta de las plantas a la erupción fue muy positiva. Con el tiempo, notamos que se fue moderando», detalló.

En torno a estos resultados, surgieron todo tipo de hipótesis. La más fuerte fue que las cenizas aportan nutrientes que las plantas no suelen tener en abundancia. Sin embargo, «duran poco ya que después, se van lavando». «Con la ceniza, caen minerales, como el fósforo que es un recurso que les suele faltar a las plantas. Creemos que eso favoreció el crecimiento durante los dos primeros años», mencionó. Aclaró que la materia orgánica aporta nutrientes, «pero es un aporte a largo plazo». Una vez que se lavaron los recursos de las cenizas, las lengas volvieron a depender de lo que se iba formando en el suelo.

Recordó un «estudio histórico» del volcán Santa Elena en Estados Unidos que entró en erupción en 1980. «Generó un depósito de ceniza tan importante que investigadores de todo el mundo realizaron estudios de largo plazo hasta hace muy poco. También se detectó la regeneración de la vegetación a partir de los nutrientes«, señaló. Ese estudio, acotó, permitió conocer cómo es la sucesión de especies, qué especies ocupan primero las zonas donde hay más depósitos, cómo es la regeneración de árboles.

Tras la erupción del volcán Cordón Caulle Puyehue. Foto: gentileza Javier Grosfeld

Qué pasó en la zona de Tronador y en la estepa

En paralelo al análisis de los árboles en la frontera con Chile, los investigadores abordaron otra área en la zona del cerro Tronador que no había sido alcanzada por la lluvia de cenizas. Ahí, en cambio, no se produjo ningún cambio notable. «El clima ese año había sido muy parecido en la zona; la única diferencia entre los dos escenarios era la caída de cenizas«, explicó.

¿Por qué se puso el foco en las lengas? Porque el seguimiento de esta especie ya lleva varias décadas. «Con buen volumen de información de largo plazo, se facilita cualquier análisis», respondió el investigador.

El equipo también optó por analizar la recuperación de la vegetación en zonas donde no había lengas. En la estepa, por ejemplo, se registraron depósitos de ceniza muy fina. «Esas partículas siguen estando y ahí se generó un efecto sobre el crecimiento de las plantas herbáceas. En estos lugares donde hubo depósitos de ceniza, de 30 a 40 centímetros, las plantas herbáceas y arbustivas quedaron tapadas. Muchas plántulas encontraron complicada la salida a la superficie por la ceniza», describió al tiempo que añadió que «la ceniza forma como una costra dura que, algunas plantas no pueden traspasar».


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