María, la arquitecta que construyó su casa de barro en un paraíso rural de Entre Ríos

En un campo entre Chajarí y Santa Ana, la arquitecta María Verónica Stivanello aplicó técnicas milenarias  para crear un hogar de 140 metros cuadrados. De paredes curvas, adobes de tierra cruda y un techo vivo, se autorregula térmicamente y se mimetiza con el paisaje natural. Por qué decidió alejarse de lo convencional: "Me picó el bichito de investigar".  

Redacción

Por Redacción

La arquitecta y su orgullo por la casa que diseñó para vivir con su familia. Foto: gentileza Iván Calei

En plena era del cemento y de las estructuras industrializadas, la arquitecta María Verónica Stivanello decidió volver a las fuentes. Nacida en Chajarí, provincia de Entre Ríos, llevó adelante un proyecto que rompe con los moldes de la construcción convencional: una vivienda de 140 metros cuadrados emplazada en un campo familiar entre Chajarí y Santa Ana, construida íntegramente con tierra cruda y técnicas de bioconstrucción.


Del título universitario al saber ancestral

Tras recibirse de arquitecta —con pasos formativos en la Universidad Nacional de Córdoba y una experiencia académica en la Universidad de Salerno, en Italia— Stivanello advirtió que los manuales tradicionales omitían saberes milenarios fundamentales. Impulsada por esa inquietud, comenzó a recorrer talleres independientes y se formó con referentes de la disciplina como Jorge Belanko.

La casa se integra al entorno rural

Ahí empezó realmente el aprendizaje”, cuenta sobre su paso por obras donde se levantaban paredes con barro y se mezclaban los materiales con los pies. Lejos de concebir el barro como un sinónimo de precariedad, su obra funciona como un manifiesto estético y político: demuestra que la tierra cruda es un material sofisticado, de bajísimo impacto ambiental y alta eficiencia.


Ingeniería natural y estética orgánica

La vivienda se aparta por completo de las líneas rectas y los ángulos rígidos. Sus paredes son enteramente curvas y orgánicas, mimetizándose con el paisaje de montes frutales y horizontes abiertos del litoral.

La pared que dejó con los adobes a la vista.

La textura de las pareds de barro.

La arquitecta también puso manos a la obra.
  • La receta de los adobes: Los cimientos combinan piedra y maderas de eucalipto, mientras que los muros se levantaron con bloques de adobe (tierra cruda secada al sol). “Es impresionante cómo pega esa tierra; se usa con arena y paja para hacer la mezcla”, explica la profesional. En esta fórmula, la arcilla actúa como un aglutinante natural, la arena aporta estructura y la paja previene fisuras.
  • Innovación en los revoques: Como si se tratara de una receta culinaria, Stivanello experimentó hasta dar con proporciones precisas. “Para los revoques exteriores, por ejemplo, incorporé cenizas de fogón y claras de huevo, elementos que ayudan a estabilizar la mezcla y mejorar su resistencia”, precisa.
  • Cromatismo sin químicos: Las paredes interiores no tienen pinturas sintéticas. “A los colores los fuimos logrando mezclando las tierras”, detalla sobre el acabado visual de los muros.
  • Inercia térmica: Gracias a la densidad del barro, el comportamiento bioclimático es uno de sus mayores fuertes. En los días de calor agobiante, el interior se mantiene fresco de forma natural, sin necesidad de recurrir al aire acondicionado.

Un techo que es un ecosistema

Uno de los puntos más innovadores de la construcción es su cubierta o «techo vivo». Sobre una estructura de madera de eucalipto vista —que aporta luminosidad y calidez al espacio interior— se dispusieron capas aislantes.

El techo, con su propio microsistema.

La estructura está hecha con madera de eucalipto. Sobre ella se colocaron distintas capas: aislantes, una geomembrana impermeable y un sustrato vegetal donde crecen plantas”, especifica la arquitecta.

Hoy en día, ese techo funciona como un microecosistema autónomo: “Entre las especies aparecen verdolagas, verbenas, pastos y otras plantas que los pájaros van sembrando con el tiempo”.

Contacto: https://www.instagram.com/arq.veronicastivanello/


La arquitecta y su orgullo por la casa que diseñó para vivir con su familia. Foto: gentileza Iván Calei

En plena era del cemento y de las estructuras industrializadas, la arquitecta María Verónica Stivanello decidió volver a las fuentes. Nacida en Chajarí, provincia de Entre Ríos, llevó adelante un proyecto que rompe con los moldes de la construcción convencional: una vivienda de 140 metros cuadrados emplazada en un campo familiar entre Chajarí y Santa Ana, construida íntegramente con tierra cruda y técnicas de bioconstrucción.

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