Arrancó la temporada de rafting en Aluminé: cuánto sale y cómo es la travesía para toda la familia
Rápidos de hasta grado 4, olas que rebotan en la cara y paisajes únicos de la Patagonia. Las claves para sumarse a la aventura en la capital provincial del rafting y el turismo en aguas blancas.
Los rápidos en el río Aluminé van del grado 2 al 4. Foto: gentileza.
Para los amantes del turismo aventura, la adrenalina y la naturaleza, Aluminé es un destino que no falla. Dentro de la provincia de Neuquén se la conoce como la «capital del rafting«, una actividad que invita a dejarse llevar por la fuerza del río, el paisaje y el remo en equipo. Las balsas saltan como en un lavarropas y las olas revientan en la cara. Ni el frío ni el cielo nublado frenan los gritos y las risas, la aventura igual se vive a pleno.
La propuesta de la mano de Furaleufú Rafting tiene dos niveles. El familiar, de dificultad intermedia baja, cuesta 45 mil pesos y sale habitualmente a las 15. El del Alto Aluminé, mucho más fuerte, cuesta 90 mil, sale a las 9 de la mañana e incluye un almuerzo a orillas del río. Los dos incluyen equipamiento, seguridad y fotos y videos con GoPro, que la empresa entrega sin cargo. Se puede encontrar más información en la cuenta de Instagram @furaleufuraftingalumine.
La temporada empieza en octubre, con el deshielo, y se extiende hasta fines de febrero o marzo. El pico es enero, cuando llega la mayor cantidad de turistas a Aluminé y Villa Pehuenia. En diálogo con RÍO NEGRO, el dueño de la empresa, Valentín Carignano, comenta que este año hay agua de sobra para todo el verano.
El título de «la capital del rafting» no es un apodo, la ley provincial 3457 declaró a Aluminé capital provincial del deporte y el turismo en aguas blancas. Lo explican sus rápidos, que van del grado 2 al 4, y sus aguas -que habitualmente son cristalinas de tonalidad verde jade-, tan limpias que, según cuenta el guía César Fiad, el fondo se ve casi todo el año. A eso se suma que el río está pegado al pueblo, así que se llega a la actividad en pocos minutos.

Dos circuitos, dos niveles
Carignano explica que el circuito familiar se llama Brancha y es de clase 2-3, en una escala de 1 a 6. Es apto desde los 4 años y no requiere experiencia. «Es un rafting muy tranquilo, hermoso, para venir a disfrutar y compartir en familia o con amigos», resume. Es también el tramo donde se hacen las flotadas escolares, que arrancan ahora con la temporada.
El Alto Aluminé es otra historia. Es el rafting más fuerte de la empresa, con rápidos continuos y un solo lugar de descanso en todo el recorrido. Está pensado para mayores de 14 años por su dificultad, y si bien no hace falta experiencia, ayuda un poco tenerla. Por seguridad, ahí se trabaja con «kayaks de seguridad». En ese tramo, además del río, el entorno es «majestuoso»: hay araucarias y un paisaje que, según Carignano, hace que uno se olvide de todo lo que pasa afuera.
Las salidas dependen de los grupos, si son más de cuatro personas, se arma uno propio, y si no, se coordina con otros interesados.
Antes de zarpar: equipo completo y charla de seguridad
La aventura empieza a unos 15 kilómetros del centro de la ciudad. Sobre la vera del río, los guías inflan los botes, donde entran aproximadamente cinco personas (incluyendo el guía), y cada integrante se pone un traje y unas medias de neoprene, que aíslan del frío al retener una fina capa de agua que el propio cuerpo se encarga de calentar. En el circuito familiar la indumentaria no es obligatoria, pero se entrega igual para que nadie sufra el frío. El chaleco salvavidas y el casco sí son obligatorios, y el equipo se completa con un remo.

Antes de subir a las balsas, uno de los guías da una charla de seguridad. Cada bote lo dirige un profesional, que orienta al grupo y da la orden de cada maniobra. Hay tres que conviene aprenderse: «adelante» para remar y avanzar, «atrás» para remar en sentido contrario y retroceder, y «alto» para dejar la pala en posición de reposo.
También se enseña el agarre correcto del remo, con una mano siempre sobre la empuñadura superior en forma de «T» para que el golpe del agua no termine en la cara de un compañero. Ya en el bote, los aventureros viajan sentados en los bordes exteriores, con los pies encajados en las fijaciones del piso para mantener el equilibrio.

Detrás de todo esto hay una estructura de seguridad. Todo el equipamiento está certificado, igual que los instructores, y las balsas mantienen comunicación constante por radios VHF con la camioneta de apoyo, que cuenta con internet satelital.
Si te caés: la regla de oro es no entrar en pánico
La charla incluye el protocolo para una caída al agua. Lo primero es mantener la calma y adoptar la «posición defensiva», que consiste en flotar boca arriba con las piernas extendidas hacia adelante para amortiguar cualquier choque con las rocas, y esperar las indicaciones de rescate para volver a la balsa. Si la persona se aleja demasiado de la embarcación, el guía le extiende una soga para traerla de vuelta.
Río abajo: olas por todos lados
Una vez en el bote, empieza la travesía, y al principio el suave movimiento de la balsa es la calma que anticipa el momento más intenso. En este caso, el recorrido es de grado 2 (nivel intermedio) y dura alrededor de una hora. No hace falta tener experiencia previa y también se puede hacer en grupo familiar.
La navegación alterna tramos planos con cañones, y ahí está la diversión. En esta sección hay aproximadamente ocho rápidos, aunque con tanta agua algunos se aplanan y se convierten en olas grandes. Entre los más caudalosos está «el lavarropas»: el bote salta y se mueve como si estuviera dentro de una auténtica lavadora, y el sonido de las olas que chocan en la cara de cada aventurero completa la experiencia.

Según explica Fiad, cuando el río se encajona, el agua se junta mucho más rápido y vienen olas de todos lados. Para él, lo ideal es navegarlo con mucho cuidado y con remadores seguros, pero asegura que es muy divertido y que se disfruta en familia.
El clima frío y nublado no impide que la aventura se disfrute. Los trajes de neoprene ayudan a no empaparse del todo con el agua fría, y las risas y los gritos al pasar por los tramos más turbulentos no faltan.
Un año especial para el río
Quien llegue en estos meses (octubre-noviembre) puede encontrar el Aluminé distinto a la postal. Normalmente es cristalino, pero este año las lluvias hicieron que se desbordaran dos ríos, el Llamuco y el Kilka, que arrastran sedimento y tiñen el agua de un marrón pesado. Esa turbidez también hace que, por ahora, no se vean los peces desde la balsa. «Ahora es una excepción solamente», aclara Fiad.
La otra rareza es la altura del agua. Después de varias temporadas de caudal muy bajo, este año llovió mucho, hubo temporal y la nieve se fue derritiendo con la lluvia. Según lo que entienden en la zona, el fenómeno de El Niño también tiene que ver. En la orilla hay una regleta que marca el nivel del río y este año quedó completamente tapada. «Hace muchísimos años que no pasaba», cuenta Fiad.

Acerca de la fauna y la flora: bosque nativo y especies invasoras
El día en Aluminé no se agota en el río. En el recorrido se ven patos y, según el sector, cóndores y águilas moras. Desde el mirador de los cóndores se pueden ver estas aves en pleno vuelo, y también hay una zona para caminar, aunque hay que pedir permiso a los dueños del lugar. En la parte baja, el río pasa por el pueblo y luego se mete en cañadones de cipreses y maitenes, y los orientadores van contando qué es cada árbol.
Los guías, además, son una buena fuente para entender el ecosistema y sus amenazas. Una de ellas es el visón, una especie invasora que daña el ecosistema y mata peces, gatos, perros y «todo lo que se le cruza».
Otra es el pino, cuya raíz busca agua bajo las napas y seca todo a su alrededor: si uno mira abajo de los pinos, suele estar todo seco, y lo único que crece es el hongo de pino, bastante famoso por acá. La tercera es el sauce, que busca el agua y se va metiendo al río, donde forma lo que los guías llaman «coladores»: un montón de ramas por donde pasa el agua.
Para los amantes del turismo aventura, la adrenalina y la naturaleza, Aluminé es un destino que no falla. Dentro de la provincia de Neuquén se la conoce como la "capital del rafting", una actividad que invita a dejarse llevar por la fuerza del río, el paisaje y el remo en equipo. Las balsas saltan como en un lavarropas y las olas revientan en la cara. Ni el frío ni el cielo nublado frenan los gritos y las risas, la aventura igual se vive a pleno.
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