«De papá no se supo nunca más nada», la lucha de Natalia Marinoni ante un nuevo 24 de marzo en Neuquén
Rodolfo Marinoni era trabajador de YPF y fue secuestrado el 29 de septiembre de 1977 en Cutral Co. Su compañera Susana Brescia exigió justicia hasta su muerte en 2021. A 50 años del golpe de Estado, su hija reconstruye la historia de lucha de su familia.
Natalia Marinoni tenía 20 meses cuando se llevaron a su papá, Rodolfo Luis Marinoni. Golpearon a la puerta de su casa en Cutral Co el 29 de septiembre de 1977, alrededor de la 1:30 de la madrugada. Desde entonces, “Rolo” es uno de los 30.000 desaparecidos durante la última dictadura militar. Natalia creció junto a su madre Susana Brescia, «una mujer cojonuda» que le enseñó que «hay que buscar justicia, pero también hay que seguir adelante». Continuar no significa olvidar, sino a dejarse abrazar por la lucha colectiva. «Este 24 de marzo la foto de la calle tiene que ser la de una multitud», invitó a marchar en Neuquén y en todo el país.
29 de septiembre de 1977: el secuestro de Rodolfo Luis Marinoni en Cutral Co
Rodolfo Luis Marinoni trabajaba en YPF cuando fue secuestrado. «Nosotros vivíamos en una casita en Cutral Co. A mis padres no les llamó la atención que tocaran a esa hora porque mi papá trabajaba en pozo y en esa época no había teléfono, entonces podía pasar que en medio de la noche te pasaran a buscar porque había que ir al pozo. Por eso, mi viejo se levantó y atendió la puerta», comenzó su relato.
Susana prendió el velador y se quedó en la habitación. Escuchó un movimiento extraño y un rumor de gente que le anticiparon el terror. Rodolfo llegó encañonado y rodeado de hombres encapuchados. «Señora, apague la luz y no se levante», le ordenaron. Luego le preguntaron: «¿Usted es Susana Brescia?».
«Sí», contestó. A Rodolfo le ordenaron vestirse y después le anunciaron que ya era hora de irse. «Pará pará, mi documento», quiso volver a buscarlo, pero una voz en seco le respondió: «¿Qué documento? Dale, vamos».
Desde aquella noche, reina la incertidumbre sobre su paradero y por qué lo detuvieron. Tenía contacto con Julio Galarza, un amigo de la familia que era militante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y había pasado a la clandestinidad. «Tal vez lo asociaron a mis viejos con la militancia por su amistad con Galarza», analizó Natalia sobre las hipótesis que se tejieron con los años, aunque sostuvo que sus padres «no participaban en ningún tipo de militancia ni movimiento religioso».
«Son todas teorías. La verdad es que de papá no se supo nunca más nada», remarcó.
Aprender a vivir con la incertidumbre, dejar Cutral Co y volver a Buenos Aires
Susana y Rodolfo eran oriundos de Buenos Aires. Vivieron dos años de su noviazgo por carta y en aquellas hojas forjaron una historia de amor. Natalia no la describe como “romántica”, no necesitaban palabras cursis, su vínculo iba más allá. Tal vez la forman en que veían el mundo.
En alguna oportunidad a Rodolfo lo enviaron a Francia para una capacitación. Allí se encontró con una manifestación popular y se sumó. «Todavía me conmueven las expresiones populares», le escribe desde París a Susana.
Pasaron la etapa de las cartas, dejaron Buenos Aires y se instalaron en Cutral Co. Rodolfo trabajaba como petrolero en YPF y Susana como médica en el hospital. Junto a su hija Natalia formaron una familia. Tenían una “vida normal”, aunque algunas situaciones alertaron a Brescia sobre el contexto de violencia. Su compañero la tranquilizaba: “No tenemos nada que esconder”.
Así continuaron hasta aquella madrugada del 29 de septiembre de 1977. Después de que secuestraron a Rodolfo, Susana se quedó en la comarca petrolera con algunos amigos, una niña de menos de dos años, un trabajo de tiempo completo y una lucha por justicia sobre su espalda.
Esa “mujer cojonuda”, como la describe Natalia, hasta le escribió al propio exdictador, Jorge Rafael Videla. Tras dos años, decidió volver a Buenos Aires con su familia, pero siguió exigiendo por la aparición de su compañero de vida.
Regresar a Neuquén, reencontrarse con la historia
Natalia Marinoni estudió y se formó como psicopedagoga. Cuando se recibió, la invadió una profunda depresión. «Tuve que parar todo», contó. Dedicó tiempo a la terapia y comenzó a realizar viajes a Neuquén, buscando reencontrarse con personas, recuerdos y respuestas a su propia identidad.
La Patagonia siempre había estado presente en su cotidianidad. «En Buenos Aires me ocupaba de que todos mis compañeritos de la escuela supieran que yo en realidad no era porteña, que era neuquina. De hecho, mi pieza estaba toda decorada con el mapa de Neuquén«, recordó.
En 2011 decidió radicarse en la capital neuquina. Allí empezó a cicatrizar esa herida colectiva, escuchando y compartiendo su experiencia con otros hijos y familiares de desaparecidos. “Durante muchos años sentí que mi historia era solo mía. Tomé relevancia de lo que implicó socialmente cuando estuve ya viviendo acá”, señaló.
Su madre, Susana, «la doctora Brescia», había regresado un tiempo antes que Natalia. «Yo venía teniendo charlas con ella, un poco planteándole que entendía que su lugar en el mundo siempre había sido la Patagonia. Que entendía que ella se había ido a Buenos Aires y se quedó en Buenos Aires porque estaba yo, que se fue por mí», relató.
Así, motivó a su mamá a volver a Neuquén y, luego, también regresó ella. Fue un reencuentro con la tierra que amaban y un paso más en la lucha para exigir «memoria, verdad y justicia». «Hoy es mi lugar en el mundo y creo que realmente acá encontré el sentido de muchas cosas en mi vida», enfatizó.
En 2021 decidió ser madre y adoptó a Irupé, una niña de 10 años. «Me dio una inyección de vida y mucho más», agradeció. Intenta transmitirle la importancia de ocupar las calles, de reflexionar sobre «las construcciones sociales que definen una idea de bienestar, de país, de derechos y de justicia», ante el avance de los discursos individualistas. «La propia vida cobra sentido en la medida que en algo es colectiva, es social, con otros», recalcó.
El cinco de febrero Natalia cumplió 50 años. El camino fue sinuoso, muy difícil, con altibajos, aunque siempre en la búsqueda de la felicidad, como le enseñó su mamá. “Me crió para el amor y no para el rencor”, resaltó y continuó analizando: “Si yo me caigo y me dejo arrastrar por esto, de alguna manera se lo llevaron a él (su papá), pero también me llevaron a mí”.
Susana murió en 2021, a los 85 años, pero su fuerza la acompaña todos los días. Rodolfo, su padre, aquel “tipo sociable, amiguero, acuariano, libre” que le gustaba el campo y la naturaleza, también sigue presente. Junto al recuerdo de ambos y su legado por un mundo mejor, Natalia marchará este martes 24 de marzo de la mano de su hija Irupé.
“La foto de la calle tiene que ser la de una multitud. Hace poco me di cuenta de que lo que empezó a pasar apenas asumió el gobierno militar tenía que ver con eso, con no a las manifestaciones en la calle, no a las encuentros. Si hay algo que produce un fuerte efecto es la división y el silenciamiento, entonces, no permitamos que nos dividan”, enfatizó e invitó a participar de la gran movilización a 50 años del Golpe de Estado.
Comentarios
Estimados/as lectores de Río Negro estamos trabajando en un módulo de comentarios propio. En breve estará habilitada la opción de comentar en notas nuevamente. Mientras tanto, te dejamos espacio para que puedas hacernos llegar tu comentario.
Gracias y disculpas por las molestias.
Comentar