“La última misa” y el eterno adiós al Indio Solari

Desde muy temprano y durante todo el día miles de ricoteros colmaron la calle frente al Estado Gatica de Avellaneda, Buenos Aires, para despedir a quien a partir de ahora es un mito. Hubo 65 cuadras de filas de personas esperando llegar al féretro.

Foto: Enrique García Medina.

“Pongamos una canción del Indio”, le exige un joven a otro en el Tren Roca, entonando la frase como quien dice una obviedad. Su amigo, con una bandera de Los Redondos atada al cuello, elige “Jijiji” en el celular. En otro vagón, un grupo de pibes empieza a corear “Olé, olé, olé, Indio, Indio”, cántico que se va contagiando de furgón a furgón. Son apenas parte de las decenas de miles de personas en camino a la despedida de Carlos “el Indio” Solari, quien lideró la mítica banda Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota y un movimiento popular enorme, inexplicable. El viernes, murió de un accidente cerebrovascular (ACV) hemorrágico, luego de pasar años cursando la enfermedad de Parkinson, a la que se refería como “Mister Park”.

A las 9:53 ya había 30 cuadras de cola hacia la capilla ardiente del Polideportivo Gatica, en la localidad de Avellaneda, donde descansa el féretro de Solari luego de que Martín Menem rechazara velarlo en el Congreso de la Nación. En un mar de banderas y remeras estampadas con PR subía el humo de las parrillitas y las canciones del Indio sonaban desde parlantes llevados por miembros de la procesión a lo largo de la calle Mitre. Solo el día gris, emcapotado contrastaba con el colorido de remeras banderas, calle abajo.

“Me rebajoneé cuando me enteré. Y bueno, desde el viernes estamos de gira: primero a Plaza de Mayo, después al Obelisco. No pude laburar el fin de semana; si no venía, me iba a arrepentir”, dijo a Río Negro Lucas Ezequiel Tejerina, de 38 años, mientras tomaba mate, fumaba pucho y sostenía su moto, que usa para trabajar en aplicaciones y en cuyo canasto había un parlante sonando a todo volumen. Cuando este cronista le preguntó por su canción favorita, mostró el celular; en la pantalla había un verso de Ella debe estar tan linda: “Conduje toda la noche / reventando los cambios / con mis ojos de durax lastimado / ¡Por Dios! ¡La ruta está trabada y fría!”. Lo identifica: “Laburo todo el día arriba de la moto, me rompo el lomo para poder sobrevivir”, explicó.

Las letras del Indio — crípticas, pero populares — atravesaron límites entre clases sociales y generaciones que las interpretan como un rompecabezas que se completa con la propia experiencia. “Su música era como una pintura, él no te puede decir cómo disfrutarla; cada uno le dará su color a cada frase”, dijo Gisele Bravo, que fue con su esposo y sus dos hijos a la “última misa”. Su hija de 18 años, Lourdes Pogonza, le agradeció a sus dos padres por haberla hecho ricotera. “Desde que tengo uso de razón, yo me despertaba enojada porque ponían alto al Indio, yo les decía que lo bajaran… ahora me arrepiento”, dijo Lourdes Pogonza, una estudiante de gastronomía de 18 años que, dice, se conectó con sus padres a través de la música de Los Redondos. Como tantos otros, el padre de familia, Maximiliano Pogonza relata las “misas” del Indio como si fueran una epopeya. “Mendoza. Lluvia. Barro por todos lados. Frío, mucho frío. Nos endeudamos por 12 meses, pero con mucho esfuerzo fuimos y entramos a último momento. No nos importó nada”, dijo a Río Negro. Y señaló a la multitud: “Esto es familia, no importa de dónde sos: venimos todos a la última misa”.

De más lejos llegó Matías “Mati PR” Rodríguez, que con dos amigas, se tomó un barco y un tren desde Uruguay para despedirlo, “sin pensarlo”. Con un fernet en la mano, dijo que cuando se enteró de la muerte del Indio, estaba con su hija. “Tuve que explicarle por qué papá lloraba tanto. Y ella nació por el Indio: yo conocí a la mamá en una misa”, recordó.

En la minoría está Carlos Rodríguez, trabajador de la construcción al que le gusta mucho la música del Indio, pero no su “ideología política”. Igual es un fanático: llevó a la congregación una carpeta con ocho entradas a recitales que atraviesan décadas y contó que le puso “Bruna” a su hija por Solari, que bautizó al suyo como Bruno.

Más cerca del cajón, el ánimo es un electrocardiograma dictado por las canciones que salen de un parlante al lado de una pantalla que muestra el interior de la capilla ardiente. La cosa se apaga cuando suena Encuentro con un ángel amateur: “Yo ya no puedo cumplir / hazañas que prometí / Solo seguir cantando…”, baja más con los tonos sombríos de Blues de la artillería: “Sos el as del «Club París» / As, lo tuyo no es el rock / Cierran los bares por donde van / tu breto y tus ojos grises”. El público sigue las letras, susurrando ya. “Cada vez más bajito. Bien. Que la gente entre en silencio”, comenta un joven, pero el asunto vuelve a repuntar con Un ángel para tu soledad que todos cantan animadamente: “Ángel de la soledad / y de la desolación / preso de tu ilusión vas a bailar”. Entramos.

“¡Gracias, Indio!”, grita uno. “¡Que viva el Indio!”, lanza otro, mientras arroja una flor al cajón, que estaba decorado con pañuelos de las Madres de Plaza de Mayo. A esa hora la fila llegaba a Puente Pueyrredón: unas 65 cuadras de cola. Pocos salieron indemnes de ver el cajón. Un adolescente de ojos hinchados se justifica ante su amigo: “Lloré, pero porque estoy borracho”. El llanto de una mujer se convierte en un grito desesperado que tres personas intentan calmar, sin éxito, abrazándola. Otra interrumpe sus sollozos para decir, con media sonrisa: “Cómo te vas a morir, pelado del orto”.
“No sé cómo explicar este sold out, como decía el Indio”, dijo minutos después de ver el féretro, Daniel “Roli” González, trabajador de mantenimiento. “Hay un océano de gente y lo que va a venir, lo va a trascender: el año que viene vamos a ser más”, dijo. “Es que el Indio es Perón, es Favaloro, es el Diego, es Fangio: es un montón de cosas, es algo que no se explica; se siente”


Comentarios

Exit mobile version