«Cada vez que estoy en el agua siento que estoy viva por algo»: la nadadora que enfrentó la depresión y hoy inspira a su pueblo desde las aguas gélidas
Giselle Méndez aprendió a nadar en el río Aluminé y ahí encontró una herramienta para reconstruir su vida. Fue subcampeona internacional en aguas gélidas y hoy sueña con que su pueblo tenga un natatorio.
Gisella fue subcampeona en los 200 metros pecho en el Winter Swimming World Cup en El Calafate 2024. Foto: gentileza.
La primera vez que volvió a meterse en el río Aluminé, ya convertida en nadadora, Giselle Mendez lloró como pocas veces en su vida. «Fue como un mar de llanto», recuerda. Sintió que la corriente se llevaba todo lo malo que había pasado por su cuerpo, y que ese río de su infancia, el mismo donde aprendió a nadar a los cuatro o cinco años, volvía a ser un lugar al que pertenecía.
Hoy esa mujer, que se formó en un pueblo neuquino sin una sola pileta, compite en aguas gélidas, es decir, aquellas que están por debajo de los cinco grados, ya que hasta esa temperatura se las considera solamente frías. Fue subcampeona en el Winter Swimming World Cup en Glaciar Perito Moreno, en El Calafate, y llegó a nadar alrededor de un iceberg. Pero cuando se le pregunta qué le dio la natación, habla de cosas más profundas que una medalla.
«Cada vez que estoy en el agua siento que estoy viva por algo. En su momento sentía que yo no servía para nada y la natación, cada vez que me metía al agua, era mi mundo perfecto. Para lo único que sirvo es para dar brazada«, dice.

Aprender a nadar a los 5 años en el río Aluminé: la infancia sin pileta que definió su destino
Su infancia en Aluminé, cuenta, fue «complicada y linda a la vez». Creció entre su mamá, enfermera del hospital, su papá, que años atrás fue intendente de la localidad, y sobre todo sus abuelos, que la criaron en buena parte.
Su abuela, María Odilia Lezimán, es una de las primeras pobladoras del pueblo y militó durante muchos años en el MPN, y su abuelo trabajó como maquinista de Vialidad. Eran, según recuerda, personas muy pobres que salieron adelante vendiendo lechugas de su huerta y trabajando para los gendarmes, cocinándoles y planchándoles la ropa, en un pueblo donde se vivía mucho del trueque.
De chica la llevaban a reuniones políticas, pasaba horas en el hospital esperando a su mamá y compartía las navidades con los hijos de médicos y enfermeros. Su mamá siente que ella forjó un carácter solitario porque se crió un poco sola, pero Giselle tiene otra mirada. «Siento que mi familia estuvo como pudo y me dio la vida que pudo», sostiene.
Fue en esa infancia donde apareció el agua. A los cuatro o cinco años, y movida por la curiosidad de ir «a lo hondo», esa zona que su mamá le prohibía, le pidió al profesor de la colonia de vacaciones que le enseñara a nadar. Era la única nena entre chicos de doce y trece años, y aprendió en el río, sin natatorio, tirándose de cabeza. Esa escuela improvisada terminaría siendo una ventaja. «Conocer el río Aluminé, conocer básicamente todo lo que significa nadar en un río, no es fácil», resume.

De Aluminé a Roca: irse para poder seguir
A los 15 años, tras haber atravesado una situación de abuso, decidió dejar Aluminé y pidió permiso a sus padres, que todavía trabajaban, para mudarse a Zapala. Allí la recibió como una hija la familia de sus preceptores de la escuela secundaria número 36, que le enseñó cosas que no conocía y la ayudó a terminar sus estudios. A los 17 se fue a Roca con la idea de estudiar abogacía.
La elección tenía una razón profunda. Había iniciado un juicio por lo que le pasó, lo perdió, y pensó que siendo abogada podría buscar la justicia que no encontró. «Uno desde la ilusión o la ignorancia a veces piensa que va a salir algo», reflexiona. Llegó a la mitad de la carrera y decidió que ese no era su camino.
La lucha contra la depresión y la importancia de hablar de salud mental sin eufemismos
Antes de que la natación ordenara su vida, el dolor era enorme. «Sentía mucha angustia, mucha tristeza», cuenta. Durante años escribió cartas de despedida a su familia, porque no soportaba lo que estaba viviendo. Terminaba una con lágrimas, pensaba en su mamá, en su papá, «lo repensaba, la guardaba y volvía a escribir», hasta que juntó una caja entera. En un video que compartió en sus redes contó cuántas llegó a escribir.
Habla del tema sin eufemismos, y con la intención de que otros se animen a pedir ayuda. «Muy pocos conocen esto de conocer bien la salud mental. A veces lo ven como algo tan liviano y es muy fuerte«, advierte. En aquel momento, explica, no tuvo un acompañamiento psicológico, algo que hoy sí tiene y que, insiste, recomienda a quien lo necesite. «Hasta el día de hoy sigo luchando con eso», admite, sin dramatismo y sin ocultarlo.

Volver al agua
Retomó la natación en Roca, en el Club Progreso, donde conoció por primera vez una pileta olímpica de 25 metros y descubrió que a ella, que nadaba por instinto, le faltaba todo por aprender, desde la técnica hasta la respiración. «Son cosas que uno nadando en un río no las aprende solo«, dice. Su primera competencia fue el Desafío del Canal Grande 2023 y 2024, de unos tres kilómetros y medio, con unos 25 o 26 años y todos los miedos de quien nunca había competido.
Y algo cambió. «Cuando yo empiezo a nadar, es algo que me saca mucho de la depresión», cuenta. Lo explica con claridad. «Cuando yo a veces dejo de nadar, empieza esto de replantearme mi vida. Cuando vuelvo a nadar, vuelve todo a una estabilidad emocional muy buena, como que cambia algo en mí, en mi cuerpo».

Esa felicidad la llevó a hacerse una pregunta que terminó cambiándolo todo. «Yo digo, ¿por qué yo no puedo estar sintiendo esta emoción estudiando?«. Dejó abogacía y empezó el profesorado de nivel inicial, una carrera que hoy cursa en la Universidad del Comahue y que, dice, «enseña mucho sobre lo humano». Por primera vez estudia con gusto. «Es la primera vez que siento que amo mucho mi carrera, a pesar de que tengo sueño y estoy cansada y estresada. Me gusta sentir estrés lindo por estudiar», celebra.
Hubo además alguien que la empujó cuando ella no se animaba. Es su pareja, quien «me empujó a que volviera a nadar, a pesar de que yo tenía mucha vergüenza de mi cuerpo«. Giselle convive con un trastorno de la conducta alimentaria, algo de lo que también habla abiertamente, y desmonta un prejuicio muy extendido. «La gente piensa que una persona que se ve delgada es sana, y si se ve gorda, insana, y no es así», afirma.
Giselle cuenta que su actual pareja pide licencias en su trabajo para acompañarla a las competencias, cocinarle, llevarla y sostenerla, porque antes de cada largada ella lloraba de miedo al fracaso.
Subcampeona en el Glaciar Perito Moreno: cómo es nadar a menos de cinco grados entre icebergs
El salto al agua helada nació de un video. Vio a la nadadora chilena Bárbara Hernández nadando frente a un glaciar y pensó, sin dudarlo, «yo quiero eso». Su entrenadora, Florencia Oliver, le dijo que fueran, y empezó a hacer inmersiones, a entrenar más y a realizarse los estudios médicos correspondientes, porque «no sabía a lo que me estaba exponiendo».

Durante el el Winter Swimming World Cup la organización de la competencia en el Perito Moreno le pidió un video para comprobar que podía nadar en agua fría, y ella consiguió prestada una pileta de diez metros, donde nadó mil metros yendo y viniendo. «Sentía que no daba más del frío», recuerda. La aceptaron.
En El Calafate se sintió «como una hormiga dentro de muchos grandes», rodeada de nadadores de Rusia, Chile y de todo el país. Salió subcampeona en los 200 metros pecho (medalla de plata) y, en medio de la adrenalina, ni siquiera lo razonó. Le llevó la distinción a su mamá y recién después entendió lo que había logrado. «No es que la regalen por regalarla, te la ganaste porque te lo mereces», dice.
Otra de sus participaciones destacadas fue en Ushuaia en 2025, durante la 5ta edición de la noche más larga en el Canal de Beagle.

Al año siguiente volvió, ya más preparada, y tres nadadores a los que admiraba, uno de ellos campeón del año anterior, la buscaron para armar una posta de cuatro. Salieron segundos (medalla de plata), detrás de equipos de Rusia, Colombia y otros argentinos. «Me hizo sentir que yo y mi deporte y mi cuerpo eran valorados ante la natación», cuenta.
En esas aguas le tocaron además dos escenas que no olvida. En la prueba más larga, de 450 metros, había un iceberg en el recorrido y le tocó nadar a su alrededor. Iba última y la acompañaban gritándole que no abandonara, pero ella se frenó a escuchar cómo el hielo se quebraba. «Fue para mí la maravilla de la naturaleza más hermosa del mundo», dice.
En otra edición, tras sufrir un robo de las pertenencias que el equipo había conseguido con esfuerzo, que luego pudieron recuperar, entró a su primera prueba llorando y con cosas prestadas. Otra vez terminó última, y otra vez alguien le pidió que mirara alrededor. El glaciar se estaba rompiendo mientras ella hacía pecho. «La naturaleza básicamente piensa en el que la está pasando mal y te regala esos momentos mágicos», reflexiona.
La investigación médica que la tuvo como protagonista
Su historia en el hielo tuvo otra faceta inesperada, la científica. Antes de competir le propusieron participar de una investigación del cardiólogo Eduardo Filippini, que estudia cómo responden el corazón y los pulmones de los nadadores a la exposición al agua fría. A ella le hicieron un mapeo del corazón antes de las pruebas y después, al salir del agua, debía ir directo al estudio, sin abrigarse, mientras la mayoría de los nadadores corre a entrar en calor.
Al principio no dimensionó de qué se trataba. «Lo tomé como un control antes de meterme al agua», admite. Cuando el médico le contó el proyecto, que según entiende fue distinguido con el premio Doctor Oscar Orías y se extendió por dos años, se emocionó. «Yo vengo de un pueblo muy chiquito y no pensaba pertenecer a un proyecto tan nombrado. Fue desbordante, me sentía orgullosa de mí misma», dice. Giselle fue una de las primeras nadadoras en sumarse.

Nombrada Embajadora Deportiva en Aluminé: «Es una reconciliación con la gente»
Con los años, Aluminé empezó a mirarla distinto. La concejal Luciana Navarro impulsó que fuera nombrada embajadora deportiva, y ella no pudo contener las lágrimas durante el acto. «Sentí como un mimo, un abrazo de la gente», cuenta. El intendente también habló, porque conocía su historia, y muchos de los presentes la acompañaron llorando. «Sentí como una reconciliación con el pueblo en general. Si bien en el agua ya la sentía, acá era con la gente», dice.

Ese reencuentro es, quizás, lo que más valora. «Yo no odiaba a mi pueblo, odiaba lo que me había pasado«, aclara. Hoy, cada vez que vuelve, se mete al río en cualquier época del año. «Aluminé es mi pueblo, es mi raíz, es mi casa», afirma. Y cuando su historia llega a otras personas, tiene una convicción. «Capaz que le estamos salvando la vida a alguien. Muchas historias me salvaron la vida a mí, o sea que es una cadena de retroalimentación«.
Su manera de contarla evita lo edulcorado. Sostiene que «es lindo contar que no se puede todo en la vida» y que no hay que romantizar lo que se muestra en redes.
Un natatorio para Aluminé: «Pude salir a nadar al mundo, hoy el pueblo necesita su pileta»
Si hay un mensaje que Giselle quiere que resuene en su pueblo, es este. «Aluminé es un lugar reconocido por el kayak y el rafting y hoy no tenemos un natatorio, y yo pude salir a nadar por el mundo«, remarca. Según sus propias averiguaciones, es la primera mujer de la localidad que sale a competir internacionalmente en natación. «Salí como pude a nadar al mundo», resume con orgullo.
Por eso apoya el proyecto de un natatorio para Aluminé, que impulsan la enfermera Susana Funes, una contadora de la localidad y sus propios padres, entre otros vecinos. Lo presentaron en distintos ámbitos, pero hoy está frenado, porque, según lo ve, no es una prioridad para el pueblo. Ella misma dio un paso al costado por estar abocada a sus estudios y a un desafío personal, aunque quiere que su historia sirva para darle impulso. «Hoy se están haciendo natatorios por toda la provincia, me parece muy relevante que ellos puedan tener el suyo», sostiene.
Sabe de qué habla. En verano dio clases de natación a mujeres adultas del pueblo, y en un mes, cuenta, pasaron de no saber flotar a cruzar el río.
«Orgullosa de haber sanado»: la nueva etapa de Giselle Mendez en el Alto Valle
Hoy vive en Cipolletti, donde cursa su carrera, tras una lesión que la alejó de las competencias y una mudanza que, dice, le cambió la vida. Está escribiendo desde hace dos años un libro que recorre su historia, desde la primera competencia hasta las partes más profundas de lo que vivió.
Cuando mira para atrás, lo que siente no es rencor. «Me siento muy orgullosa de haber sanado mis heridas. Me siento orgullosa de sentirme en paz, de poder tomar hoy mis decisiones», cuenta. A veces mira por la ventana y se lo dice. «Yo hice todo esto, y lo hice sola, y lo hice con lágrimas, y lo hice con negativas porque mucha gente me ha cerrado las puertas». Y concluye que se siente «orgullosa de saber perdonar».
Si estás atravesando un momento difícil o conocés a alguien que lo esté, en Argentina podés comunicarte con la línea 0800 345 1435 (línea de asistencia al suicida desde todo el país) las 24 horas.
La primera vez que volvió a meterse en el río Aluminé, ya convertida en nadadora, Giselle Mendez lloró como pocas veces en su vida. "Fue como un mar de llanto", recuerda. Sintió que la corriente se llevaba todo lo malo que había pasado por su cuerpo, y que ese río de su infancia, el mismo donde aprendió a nadar a los cuatro o cinco años, volvía a ser un lugar al que pertenecía.
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