Las cábalas de La Scaloneta: cómo se blinda esotéricamente el búnker de la Selección Argentina

Entre la devoción popular de la Difunta Correa, la estampa oculta de Lautaro Martínez y “los planes de Dios”, una radiografía del folclore y las creencias que rodean a un plantel que se aferra a las cábalas y a la fe para seguir adelante en el Mundial 2026.

Por Hernán Panessi

Lautaro Martínez lleva una representación de la Virgen de Luján dentro de sus canilleras.

En el búnker de la Selección Argentina en Estados Unidos el aire no huele a césped, ni a spray para masajes, ni al cuero de las pelotas Trionda. Huele al humito de asado, que a estas alturas más que liturgia debe ser una cábala. No lo dicen, no lo explicitan, pero la costumbre se repite una y otra vez. Y los resultados acompañan. Unos asados que funcionan como insumo de altos valores de proteína y, fundamentalmente, como cebo de buenos mensajes criollos en redes sociales. “Vamos muchachos”, les escriben por ahí.

Y, también, esa concentración huele a resina dulce, densa, casi eclesiástica. Huele a palo santo. Allí, la “Banda del Palo Santo”, conformada por los defensores Lisandro Martínez, Cristian “Cuti” Romero y Nahuel Molina, utilizan el ritual de encender esta madera sagrada en sus cuartos para limpiar energías y atraer buenas vibras. Los pasillos de las concentraciones quedan blindados contra cualquier envidia, embrujos y aires pesados. No es folclore para las redes sociales, sino una ingeniería del espíritu. Una persistencia con un solo objetivo: que nada perturbe sus planes de ganar.

Todo empezó en Qatar 2022, una jornada en la que Lisandro Martínez levantó fiebre repentina. Alguien encendió una madera y el humo, casi de templo, empezó a limpiar su energía. Fue Rodrigo De Paul el que hizo público esta liturgia seria, casi obsesiva, de la defensa nacional.

Y es que la fe del futbolista argentino no se explica únicamente desde la teología, sino desde la devoción popular. En la zona mixta, tras la agónica remontada por 3-2 contra Egipto del pasado martes, las cámaras de televisión buscaron los ojos de Lautaro Martínez. Pero el verdadero detalle, el que revelaba la trastienda del milagro, estaba mucho más abajo. Al deslizar el elástico de sus medias, emergieron sus canilleras con la estampa de la Virgen de Luján.

Después de su gol a Jordania en el Mundial 2026, Lautaro Martínez se «limpió la mufa». (Foto: gentileza)

El “Toro”, que ya se había “sacado la mufa” frente a Jordania, al igual que otros tantos, en arrebatos de desesperación y protección, buscan aferrarse a la estampa de la Virgen, patrona de Argentina.

En esa línea, hay una geografía de la creencia que une la opulencia de las canchas norteamericanas con los caminos bonaerenses y las rutas desérticas de San Juan. Antes de subir al avión, los botines de Lionel Messi (los F50 Último Tango) pasaron por la Basílica de Luján para recibir una bendición especial del padre Lucas García. Al mismo tiempo, desde la Copa América 2021, Claudio “Chiqui” Tapia, presidente de la AFA, cumple con su propio rito de peregrino: subir las escaleras del santuario de la Difunta Correa, en el paraje de Vallecito, departamento de Caucete, cargando promesas y agradecimientos. Por acá, una de las cábalas más fuertes de la Selección Argentina.

Chiqui Tapia cumplió su promesa y llevó la Copa del Mundo a la Difunta Correa en 2022. (Foto: gentileza)

A su vez, en un giro más pop, hasta 2022, “Chiqui” también portaba un muñeco de Chucky, que acompañó como un talismán al plantel campeón durante todo el Mundial de Qatar. Y terminó como tatuaje en su pierna.

Asimismo, la comunión con Luján tiene una raíz histórica que el plantel respira de forma inconsciente. De hecho, en los días previos al encuentro con Cabo Verde, que la selección venció por 3 a 2, emergió el recuerdo por el Negrito Manuel, aquel esclavo caboverdiano que en el siglo XVII se convirtió en el primer custodio de la Virgen, repitiendo que no tenía más amo que esa pequeña figura. El Negrito Manuel cuidaba la imagen, le cambiaba los vestidos, le rezaba en la soledad de la pampa. El espíritu de Manuel jugó también para la celeste y blanca.

Y hoy, cuatro siglos después, la mística de ese cuidado espiritual también resuena en los ecos de las pantallas de los teléfonos celulares. En las madrugadas de Twitter, las chicas de la “Brujineta” operan como un ejército invisible de sanadoras digitales. No patean la pelota, no corren los noventa minutos, pero abren tijeras, prenden velas, controlan el “mal de ojo” y blindan espiritualmente a los jugadores de Scaloni. Es una defensa civil, esotérica y digital que sostiene el destino deportivo de la nación con la fuerza de la intención.

Otro de los videos que se viralizaron mostraron a «Cuti» Romero y «Licha» Martínez poniéndose agua bendita en el cuderpo.

Sin embargo, para Leo Messi y Enzo Fernández el lenguaje de la creencia es más despojado y directo. En cada declaración post-partido, ellos recurren a una entelequia que funciona como un dogma: los planes de Dios. No hablan de merecimientos personales, ni de la fortuna de la suerte, ni de definiciones técnicas. Hay una entrega mansa, una rendición absoluta a un orden que los excede por completo. Si se gana, el triunfo ya estaba escrito en esas líneas invisibles. Si se sufre, es parte del camino (o el guión) para merecer la gloria.

Dios tenía algo preparado para mí”, dijo Leo, tras el luchado triunfo frente a Egipto. Y desde las redes, jóvenes leyendo la Biblia en el momento del descuento de “Cuti” Romero y niños cargando cruces en medio del colegio: virales que vimos en días en que la fe resulta un cobijo.

Así las cosas, este sábado 11, la Selección Argentina se enfrentará a Suiza por los cuartos de final del Mundial. El calendario litúrgico señala que es San Benito, el santo de la protección contra las acechanzas del demonio, el patrono del discernimiento y de las batallas espirituales más duras. Frente a la frialdad helvética y el fútbol del jovencísimo Johan Manzambi y del experimentado Granit Xhaka, la Scaloneta opondrá su catálogo de insistencias: el humo del palo santo flotando en las habitaciones, la estampa oculta en la media de Lautaro, los botines ungidos en la provincia de Buenos Aires y una certeza compartida que viaja desde el teclado de una adolescente trasnochada hasta la fe del mejor jugador de la historia.

El pibe de 39 años que juega como si cada pase ya hubiera sido rezado, hace mucho tiempo, en otra parte, mucho más allá, arriba o quién sabe dónde.


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