Dejaron su peluquería, se lanzaron a recorrer la Argentina en una moto 125 cc y pasaron el invierno viviendo en Caviahue

Cintia y Juan tenían un trabajo estable, pero un día vendieron todo para ir tras el sueño de recorrer Argentina. Hoy se presentan como "Acocho Viajeros", abrazan lo hermoso de la Patagonia pero también enfrentan sus inclemencias, mostrando la realidad del camino sin filtro en sus cuentas de YouTube e Instagram @acochoviajeros.

"Somos tres acá": Cintia y Juan consideran a la Yamaha YBR 125 cc como una integrante más de la familia. En ella llevan todo lo necesario para vivir y trabajar en la ruta. Foto: gentileza.

La nieve les tapó la puerta hasta la mitad y aun así Cintia Grosso y Juan Manuel Trespidi intentaron salir rumbo al trabajo. No llegaron a hacer tres cuadras, porque el viento blanco, a 95 kilómetros por hora, los devolvió a la casa. Pasó hace poco en Caviahue, el pueblo neuquino de mil habitantes en plena cordillera, donde la calle queda un metro y medio bajo el suelo y la gente va al supermercado esquiando, como quien sale a andar en bicicleta por su pueblo.

Pero… ¿Cómo llegaron hasta ahí? Ellos venían de otro paisaje. Cintia tiene 42 años, Juan 41, son de Bragado, provincia de Buenos Aires, y hasta enero de 2023 tenían un salón de peluquería, una clientela armada para todos los meses del año y las vacaciones marcadas en el calendario. Hoy se presentan como «Acocho Viajeros» y en sus redes sociales lo resumen en una línea: «Somos Cintia y Juan cumpliendo un gran sueño, recorrer Argentina con nuestra YBR 125cc«.

Ese sueño lo documentan en 564 videos, que reúnen 58,5 mil suscriptores en YouTube (@acochoviajeros), y en Instagram (@acochoviajeros) los siguen 77 mil personas. Cada capítulo les lleva cuatro o cinco días de edición, con Wi-Fi que a veces falla, y lo arman con la idea de mostrar el viaje completo, el frío, el barro y los accidentes junto con los paisajes.

Son simpáticos y les encanta conversar, a los dos y a ella más, y quizás por eso la comunidad que los sigue les abre la puerta en cualquier lugar, con un patio para la carpa, una habitación de más o un trabajo para pasar el invierno.

«Esperar 15 días al año no era suficiente»: el clic que lo cambió todo


Antes de ser Acocho Viajeros, dicen, eran lo que son casi todos. Un trabajo estable bajo patrón, la comodidad de lo seguro y el calendario marcado por las vacaciones. Juan trabajaba en una empresa de monitoreo de alarmas para hogares y Cintia en un centro de estética, en la parte de peluquería. «Esperando las vacaciones. Esperando esos 15 días, sumar años para tener más días de vacaciones», recuerdan.

La moto siempre estuvo ahí, aunque como herramienta para ir a trabajar, hacer los mandados y salir a tomar unos mates.

Los primeros viajes llegaron con los encuentros motoqueros, a bordo de motos de 110 cc que no se animaban a mucho más que los pueblos cercanos. Después cambiaron la Zanella por una moto más grande, hasta que apareció la Yamaha FZ 160 y con ella el primer viaje largo, a Córdoba, de unos 2.500 kilómetros. «Nos picó el bichito», cuentan. Ahí descubrieron que no sabían nada de indumentaria para andar cómodos y protegidos en la ruta, y empezaron a invertir de a poco.

Durante tres años y medio tuvieron su propio salón y trabajaron juntos. Cuando recuperaron la inversión, cada tres meses se tomaban quince días, trabajaban a full ese trimestre y se escapaban en moto «para matar la ansiedad». Una de esas escapadas, la de Machu Picchu, se convirtió en 22 días de despertar y viajar, despertar y viajar, porque solo tenían 21 para ir y volver. La pregunta les llegó mientras tomaban mate. Si querían viajar más, durante más tiempo, ¿cómo hacían?

Acochos en Lago Posadas, Santa Cruz. Foto: gentileza.

Ponerle fecha al sueño: vender las cosas, dejar el salón y despedirse


La respuesta implicaba soltar el salón, la clientela y la estabilidad que habían armado. Les llevó más de un año de preparación, con una cajita donde iban separando lo que era para el viaje. «Es súper importante poner una fecha a cualquier objetivo«, repiten. «No importa si estamos listos, si falta algo, salimos igual, lo resolveremos en el camino.»

Los amigos y la familia no les creían, hasta que los vieron vender sus cosas y pedirle a unos y otros que les guardaran cajas. Los primeros meses de planificación fueron pura adrenalina, y después, con la fecha que se estiraba, se volvió un poco pesado.

Esperaron las fiestas por una razón práctica, porque diciembre es el mes más fuerte de la peluquería y Cintia no quería dejar a sus clientas sin teñir. Las dejó «divinas» para Navidad, pasó las fiestas con la familia y arrancó. Habrían salido una semana antes, pero llovía y no querían estrenar la ruta bajo el agua.

El 21 de enero de 2023 partieron con rumbo a Tierra del Fuego, decidieron dejar su ciudad y dejar la vida que conocían.

En Bragado hay un monumento a un caballo que le da nombre a la ciudad, y en uno de los videos del canal Juan se para frente a él, le pregunta a Cintia si va a estar todo bien y se larga a llorar, porque se le escapó todo de golpe. Ella lo abraza y le dice que sí.

Recién ahí cayeron en que habían dejado todo, que hacia atrás solo quedaban la ciudad donde nacieron, los amigos y la familia, y que adelante estaba el camino. «Nuestra casa estaba sobre las dos ruedas de la YBR», resume él.

La primera parada de poco más de 200 kilómetros en San Miguel del Monte, fue en la casa de unos amigos conocidos por las motos y las redes, para resolver lo que no habían llegado a resolver, entre otras cosas, un arreglo de la carpa.

¿Y el miedo a arrepentirse? Dicen que no lo tuvieron, porque salieron con una regla clara. Si a alguno de los dos dejaba de gustarle, se volvían. «Nadie arrastra a nadie a hacer nada acá», aclara Juan, que maneja la moto por una cuestión técnica pero no acepta que le digan que su mujer lo acompaña. «En verdad ella no me está acompañando. Ambos estamos haciendo el mismo viaje».

Dormir sentados por el viento y ser chocados por una camioneta: el bautismo en la Patagonia


La Patagonia les enseñó rápido sobre sus esplendores y sus inclemencias. En Puerto San Julián, con ráfagas de 90 o 95 kilómetros por hora, durmieron sentados para que el viento no rompiera las varillas de la carpa. En Bragado, cuentan, con más de 50 ya hay desastres, y hoy esos 50 les parecen una brisa.

En Los Antiguos vieron la cereza desde que está verde hasta que se cosecha y se vende, «la verdadera cereza, que es grande como una ciruela» -trae a la memoria Juan- y en Puerto Madryn las ballenas. Cintia todavía recuerda al Perito Moreno, parada delante del glaciar, «fue algo alucinante» describe.

También hubo momentos que no se olvidan por razones opuestas. En Comodoro Rivadavia, a los dos meses de estar en la ciudad, una camioneta los chocó de atrás y los arrastró, y Juan todavía recuerda la imagen de verla tirada, y la actitud de la conductora, que les decía que tuvieran más cuidado. No fue grave, pero lo golpeó fuerte.

Capillas De Marmol, Puerto Tranquilo, Chile.

Otra vez, saliendo de San Julián, los agarró una tormenta en un lugar inhóspito, con las ruedas tan cargadas de barro que no podían avanzar ni dos metros y sin saber bien dónde estaban. Lo que los sacó de ahí fue algo que siguen haciendo. Antes de cada ruta avisan a unos amigos el camino que van a tomar y el tiempo que deberían tardar, y si no dan señales, esos amigos salen a buscarlos.

Les gana el triple de tiempo porque van en una moto muy chica y además filman, relatan. Hoy, además, llevan una antena Starlink y un powerbank para conectarse en rutas donde «literalmente no pasa nadie en una semana».

Además, está el frío en la carpa. Juan recuerda una noche en que Cintia, que lo sufre mucho, no podía dormir y él no tenía cómo calentarla. Al día siguiente había que desarmar todo, viajar y crear contenido igual. «Vos elegiste esto, vos sabías, contá hasta diez y hacelo con calma«, se dice cuando le dan ganas de tirar todo. Pasada la noche, miran el lugar donde están y siguen.

Iban por cinco días a Tierra del Fuego y se quedaron 3 meses: ¿cómo financian el viaje?


Su manera de viajar es lenta, y lo reconocen. En estos 3 años de viajes, bajaron por la Ruta 3 hasta Ushuaia, cruzaron a Chile para la Carretera Austral y subieron zurciendo la Ruta 40 entre un país y otro, porque les gusta cruzar mientras la cordillera los deja tan cerca de la frontera.

A Tierra del Fuego pensaban dedicarle cinco días. Un seguidor les ofreció un departamento y se quedaron un mes y medio, y en total pasaron tres meses en la isla, entre Ushuaia, Tolhuin y Río Grande, donde conocieron familias que los alojaron por más tiempo del previsto. «¿Cuántas veces se te va a dar esta oportunidad?», se preguntan siempre, y esa pregunta explica casi todas sus decisiones.

El viaje se paga con trabajo. YouTube, que al principio les dejaba unos 100 dólares, recién en los últimos meses llega a 170 o 200. El resto de la plata sale de trabajos que van encontrando. Venden pulseras, cuellitos buffs personalizados y calcomanías, hacen cortes de pelo en los pueblos donde no hay peluquería (Cintia llevó las tijeras), ofrecen tomas aéreas con el dron a hostels y cabañas, hacen voluntariados a cambio de hospedaje y, cada tanto, publicidades.

La comunidad que los sigue también los hospeda, con un patio para la carpa o una habitación de más. Gastan poco, porque en esta vida «necesitás mucho menos». Sus gastos fijos son el seguro de la moto, el teléfono y la nafta, y cambian el calzado y la ropa una vez al año.

Cintia, que siempre administró la economía de la casa, admite que al principio la inseguridad económica la desvelaba, y que se fue calmando cuando los trabajos empezaron a aparecer. La YBR, comentan, «no fue preparada para esto y sin embargo nos está haciendo vivir la aventura más grande de nuestra vida». «Somos tres acá», bromean.

Siete meses en Caviahue: de la nevada de dos metros a caminar sobre un lago congelado


El invierno los frena, porque en la Patagonia con moto el frío extremo es un riesgo que no quieren asumir.

Esta vez, la parada en Caviahue iba a durar unas semanas. Pero se les rompió el dron, el repuesto tardaba un mes, y Fernando, el dueño del hostel donde se alojaban, les propuso hacerse cargo de la limpieza y el mantenimiento a cambio de la estadía, porque la chica de la comunidad mapuche que se ocupaba de eso se iba con la veranada.

Después les ofreció quedarse toda la temporada de invierno, ya con un pago. Tenían el repuesto en camino y las ganas de seguir hacia el norte neuquino, pero les ganó la curiosidad por vivir una nevada de dos metros. Se quedaron siete meses.

En ese tiempo se les venció el carnet de conducir y renovarlo en Bragado, donde figura su domicilio, les costaba más de un millón de pesos y cuatro meses de espera para un turno. Como ya llevaban seis meses viviendo y trabajando en Caviahue, lo hicieron allá. «Ahora ya somos neuquinos«, cuentan, riéndose. Son parte de los mil habitantes del pueblo, «y con nosotros somos mil dos», menciona Cintia.

Vivieron lo que se vive ahí. Grabaron el Salto del Agrio congelado, un fenómeno raro porque sus aguas son ácidas y volcánicas, y el video se hizo viral. Caminaron sobre una laguna congelada, cruzaron a Chile en moto de nieve, y el día antes de la charla habían llegado en moto de nieve hasta el hito entre Chile y Argentina, en Copahue, donde se paran sobre la cordillera de los Andes.

Hablaron con loncos mapuches, que les contaron cómo se vive del turismo y de la crianza de chivos, entre veranadas e invernadas. Aprendieron que para caminar sobre el hielo se lleva la compra en una especie de patín de plástico atado a una soguita, porque con las manos ocupadas no se puede amortiguar una caída.

Sus cumpleaños (en marzo,) que por primera vez festejaron juntos en el mismo lugar, fueron salidas a tomar mate a la Laguna Hualcupén y un intento de llegar al Salto del Agrio, donde el viento los hizo volver.

«No todo es color de rosa»: la decisión de mostrar los accidentes, el barro y el frío real


Lo que hacen en YouTube son capítulos largos, que les demandan entre cuatro y cinco días de edición, con tres o cuatro temáticas por video y de a ratos mala conexión. Llaman a su proyecto actual «Perdidos por Argentina» y lo cuentan desde el momento cero.

La premisa es mostrar lo bueno y lo malo. «Que todo es lindo, que todo es rosa, que largás todo y te vas y la vida proveerá, no es así, hay que pelearla«, dice Cintia.

Acochos en su viaje a Tierra del Fuego. Foto: gentileza.

Dicen, además, que les convendría para las vistas mostrar solo tragedias. «Sinceramente nos favorecería la tragedia», admiten, pero les parece contrario a lo que vieron ellos antes de salir, cuando les pintaban rutas imposibles y llegaban y era un cruce de nada.

Hoy reciben mensajes de familias que fueron a Esquel o a Piedra Parada porque los vieron a ellos llegar con la moto chica. «Arriba de la YBR se ven dos, pero en verdad son todos nosotros dos, más todos los que están viendo el video», dicen.

Si hay algo que repiten en la entrevista, es que lo más lindo del viaje son las personas. «Vamos creando familias más que amigos, y eso es lo que más nos llevamos y lo que más extrañamos cuando abandonamos un lugar», cuentan.

Dos meses en Chile, donde dicen que jamás tuvieron un problema, les alcanzaron para desesperarse por volver, a ese mate con alguien que no sabés quién es pero tratás como si lo conocieras de toda la vida, a la charla en la estación de servicio que termina con una semana en la casa de ellos. «Y hoy son familia», dicen.

En su viaje a Tierra del fuego, acampando en una casa abandonada. Foto: gentileza.

Aprendieron a ver las estaciones de servicio como un refugio, a resolver sobre la marcha y a trabajar de lo que aparezca, porque, como cuenta Cintia, «acá se agarra todo», incluso limpiar, que no les encanta.

Y, con los años, aprendieron lo que nunca les enseñaron en la escuela. De geología, de historia, de geografía. «Nunca pensé que me iba a interesar un árbol, una planta», dice él, «y hoy me fascina escuchar y saber de qué se trata».

Mendoza en el horizonte y la certeza de que «el viaje es un camino de ida»


Cuando termine la nieve, que todavía no se retiró, van a salir hacia el norte neuquino, Andacollo, Manzano Amargo y los pueblos que les quedan, para despedirse de la provincia antes de entrar a Mendoza por la Ruta 40.

Dicen que, por ahora, mínimo treinta días más y vuelven a la ruta, porque «está esa ansiedad de volver a tener esa incomodidad arriba de la moto».

Acochos en Junín de Los Andes, Neuquén. Foto: gentileza.

No saben si esta vida es para siempre. Creen que no, que en algún momento van a querer volver a la comodidad, o que quizás sigan viajando de otra forma, con un trabajo fijo que les deje seguir recorriendo.

«El viaje siempre va a estar en nuestras vidas», coinciden. A quien dude, le recomiendan empezar de a poco, conocerse, conocer el vehículo, planificar lo que se pueda planificar y perderle el miedo al resto. «Es un camino de ida», dice Cintia. Y si no, agregan, hay que buscar la forma de acomodar la vida para viajar un poco más.


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