Grooming y ciberacoso: especialistas presentaron herramientas de detección en Roca

Durante la jornada "La infancia bajo amenaza en la era digital", expertos en derecho y psicología forense compartieron pautas para prevenir el abuso sexual infantil en entornos virtuales y el marco legal vigente en Argentina.

La iniciativa se desarrolló en la CAIC (Mitre 944).

La Cámara de Agricultura, Industria y Comercio (CAIC) ubicado en Mitre 944 de Roca fue sede este viernes de la jornada «La infancia bajo amenaza en la era digital», un encuentro con entrada libre y gratuita destinado a brindar herramientas para la detección temprana y el abordaje de situaciones de grooming y otras formas de violencia que afectan a niños y adolescentes en entornos virtuales.

La actividad fue organizada por Mujeres Fénix y convocada por la diputada nacional por Río Negro Lorena Villaverde. La propuesta contó con expositores técnicos de la Dirección de Análisis de la Conducta Criminal y Victimología, dependencia del Ministerio de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires que abordaron la problemática desde una perspectiva que combinó la investigación criminal, la victimología y la psicología forense.

Durante la jornada se analizaron los mecanismos utilizados para la captación de menores a través de redes sociales y plataformas digitales, los contextos de vulnerabilidad y las señales que pueden advertir una situación de riesgo.

Así fue «La infancia bajo amenaza en la era digital»


Mariana Ceballos, abogada, psicóloga y perita oficial del Poder Judicial de Neuquén, fue la encargada de conceptualizar qué se entiende por violencia digital.

Explicó que no se trata de una violencia distinta a la que ya se conoce, sino de las mismas conductas violentas que ahora se valen de redes sociales, plataformas y dispositivos digitales como medio para producirse, facilitarse o profundizarse, y remarcó que lo que ocurre en internet no pertenece a un mundo aparte sino que forma parte de la vida cotidiana y de los vínculos reales de chicos y chicas.

Dentro de ese universo, Ceballos diferenció el ciberacoso, que definió como una conducta reiterada de intimidación, humillación o amenaza a través de mensajes agresivos, rumores, cuentas falsas o la publicación de fotos y videos humillantes, de otras formas de violencia digital como el grooming, la extorsión con material íntimo o la difusión no consentida de imágenes.

Aclaró que la diferencia entre una discusión habitual entre chicos y una situación de riesgo está en la repetición de la conducta y en la intención de atemorizar, humillar o someter a la víctima.

Sobre el marco normativo, la especialista señaló que en Argentina todavía no existe una ley nacional específica sobre violencia digital, aunque sí un conjunto de normas que abordan distintas formas de violencia desde otros derechos.

En ese sentido, mencionó la vigencia de legislación provincial en Río Negro vinculada al delito de grooming y la existencia de la Ley Olimpia, un programa que busca generar conciencia sobre el cuidado de la identidad digital y la prevención de la violencia en entornos virtuales.

La jornada también contó con la participación de Daniel Osorio, psicólogo y criminólogo, director de la Dirección de Análisis de Conductas Criminales y Criminología del Ministerio de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, quien centró su exposición en los mecanismos de captación, los patrones delictivos y los perfiles de los agresores.

Uno de los ejes centrales de la jornada estuvo puesto en identificar a los chicos en riesgo antes de que lleguen a ser víctimas. En ese sentido, Karina Sorokowski, especialista en victimología y jefa de la División de Análisis de las Conductas Criminales y Victimología, propuso correr la mirada del momento en que el delito ya se produjo y pensar hacia atrás, qué llevó a que un niño, niña o adolescente quedara expuesto y qué estrategia utilizó quien agredió.

Para ilustrarlo, describió un caso construido a partir de patrones que se repiten en distintas denuncias, el de Valentina, una adolescente de 15 años que atraviesa una pelea con sus amigas y, en ese contexto, empieza a intercambiar mensajes en redes con un perfil que se presenta como un chico de su edad.

Según explicó Sorokowski, el vínculo avanza de manera gradual, primero con una aproximación que no despierta sospechas, luego con la construcción de un clima de confianza en el que el agresor indaga datos sobre la rutina, los gustos y el entorno familiar de la víctima, y más tarde con la instalación de un secreto compartido que aísla a la chica de su círculo cercano.

Recién en una etapa posterior aparecen los pedidos de fotos cada vez más íntimas y, cuando la víctima se niega o se arrepiente, la amenaza y la extorsión.

Sorokowski subrayó que ese proceso de aproximación, generación de confianza e instalación del secreto no sigue siempre el mismo protocolo, aunque conocer la dinámica permite trabajar con los propios chicos para que puedan reconocer el momento en que un vínculo, hasta entonces normal, empieza a generarles incomodidad o la sensación de estar obligados a algo.

También remarcó que no hay que responsabilizar al niño o la niña por haber llegado a esa situación, ya que la estrategia de captación se construye de manera silenciosa y progresiva.

La jornada incorporó además una mirada desde la psicología clínica forense. Atenas Vila retomó el concepto de identidad digital, entendida como la manera en que cada persona se construye y se muestra en internet, y planteó que la respuesta de los adultos no debería ser prohibirles a los chicos el uso de la tecnología, ya que eso interferiría en su forma de vincularse con sus pares, sino acompañarlos a cuidar esa identidad.

En esa línea, mencionó como señales de alerta los cambios de conducta, las alteraciones en la atención o la alimentación, el aislamiento, la irritabilidad, el bajo rendimiento escolar o el rechazo repentino a usar dispositivos que antes se usaban con naturalidad, aunque aclaró que ningún indicador aislado confirma por sí solo una situación de violencia digital y que siempre debe evaluarse en contexto.

Por su parte, Cecilia Shedden se refirió al rol del terapeuta en dos momentos distintos, cuando todavía hay sospecha y cuando ya está confirmado que un chico o una chica fue víctima.

En el primer caso, remarcó la importancia de registrar los horarios y el comportamiento en línea de manera tal que esa información pueda transformarse más adelante en prueba judicial, y advirtió que una buena intervención pasa por saber hasta dónde intervenir.

Una vez confirmada la victimización, en cambio, planteó que el objetivo debería correrse hacia el trabajo sobre el daño y evitar sobreintervenir, para que la experiencia no quede fijada en la identidad de quien la atravesó.

«Frente a un delito digital, lo correcto es cuidar el relato, activar la ayuda y no revictimizar», resumió Shedden.

El impacto de la violencia digital


Otro de los puntos abordados fue la permanencia del daño en los entornos digitales. A diferencia de otras formas de violencia, la circulación de imágenes, mensajes o contenidos vinculados a una situación de abuso o exposición puede prolongar sus efectos en el tiempo y dificultar el proceso de recuperación de las víctimas.

Ceballos había advertido sobre esta característica particular de los entornos digitales, sobre cómo lo que antes quedaba circunscripto a un espacio limitado hoy puede llegar en simultáneo a muchas personas, y cómo un mismo contenido puede reproducirse, compartirse y volver a circular incluso mucho tiempo después de haber sido publicado.

Qué hacer ante una situación de grooming


Uno de los aportes centrales de la jornada estuvo vinculado con las herramientas que pueden utilizar las familias y otros adultos responsables frente a una sospecha.

Frente a la sospecha de que un chico o una chica atraviesa una situación de grooming, las y los especialistas coincidieron en algunas pautas. En primer lugar, escuchar sin juzgar ni responsabilizar a la víctima por lo sucedido.

En segundo lugar, preservar el relato y todo aquello que más adelante pueda constituir una prueba, como capturas de pantalla, mensajes o publicaciones, en lugar de borrarlas de inmediato.

En tercer lugar, activar la ayuda a través de un adulto de confianza, de organizaciones especializadas o de la Justicia, y evitar la revictimización, que implica no exponer al chico o la chica a repetir su relato más veces de las necesarias ni a nuevas situaciones que profundicen el daño.

También remarcaron que la prevención no pasa por prohibir el uso de redes sociales, sino por enseñar a identificar cuándo un vínculo que parecía normal empieza a generar incomodidad o la sensación de estar obligado a hacer algo que no se quiere.

Los especialistas remarcaron la importancia de que la intervención se realice de manera adecuada para evitar que niños, niñas y adolescentes sean expuestos nuevamente a situaciones que puedan profundizar el daño.


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