¿Una especie desconocida? Hallan en la Patagonia restos de un dinosaurio que la ciencia aun no logra nombrar

Estuvo 20 años guardado en un cajón de Lamarque. Tras reanalizar sus fósiles, paleontólogos descubrieron que este titanosaurio de 18 metros con "huesos de aire" no se parece a nada conocido y vivió poco antes de la extinción masiva.

El hallazgo original en Cerro Salamanca fue realizado entre 2008 y 2012 por jóvenes investigadores de la Universidad Nacional del Comahue y del Conicet. Foto: gentileza.

Restos de un titanosaurio, un dinosaurio herbívoro de cuatro patas y cuello largo, que vivió en la zona de Bajo Santa Rosa hace unos 67 o 68 millones de años, volvieron a ser estudiados después de casi dos décadas guardados en el Museo Paleontológico Municipal Héctor Cabaza de Lamarque.

Los resultados, publicados recientemente en la revista científica internacional Journal of Vertebrate Paleontology, indican que podría tratarse de una especie diferente a las que se conocen, aunque por el momento no se le pudo asignar un nombre.

Así lo explicó el paleontólogo Flavio Bellardini, uno de los autores del trabajo, en diálogo con Diario RÍO NEGRO. El especialista, contó cómo se dio la historia de estos huesos, desde el hallazgo en el campo hasta el análisis con herramientas actuales, y detalló qué se pudo saber del animal y qué falta por descubrir.

Foto durante el trabajo de campo realizado entre 2008 y 2012. Crédito: Gentileza.

El hallazgo, luego de casi 20 años en un cajón


Según relató Bellardini, los fósiles fueron encontrados entre 2008 y 2012 por jóvenes investigadores de la Universidad Nacional del Comahue y del Conicet, que llegaron a Bajo Santa Rosa y comenzaron a excavar en Cerro Salamanca. La campaña se extendió durante un par de años, tiempo en el que se recuperaron los huesos y luego se los trasladó al museo de Lamarque.

Los investigadores que trabajaron en el campo reconocieron en ese momento que se trataba de un dinosaurio de los grandes, un titanosaurio, pero los huesos todavía no estaban preparados ni limpios para poder estudiarlos.

El responsable de aquel proyecto dejó de trabajar con ese material y los restos quedaron, por casi 20 años, olvidados en los cajones de la institución, donde con el tiempo fueron preparados, de modo que cuando el equipo actual llegó ya estaban limpios y listos para el análisis.

«El fin de la era de los dinosaurios», un proyecto que revisó los museos de la Línea Sur


Los fósiles volvieron a ser el centro de atención en el marco de un proyecto, enmarcado en National Geographic, que comenzó en 2024 y reúne a investigadores de todo el país para revisar las colecciones de los museos y registrar todo el material fósil que estaba sin estudiar y sin catalogar.

La idea fue ir completando una gran base de datos para saber cuántos huesos de este tipo hay en cada localidad y región que nunca se habían analizado.

La iniciativa se llama «El fin de la era de los dinosaurios«, porque se concentra en los ejemplares que vivieron justo antes de la caída del meteorito y de la extinción masiva, y busca reconstruir cómo eran en ese momento las poblaciones de dinosaurios y de plantas de la Patagonia, que por entonces albergaba una gran cantidad de especies.

A Bellardini le tocó recorrer los museos de la Línea Sur, entre ellos los de Valcheta, Jacobacci y Lamarque, en busca de lo que describió como materiales olvidados, es decir, piezas que estaban en los museos pero que nunca se habían estudiado.

«Si no están estudiados y no están registrados, es como si no existieran para nosotros«, explicó. En Lamarque encontró los huesos de Cerro Salamanca, que seguían sin analizarse, y ahí, contó, «arrancamos de vuelta todo el estudio», que se publicó recientemente.

El equipo los comparó con otros dinosaurios ya conocidos y pudo asociarlos a los titanosaurios, los grandes herbívoros de cuatro patas y cuello largo del Cretácico.

Qué se encontró y por qué aun no tiene nombre


Según el investigador, dos cuestiones llamaron la atención del equipo. Por un lado, los huesos provienen de niveles geológicos muy jóvenes, cercanos a los últimos antes de la extinción, en los que no se conocían dinosaurios tan grandes, por lo que el ejemplar podría ser uno de los últimos gigantes que recorrieron la zona. Por otro, era algo novedoso, ya que no se parecía a ninguna especie ya nombrada.

El material, sin embargo, está mal preservado, ya que solo se recuperaron algunos dientes, costillas, huesos de la pata y vértebras de la cola, y no mucho más. «Si no tenemos caracteres relevantes que los distingan de otra especie, no podemos darle el nombre», señaló, y agregó que el estado fragmentado de las piezas lo impidió.

Aun así, se mostró conforme, porque, según dijo, «seguramente es algo diferente a lo que ya conocemos», un dato que además sugiere que en la región habría habido más variedad de animales de la que se sospecha.

Un animal de entre 15 y 18 metros, con huesos llenos de aire


Entre los restos hay dos peronés, huesos de la pata trasera, que se conservaron enteros y muy bien preservados, y que miden casi un metro de largo. A partir de ellos, el equipo estima que el animal habría alcanzado entre 15 y 18 metros de longitud y unos 3 metros de altura a la cadera, por lo que se trataba de un ejemplar muy grande.

Lo más interesante, destacó Bellardini, es que esos huesos son una especie de estructuras huecas, penetradas por el sistema de sacos aéreos, es decir, partes de los pulmones que invadían el esqueleto con aire para aligerarlo y evitar que el animal fuera tan pesado. «Nunca habíamos visto tanta invasión de aire en estos huesos de la pata«, afirmó.

¿Qué comía?


Un diente de unos 9 centímetros también llamó la atención de los científicos. Fue hallado cerca del sitio de donde provienen los demás huesos pero, como los otros dientes que aparecieron cerca del esqueleto miden entre 4 y 5 centímetros.

El desgaste de la pieza permite saber qué comía el animal, porque según cómo se gasta el diente se puede reconocer si el vegetal era muy duro o blando.

En este caso, el diente está muy desgastado, y más allá de que probablemente fuera un diente viejo que el animal perdió, indica que se alimentaba de material muy duro, al que los especialistas llaman coriáceo, como hojas duras y pedacitos de ramas. Es decir, que era uno de los animales que ramoneaban las copas de los árboles, y no tanto los pastos del suelo. Como todos estos dinosaurios, era herbívoro.

¿Cómo creció?


Con tecnología actual, los especialistas pudieron además intervenir una costilla y analizar su microestructura desde adentro, algo parecido a lo que se hace al cortar un tronco y contar sus anillos.

Así pudieron estimar cuán grande era el animal y cómo estaba creciendo, y concluyeron que probablemente ya era un adulto que había alcanzado su tamaño definitivo.

Esos datos, explicó, aportan información sobre cómo crecieron estos dinosaurios y cómo era su metabolismo, «aspectos muy interesantes para analizar» aseguró.

Una Patagonia más húmeda y templada


Según el investigador, el dinosaurio tiene una antigüedad de entre 67 y 68 millones de años, aunque aclaró que no se puede dar un número exacto, y vivió antes de la extinción masiva ocurrida hace unos 65 millones de años.

En aquel momento, esta porción de la Patagonia tenía un clima mucho más húmedo y templado que el actual, con estaciones bien delimitadas, una cobertura vegetal mucho más amplia, bosques, y ríos y lagunas por todos lados, un paisaje que Bellardini comparó con el del Paraná de hoy.

En los mismos niveles del sitio, además, aparecieron huesos de cocodrilos, tortugas, peces, reptiles voladores y otros dinosaurios, estos últimos carnívoros, lo que muestra una fauna y una flora más variadas de lo que se conoce hoy, sobre todo en cuanto a reptiles.

Los próximos pasos


De cara al futuro, el primer paso sería que el museo pueda extender esta información al público, por ejemplo con nuevas vitrinas, para enriquecer su propuesta cultural y acercar la ciencia a la sociedad.

Además, el equipo buscaría conformar un grupo de trabajo para reactivar las tareas de campo, prospectar y explorar más terreno alrededor del sitio y volver al lugar de donde provienen los huesos, para ver si hay más material.

Si aparecieran más piezas del mismo ejemplar, podría ser posible, según Bellardini, darle finalmente un nombre científico. «Estuvimos cerca», resumió.

De acuerdo con la información difundida sobre la publicación, la investigación fue realizada por especialistas del Conicet, la Universidad Nacional de Río Negro y la Universidad Nacional del Comahue, y firmada por Bellardini, Windholz, Pino, Garrido, García y Pol. Los restos forman parte de la colección del museo de Lamarque y están registrados con las siglas MML-PV-1031 y MML-PV-1032.


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